Escenarios

Por: Tomás Urtusástegui

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EMPEZAR CON EL FINAL

Sí, eso quiero, empezar un cuento o una novela con el final, más bien con la palabra fin. Que el que la lea, sepa de antemano todo lo que va a suceder y que no esté en suspenso pensando si Juan se casará con Martina, la rica, o si Braulio al quebrar su negocio se suicidará, o si el, hasta ese momento, cura Benítez, dejará la religión al enamorarse de una palestina. Que se sepa todo y que el que lea el escrito lo haga solamente para disfrutar lo artístico que tenga, por las palabras, por el ritmo, por la intensidad. ¿Qué les parece la idea?

Esto lo pregunté en la reunión mensual que tenemos varios escritores en un restaurante del Centro Histórico. La comida es buena, la bebida también y sobre todo se goza de un buen ambiente. Los encargados saben que en cuanto llegamos se tienen que apagar los dos aparatos de televisión, aún si hay partido de futbol. Esto por supuesto no le gusta a los meseros y menos a los otros comensales, pero tienen que aguantarse ya que somos muchos y con una buena paga.

Antes de mí, Arturo leyó su cuento, esta vez fallido, cosa rara en él. Le dio por repetir una y otra vez la misma idea y su final fue sacado de la manga. No sé cómo se le pudo ocurrir que la policía iba a llegar un minuto después del crimen y que detuvieran al criminal tan fácilmente. Eso no sucede ni en Estados Unidos. Bueno, allá una balacera como la que se dio en un bar gay la policía la pudo controlar hasta tres horas después. Un solo hombre contra cientos de parroquianos, patrullas, policías y quién sabe que otros más.

Ya me estoy yendo por donde no debo. Eso me critican aquí siempre, que empiezo con algo y al rato ya estoy hablando de otra cosa. Eso se debe a que tengo tantas cosas en la cabeza. Pero regreso. Les pregunté qué les parecía mi idea de empezar con la palabra fin un cuento. Luis dijo que estoy loco; Martha, pues también vienen varias mujeres a la reunión, dijo que ella no leería una cosa así en la vida, que qué aburrido puede ser conocer la historia de antemano. Jacinto medio me apoyó, dijo que podría ser interesante, pero no aportó nada más. Creo que fue Javier el que afirmó que yo siempre ando buscando algo distinto para lucirme y lograr que todos hablen de mí, que por qué no me ponía a escribir en serio, como Dios manda. Así dijo él, como Dios manda. Volví a explicar mi idea. Ahora todos hablaron al mismo tiempo, me dijeron que yo era tramposo, poco creativo, hablador, que no tenía la más pinche idea de lo que era un cuento, que me dedicara a otras cosas y no a venir a quitarles el tiempo con mis imbecilidades.

¿Algo más?, pregunté ya enojado. En ese momento pensé en irme sin despedirme, y por supuesto, sin pagar mi cuenta, para que hablaran más de mí. El más se puede cambiar por mal, para que hablaran mal de mí. Pero eso era darles la razón y el que la tenía era yo. Pocas veces he estado tan seguro de algo.

Miren, les dije, les voy a demostrar que es un buen principio comenzar con la palabra fin, es más, todos ustedes lo saben pero no lo quieren reconocer. Todos rieron y empezaron nuevamente las burlas. Levanté la mano pidiendo silencio y orden. Alguno volvió a reír pero al verme tan serio y con cara de pocos amigos dejó de hacerlo.

¿Cuál es la mejor historia para nosotros, la que realmente nos importa, que tratamos continuamente de modificar, que nos apabulla o nos hace sentir felices? Es la nuestra, la de cada uno. Ninguna como ella. ¿Están de acuerdo? Uno a uno fueron diciendo que sí, que esa historia, la personal, es de la que escriben continuamente. Bien, seguí hablando. ¿Y esa historia la conocen totalmente, saben lo que va a suceder mañana, dentro de un mes o al menos en una hora? No, ninguno lo sabemos. Pero sí, y fíjense bien, todos sabemos el final. Y este final es el mismo para todos los presentes… y los ausentes: la muerte.

Todos se miraron entre ellos, fueron poniéndose serios y hasta diría tristes. Sí, todos conocemos el fin pero todos seguimos construyendo nuestra historia. Así que yo iniciaré mi cuento con la palabra fin. ¿Puedo hacerlo?, pregunté. Nadie contestó pero todos alzaron su copa y brindaron por el fin común, por la muerte.

 

Tomás Urtusástegui

2016

TRISTEZA

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Tristeza es lo que tengo y vivo.  Se une la rabia, la frustración, la desesperanza. Todo es triste, feo, deprimente. Te levantas y lees en el periódico notas de guerra, de genocidios, de injusticias, de discriminación. Tu moneda perdió valor, tu auto no puede circular, las calles están bloqueadas, mataron al dueño de la tienda de la esquina, en el país murieron ayer asesinadas cuatro mujeres,  desaparecieron quince jóvenes, perdió tu equipo de futbol, hoy va a llover y hacer frío, la contaminación es mayor este día. Hablas con tu mujer, con tus hijos. Todos se quejan de algo: no me alcanza, me reprobaron, tengo que comprar un IPod, nos eliminaron en el básquet, no vino la criada, ¿quién va a limpiar todo este mugrero?  Enciendo mi compu, abro el Face: destriparon a un perro, mataron a un tigre, se murieron tres en un choque, recen por mí para que el cáncer no me mate tan pronto, fracasó la obra de teatro, miles de maestros paralizan varias ciudades, nada se sabe de los asesinos,  el presidente es corrupto, los diputados también lo son, el senador por Tabasco es gay. Salgo a la calle, todo el mundo trae cara de malos amigos, los autos se te echan encima, los perros te ladran, piensas que esos dos te van a asaltar, no puedes subirte al trolebús por tanta gente, te tratan de vender todo, los ruidos son ensordecedores, el smog casi te ahoga. Llegas tarde al trabajo, te amenazan de correrte si sigues así, te dan mucho quehacer, se descompone la impresora, te dan cólicos por lo que desayunaste, tu vecino de oficina se burla de ti porque no terminas tu labor, se te olvidó traer tu torta y refresco y ahora no tienes que comer, te hablan cada cinco minutos para ofrecerte algo de un banco, de una tienda, de un periódico, de un partido político. Todos reniegan.

Hoy decidí tener algo de alegría cueste lo que cueste. Si no la encuentro voy a morir o a matarme, me dije a mí mismo. ¿Pero dónde encontrarla?  La busqué en mi recámara, levante las sábanas de mi cama, corrí la cortina del baño, me arrodillé a buscarla bajo la cama, abrí el closet y revolví todo. No estaba. Bajé a la cocina, a la sala, al comedor, vi detrás de los muebles, abrí ventanas y puertas. Tampoco estaba. Salí a la calle, revisé puestos de periódicos, bancas de metal, setos, esquinas, entré a tienditas y tiendas mayores, pregunté a cientos de gentes si la habían visto por ahí, si sabían dónde se había metido. ¡Nada! En mi trabajo estaba seguro que no la encontraría jamás.

Grité en el parque con todas mis fuerzas ¡¿Alegría, dónde te puedo encontrar?! No oí respuesta alguna. Fui a la iglesia con la esperanza de localizarla. Ahí tampoco estaba, los Cristos sangraban, las vírgenes lloraban, el cura regañaba, la gente tenía la cabeza gacha.

Los niños deben tenerla, presentí. Fui a escuelas, a colegios, a hospicios, a deportivos. Todos gritaban, peleaban, lloraban, se agredían uno a otro, los maestros regañaban.

Derrotado me senté en una banca del parque. Las lágrimas no tardaron en salir de mis ojos. Las dejé correr libremente. A nadie le va a importar si me ven. Y así fue, pasaron frente a mí niños, ancianos, mujeres, hombres, vendedores, señoras con su perro, la anciana empujaba su silla de ruedas. Nadie se compadeció de mí.

En ese momento escuché el canto de un pájaro, un canto con poco volumen pero armonioso y sobre todo alegre. No puede ser, me dije. Me levanté para buscar al ave que no por verme avanzar hacia ella dejó de cantar. Ahora su trino era más fuerte y más bello. Su canción era de alegría. Me atreví a preguntarle. No quiero estar equivocado pero me parece que tu canto es de alegría, ¿es asi?  El pájaro respondió que sí. ¿Puedo saber que te produce este contento?, volví a cuestionarle, la alegría desapareció hace mucho del mundo.  ¿Tú no estás alegre, verdad? , preguntó ella con sus notas musicales, se te nota. No, no lo estoy, nadie lo está, contesté. Pues todos son tontos, y perdona que lo diga, pero sin alegría no se puede vivir, afirmó. Ya lo sé, dije yo, pero no encuentro esa dicha en ninguna parte ¿A ti que te pone feliz?, dímelo por favor, le pedí. Es muy sencillo, afirmó, soy feliz por el puro hecho de vivir. Esa es mi alegría. Yo, incrédulo, le rogué que me regalara un poco de ella. Con gusto, contestó. Su canto ahora se escuchaba en todo el parque, penetró por mis oídos para llegar al corazón y ahí se quedó. Empecé a respirar mejor, vi con colores más vivos todo lo que estaba a mi alrededor, la gente y los animales todos eran bellos, me llegaron olores de flores, de mar, de montaña, sentí en toda mi piel caricias. La alegría volvió a mí. Tan dichoso me puse que comencé a regalarla también a todos los demás. Los niños soltaron carcajadas y corrieron felices de un lado a otro perseguidos por sus perros que ladraban contentos de poder hacerlo, las mujeres sonreían, los viejos caminaban con mayor garbo, las plantas movían sus hojas, el sol calentaba y por todos lados se oía música.

Sí, vivir es la mayor fuente de alegría.

Tomás Urtusástegui   2016