Escenarios

Por: Tomás Urtusástegui 2018

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Ruidos Nocturnos

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Flor vive en un barrio con muchos habitantes en una ciudad de la frontera norte del país. Trabaja en una maquiladora. Su hombre, nunca se casó, se fue al otro lado y no sabe nada de él. Tiene una hija de siete años. Cientos de veces ha pensado y dicho que cuando pueda se cambiará de rumbo, que con tanto ruido no puede casi dormir. Y los ruidos son muy diferentes pero constantes: de fiestas con música a todo volumen, de cohetes tronados en honor a vírgenes y santos, camiones que pasan anunciando algo o pidiendo que les vendan colchones y fierros viejos, gente borracha que grita y grita por horas, ladridos de perros, cantos de gallos, ruidos de motos o camiones y muchos otros. Pero los que la asustan son los ruidos de armas, de pistolas, metralletas, granadas. Cuando se cambió a ese lugar era excepcional oír como suenan las pistolas al ser disparadas. Ahora es lo más común. Y después del ruido de balas viene el sonido del helicóptero y las patrullas. Entonces hasta los vidrios de las ventanas se cimbran. Los que disparan se van en pocos minutos pero llega el insomnio y éste se queda por el resto de la noche. A su hija la mandó a dormir al piso superior al que no le llega el escándalo tan fácilmente pero con una condición, no asomarse a la ventana cuando haya cualquier ruido de armas. La niña dice que a veces sí se despierta pero no es lo común. El cuarto es muy pequeño y no cabría su cama matrimonial. El proyecto de ampliar ese espacio es más posible que cambiarse. Ya tiene ahorrado algunos pesos para ello.

Un día tomó conciencia que su vida estaba ligada al ruido. En la fábrica donde trabaja todo el día escucha sin cesar sonidos de metales que chocan con otros metales, con el piso al caer, con las grúas que los levantan. Ruidos más fuertes que los que tiene en la colonia donde vive. Algunas veces acepta salir con sus amigas a un antro. Ese día deja a la niña con su abuela. En esos locales el ruido es ensordecedor, nadie puede hablar con otro.

Voy a terminar por quedar sorda, se dijo un día. Algo tengo que hacer. ¿Pero qué?

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Hoy es jueves, pensó, el día en que normalmente no hay tanto estrépito afuera, cenó con Paula, su hija, y se puso a ver la tele. A la niña que quería quedarse con ella la mandó a acostar. Mañana te tienes que levantar temprano, le dijo. Casi al terminar la novela empezaron los balazos, ahora muy cerca de su casa, contuvo la respiración. Apagó las luces. El escándalo duró dos o tres minutos cuando mucho. Escuchó las llantas rechinar y el zumbido de los autos al alejarse. Un minuto después escuchó nuevamente la balacera, pero ya estaba lejos. Se acercó a la escalera para ver si su hija se había despertado. La llamó quedito. Al no recibir respuesta se tranquilizó. Terminó de ver la novela y se fue a acostar. Pudo dormir muy bien. Se levantó a hacer el desayuno y preparar a su hija. Mientras freía los huevos vio por la ventana de su cuarto a Pancho, el drogo de la colonia, recogiendo los casquillos de las balas que se dispararon. Eso hacía todo el tiempo, seguro que le pagaban con tachas o con dinero. Ella pensó comprarle varios de ellos para ponerlos pegados en una bolsa de plástico que era muy grande. Ercilia, una compañera de trabajo, llegó  una vez a la maquila con un cinturón ancho adornado con eso. Se veía muy bien. Puso la mesa y fue a gritarle a la hija que ya bajara, que el desayuno se iba a enfriar. La niña no contestó. Otra vez se quiere quedar dormida, pero no se le va a hacer, pensó. Va a decir que hace mucho frío. Subió la escalera y entró al cuarto. Quedó paralizada al ver dos vidrios rotos de la ventana y el cuerpo inerte de la niña en el piso.

Los vecinos despertaron por un nuevo ruido, el producido por la madre. Un grito de dolor y desesperación.

Tomás Urtusástegui

2018