Escenarios

Por: Tomás Urtusástegui

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FUMAROLA

Tomás Urtusástegui

2018

escenarios_julio_01En el largo camino desde la ranchería donde vivía Brígido hasta el pueblo donde se encontraba la única farmacia de la región, el doctor que manejaba el coche, le dijo al campesino que era la última vez que iba hasta ese lugar, está muy lejos, el camino es de tierra, mi carro se va a deshacer con tantos hoyos, tú no tienes para pagarme la consulta, si lo hice es por la amistad de tantos años de tus padres con los míos, pero se acabó. Brígido con la cabeza gacha sólo acertó a preguntar que si su hijo se salvará con los medicamentos que iba a comprar, que cada día lo veía peor. El médico movió la cabeza positivamente, se dio cuenta que el hombre no había escuchado todo lo que le dijo, y mejor, pensó, sabía que volvería una y otra vez ya que la madre de Brígido había sido su nana muchos años y la quería igual o más que a su propia madre. Lo único que no aceptó fue regresar al hombre en el auto, eso ya sería demasiado. Lo dejó en la puerta del establecimiento, volvió a repetirle los horarios en que debía dar los medicamentos, que no dejara de inyectarlo y que siempre tuviera una olla con agua hirviendo para darle un ambiente húmedo al cuarto de adobe en que vivía. Brígido quiso besarle la mano como forma de agradecimiento, el doctor no lo permitió, en cambio le dio un poco de dinero para completar el costo de los medicamentos.

Las monedas que llevaba alcanzaron para las medicinas pero no para comprar una pasta de dientes, una botella de agua y algunos artículos de aseo personal como jabones. Calculó el tiempo, son las diez de la mañana, se dijo, si camino rápido para las siete de la noche llegaré. Envolvió bien las compras, las guardó entre sus ropas, caminó hasta el camino cruzando callejuelas con casas muy pobres, suspiró hondo e inició la caminata. Les pidió a sus piernas y a sus pies que lo hicieran bien. Esa era una costumbre que tenía, de hablarle a las partes de su cuerpo cuando iba a utilizarlas. A las manos les pedía que cortaran bien el maíz cuando la cosecha, a sus brazos que apretaran fuerte cuando abrazaba a su mujer, a sus oídos que estuvieran atentos cuando escuchaba el viejo aparato de radio que tenía y a sus ojos les pedía luz cuando leía alguno de los tres libros que le regalaron hace tiempo.  

Hacía un poco de frío pero con el esfuerzo para caminar de prisa no lo sentía. Al paisaje no le prestó la menor atención, pura tierra dura, algunas plantas, un monte pequeño, árboles que parecían secos pero que aún tenían hojas, no verdes, pero tampoco cafés, que es cuando caían al piso a terminar de morir. Piedras había muchas en el camino, en las orillas, en todas partes. Animales casi no vio, alguna vaca flaca, unos pájaros negros, dos perros que le ladraron mucho tiempo y párele de contar.

A las tres de la tarde sintió hambre y sed. Pensó en detener la marcha y sentarse un poco en el piso de tierra. Sabía que si lo hacía le iba a costar mucho más trabajo el continuar la marcha. Sacó de su bolsillo una bolsa de plástico que contenía tres tacos de frijoles y una botellita con agua. Comió dos de ellos para dejar el otro para más tarde. Los pies y las piernas empezaron a dolerle. Volvió a hablar con ellas, las regañó por aguantar tan poco y les rogó seguir adelante.

Recordó la única vez que hizo este camino acompañado con su hijo, hoy enfermo. El niño, juguetón como era, dedicó mucho del tiempo a recoger piedras para después aventarlas a cualquier cosa, a otras piedras, a los árboles, a algún charco que se había formado en ese tiempo que era de aguas, gritaba feliz cuando daba en el blanco. Jamás se quejó de la lejanía, de hambre, de sed o de cansancio. En cierto momento se puso a cantar las pocas canciones que sabía, entre ellas el himno nacional que aprendió en la escuela. Brígido, que nunca lo hacía, lo acompañó con una canción vieja que escuchó a su madre muchas veces. Se llamaba “Rayando el sol”. Rio al recordar lo desafinado que era. El niño no, él sí cantaba bien. Bueno, aseguró, todo lo que hacía lo hacía bien, estaba más que orgulloso de sus dotes. Por eso le dolía tanto verlo rojo por la fiebre, sudoroso, con dificultad para respirar. Mil veces pidió a los cielos que la enfermedad se la diera a él pero que se la quitara a su único descendiente.

Empezó a oscurecer, eso le dio gusto pues sabía que ya no faltaba mucho para llegar. El cielo empezó a teñirse de rojo, un rojo pálido. Aceleró el paso. Sacó el tercer taco y se lo comió acompañado con un trago de agua. No le supo tan bien como cuando comió los otros dos. La tortilla ya estaba un poco dura y los frijoles muy fríos. De repente vio a lo lejos una columna de humo. No lo podía creer. Deseó que fuera una simple nube o humo de un incendio. Pero no, era una fumarola del volcán. Desesperado corrió, después de dar un rodeo pudo ver la silueta del volcán. Detuvo de un sopetón la marcha. Se restregó los ojos ahora llenos de lágrimas. Cayó al  piso de rodillas. El llanto se intensificó. El volcán volvió a lanzar otra fumarola, ahora más alta. Brígido empezó a pegarse con furia en los brazos, en el pecho, para terminar golpeándose la cara una y otra vez. Terminó por derrumbarse sobre la tierra fría. Así estuvo por un largo rato. Ya no lloraba, ahora era un quejido que salía desde lo más profundo de su alma. Con dificultad pudo sentarse en una piedra grande, se descalzó y a continuación se puso a darle masaje a sus piernas y a sus pies. Perdón, les decía mientras las acariciaba, perdón, perdón, perdón. Se calzó, se puso de pie. Vio por última vez la silueta del volcán, dio media vuelta y comenzó a caminar de nueva cuenta. Perdón piernas, perdón pies, no sé lo que me sucedió, dijo en voz alta, al salir del pueblo después de comprar las medicinas tomé el sentido contrario en el camino, el volcán está al sur y yo voy al norte, les ruego, les suplico que me perdonen, tendremos que caminar toda la noche y parte del día siguiente, sean fuertes, mi hijo nos necesita.

El volcán volvió a enviar a los cielos otra fumarola, Brígido ya no la vio pues caminaba en dirección opuesta.

 

 

TE ODIO Y TE QUIERO

Tomás Urtusástegui

2017

escenarios_julio_02No te puedes imaginar lo feliz que estoy por saber que muy pronto vas a desaparecer, que ahora eres una especie en extinción, que lo que quede de ti será para ser exhibido en museos. Quién te iba a decir que tus monedas de oro, de plata, de níquel, de cobre y hasta los billetes de papel iban a ser sustituidos por tarjetas de plástico. Y bien merecido lo tienes. Durante siglos, desde que apareciste sobre la Tierra has hecho sufrir a muchos más que a los que has logrado alegrar. Eso por un lado, por el otro me molesta enormemente el grado de soberbia que posees: ¡Yo soy superior a todo y a todos, a cualquier cosa, a cualquier idea, a cualquier religión, a cualquier dios, a cualquier humano! Claro que la culpa que seas así la tenemos todos nosotros, por adorarte como te adoramos. Con tal de tenerte matamos, engañamos, trabajamos, peleamos, mentimos, nos arrastramos, sufrimos, nos vendemos. En nuestros sueños te buscamos, abandonamos a la familia y a la patria para conseguirte, aullamos cuando no te atesoramos. Por otro lado alabamos al que te posee, lo consideramos el gran triunfador, en cambio a los que no, que son la mayoría, los consideramos perdedores. Estos últimos dicen que no todo se consigue contigo y ponen de ejemplo el amor, la salud, la vida, la muerte y la amistad. ¡Mentira! También todo eso lo consigues tú. Millones de mujeres y hombres se enamoran del que te tiene y rechazan al que no. La salud se consigue pagando en grandes hospitales. La muerte se aleja al recibir un tratamiento caro y los amigos…bueno, para qué nombrar a los amigos. Dales un poco de ti y se vuelven los más fieles a quién sea.

Y ya no voy a hablar de los demás, hablaré de mí. Desde niño me dijeron que te buscara, que te consiguiera, que esa era la meta de la vida. Y te busqué, y trabajé para tenerte, te guardé en cajas, carteras, bancos, pero tú, quién sabe cómo, lograbas salirte y desaparecer. Y yo nuevamente a trabajar de día y noche para volver a tener algo de ti. Eso lo hice muchas veces. Ahora ya de viejo necesito mucho más energía para conseguirte, y quizás porque ya no veo bien, te me pierdes con mucha facilidad. Por tu falta me abandonó mi mujer y también mis hijos. Perdí a los amigos y la salud. Pronto moriré pero con la satisfacción que tú también morirás pronto. Tú, como todo en la actualidad, empezando con el amor y la amistad, se volverán virtuales. Qué alivio. Pero sí tengo que confesarte algo, dinero maldito, que yo te he amado y odiado al mismo tiempo toda mi vida.

Me despido de ti para siempre.