Escenarios

Por: Tomás Urtusástegui / María Teresa Rodríguez Almazán

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FRONTERA

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Se nace en un vasto continente llamado mundo. En él hay de todo: montañas, mares, ciudades, desiertos, pantanos, seres humanos, animales, vegetación, nubes, vientos, dolor y alegrías,  riqueza y pobreza, hambre, guerras, esperanza, caridad, sabiduría, arte, aventura, sol y luna, cataclismos, paz, bienestar, tristeza, cultura, luz y oscuridad.

Sobre todo en él hay múltiples caminos, carreteras, ríos, mares, vías aéreas. Todos ellos llevan a la frontera, la única. Una frontera cercana o lejana pero a la que todos vamos a llegar. Existen más caminos que ríos, mares y aire. Al nacer nos colocamos en uno de ellos y empezamos el trayecto hacia la frontera. Siempre se avanza, no hay posibilidad de retroceso. Ya de joven puede uno escoger cuál vía nos conviene y a ella nos incorporamos. Las hay para todos los gustos y posibilidades. El camino del triunfo, el de la derrota, uno ancho que es el de las aventuras, otro es el del dinero, ese es muy angosto; uno más el de la fama. Son tantos que están casi pegados uno al otro. Junto al del poder está el del arte, al de la lucha existe próximo al de la fantasía, cercano al de la ciencia está el de la religión; el contraste entre el camino de lo negativo, que es gris y está lleno de obstáculos, se encuentra el de la patria, que es brillante. Faltan muchos: camino del bienestar, de la tortura, de la fama, del deporte, de las creencias, de la tiranía, de la fortuna, del placer, de las drogas, del sexo, de la esclavitud, de la filosofía y de la poesía.  

Uno de los caminos más bellos, pues está lleno de flores, de frutas, de música, de baile y cantos, es el del amor. Su contrario, el del desamor, del odio, de la envidia, que es de color café oscuro, está lleno de piedras, de metales puntiagudos, de comida podrida.

Un porcentaje muy grande de los humanos sigue la vía de la familia y de las costumbres. Otros se quedan en el de la niñez o de la adolescencia. Muchos prefieren la ruta del hombre, otros el de la mujer.

El que guste puede ir de un carril conocido al carril cercano o uno lejano,  pues todos tienen ramales y puentes que los unen. Nadie ni nada impide pasar de uno al otro. Puedo recorrer el de la aventura para llegar al de la fama, ingreso al del amor para, por culpa propia, pasar al del desamor. La fortuna nos puede llevar a la pobreza y al revés. Todo es posible, uno es el que decide cuál seguir de todos.

Yo ya estoy viejo y por lo mismo me encuentro cercano a la frontera, me faltan pocos metros o quizá algunos kilómetros. He recorrido durante mi vida carreteras diversas, ríos, mares. Muchas veces tuve la seguridad de estar muy cercano a la frontera pero no fue así. Ella estaba aún muy lejana. Disfruté enormemente el camino del arte, el de la familia, el del trabajo, el de la creación. Y como me gusta mucho bailar y cantar me incorporé a la ruta del amor, una vía corta, por lo menos para mí, pero suficiente para darme fuerza cuando me tocó caminar en otra vía diferente. Pasé por senderos de enfermedad y de salud, veredas de interés y de abulia, crucé calles de coraje y resentimiento para retomar las de amistad y entrega.

Como a todos me gustaría retroceder, volver al momento de iniciar la caminata para seguir otros rumbos distintos, sabiendo que eso es imposible.

Una característica de este caminar es que siempre lo hacemos solos. A nuestro lado viajan, por corto tiempo, amigos, familiares, compañeros. Pero todos se van quedando de lado. Varios de ellos te aconsejan que tomes otra vía diciéndote que es la mejor. Pero el que decide por dónde marchar es uno mismo. Se circula hacia el optimismo o hacia el pesimismo, hacia la seguridad o lo contrario, hacia el esfuerzo o la pereza.

Alguno de tus acompañantes temporales te asusta diciendo que tras de la frontera existen grandes llamas y es a donde vas ir a dar, otros, por el contrario te aseguran que tras las rejas, muros y puertas existe otro mundo lleno de felicidad, y ese es para ti. En resumen, tu alma estará sobre una flama o bien sentada por la eternidad, sin hacer otra cosa que escuchar coros angelicales. Terminas por saber que en ese lugar no existe nada, que no habrá otros caminos que seguir, que ya no podrás escoger tu destino.

Me pregunto cómo será la frontera. Me la imagino un poco más alta que la planicie que existe antes de llegar a ella y por lo mismo se tiene que escalar. Será el último esfuerzo que hagamos antes de llegar a ella. No existen puertas ni muros, tampoco ríos o barrancas que la separen de  nuestro mundo. Se llega a ella y al dar un paso para cruzarla desapareces para siempre.

Me queda una duda, ¿soy yo el que sigue avanzando o es la frontera la que se mueve para llegar a donde estoy? Es posible que sean ambas cosas.

Lo que sí sé, es que no me puedo quedar sentado y que tengo que avanzar.

¡Allá voy!

Tomás Urtusástegui

2017

MAGDALENA

escenarios_mayo_02A la madre jamás le vino a la mente festejar los quince años de su hija Magdalena igual a como lo hicieron varias amigas suyas con hijas de esa edad. Porfirio no le iba a dar dinero y menos autorización, y eso que era…, bueno, por qué no decirlo, el cacique del pueblo. Así lo nombraban los demás, ella no, él era Porfirio, su marido. Las otras, con las que también tenía hijos no lo podían nombrar de esa manera.

Ya cerca de la fecha del cumpleaños le dijo que si no sería bueno regalarle un vestido a la hija o algo bonito, que quince no se cumplen todos los días. No necesitó el marido decir nada, con la pura mirada la hizo callar. Momento después le ordenó que enviara a la niña a su cuarto esa noche. Ya no es niña, dijo riendo. La mujer se puso a llorar.

Magdalena lloró mucho más tiempo que la madre, por las heridas, el sangrado, la violencia y el odio que nació ese día. Porfirio, durante las siguientes semanas,  la golpeaba cada vez que la veía llorando.

La madre, armada de valor, fue a ver a un político del pueblo, éste le pidió que no hiciera nada, ya conoces a tu marido, le dijo.

El médico le pidió que la llevara a otro pueblo o ciudad, que él no podía hacer nada.

El cura se persignó, dijo que Dios perdonará al pecador, que la muchacha no debió permitir.

El hermano mayor de Magdalena se rió, dijo que él ya sabía que eso le iba a pasar. Que lo aprovechara.

Lo que sucedió a la joven fue conocido por toda la población. Unos sonrieron, otros se enojaron, alguno dijo que habría que hacer algo.

Magdalena quedó embarazada. Nadie la saluda en la calle, en la iglesia, en la escuela.

Ya pasó un año y lo único que se escucha en el pueblo es el silencio.

Tomás Urtusástegui

2017

 

LA VENDEDORA DE SUEÑOS

escenarios_mayo_03No soy igual a las demás mujeres. Más bien soy especial. Además de guapa, culta y elegante, soy alegre. Siempre estoy dispuesta a dar a mis clientes lo que necesitan: ya sea una madre, una hija, nuevas sensaciones o una simple aventura. También los hago sentirse superhombres, guapos, seguros, fuertes, viriles, etc., según sea el caso y hasta ahora no he recibido quejas. Al contrario, casi todos regresan en busca de mis –llamémosles “servicios”. ¿Que cómo me inicié en este negocio? La historia es diferente a la que cuentan la mayoría de las que ejercemos esta profesión. Trabajo para dar amor y comprensión. Nací dentro de una familia acomodada, de la clase alta. Me eduqué en buenos colegios. En la secundaria descubrí que con mi cuerpo podía aliviar las aflicciones de algunos amigos. No de todos, ¡por supuesto!, pero sí de los que me gustaban. Ya en bachillerato, un maestro, el de literatura si mal no recuerdo, estaba pasando por un divorcio difícil y se sentía solo. Quedó tan complacido conmigo, que a partir de la primera, cuando menos una vez por semana me llevaba al departamento de soltero de su hermano. Con él gané mi primer sueldo: cinco mil pesos. También se encargó de recomendarme con los demás maestros. Hasta el director fue mi cliente. Para que no se dieran cuenta en mi casa, abrí una cuenta en el banco, que con el tiempo se ha incrementado hasta llegar a ser bastante considerable.  Además, obtuve el promedio más alto, no sólo de mi clase, sino de todo el colegio.

Después entré a estudiar psicología, pero a esas alturas mi clientela era tan numerosa que requería de todo mi tiempo para atenderla. En cualquier negocio nada es más efectivo que la recomendación de un cliente satisfecho y el mío no ha sido la excepción. Claro que ahora soy más selectiva y mi clientela la componen políticos renombrados, industriales, empresarios e importantes hombres de negocios, que son los que pagan más. ¿Que si me siento mal? No, al contrario, considero que soy una comerciante como cualquier otra. ¿Que cómo me llamo? El nombre no importa. Para ti y para los demás simplemente soy “la Vendedora de Sueños”.

María Teresa Rodríguez Almazán