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PECADO

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Sí, es cierto, de niña tenía muchas pecas, las sigo teniendo pero las cubro con maquillaje. El tonto de mi tío Jacinto, por llamarlo con una palabra no tan grosera, me puso como apodo el de Pecado cuando yo tenía siete años. Se rió mucho y a la familia le cayó en gracia el nombrecito. Pecado ya vete a dormir, Pecado no has hecho tu tarea, Pecado…Y así me dijeron muchos años hasta que lo prohibí. Sé que lo siguen diciendo pero no en mi presencia. Quién me iba a decir que eso iba a ser yo toda mi vida, una pecadora. Me encantan los pecados. Curioso que los nombren en masculino siendo que todos son femeninos: La Envidia, La Ira, La Pereza, La Soberbia, La Lujuria, La gula, La Avaricia. Repito que me gustan los pecados, no en forma igual. El que menos es el de la envidia. Por supuesto que sí he envidiado a muchas mujeres, pero siempre han sido personas ya desaparecidas del mapa, muertas, para que ustedes me entiendan. Envidié los dos premios nobel de María Curie, la belleza de Elizabeth Taylor, el cuerpo de Marilyn Monroe, la voz de la Callas, el poder de las reinas, la sensibilidad de las poetas, la gracia de las bailarinas. De abajo para arriba sigo con la pereza. La practiqué poco y casi siempre ligada a otro pecado, a la lujuria. Después de acostarme con alguien que en realidad me haya satisfecho, me daban unas ganas enormes de dormir recargando mi cabeza en su vientre. Eso era muy rico. La avaricia me sirvió para tener todo lo que tengo y con qué pagar mis otros pecados. Soy la primera en reconocer que estos no son regalados, que cuestan mucho, sólo piensen en la gula: caviar de Rusia, pasteles austriacos, vinos alemanes, champaña, carnes argentinas, mariscos del mar del Norte, frutas exóticas y para qué seguir. Ya se me está haciendo agua la boca. Sigue la ira. Yo misma me asusto cuando me viene, y eso es frecuente. Ni que decir que mi familia me tiene miedo y también mis amistades. Y es que cuando estoy furiosa me da por romper cosas o pegarle al que está más cerca de mí. Me pongo así cuando me llevan la contra, cuando no hacen lo que mando, cuando me dicen mentiras, cuando tratan de compararse conmigo. Alguna vez me he visto en el espejo en esos momentos. Literalmente salen rayos de mis ojos, mis uñas se convierten en garras, mis manos en mazos, mis dientes parecen de tigre o león, la voz es un trueno, mi risa se torna diabólica. Todos huyen de mí. Y ya van cuatro pecados: envidia, pereza, ira y avaricia. Paso a los preferidos. La gula es la que sigue. Por eso estoy tan gorda, pero cuidado que alguien ose decírmelo. Disfruto mis lonjas. Lo primero que hago al despertar es tomarme un chocolate caliente con pan hecho en casa. Mi doncella me los lleva a mi cama. Viene el desayuno un poco después, generoso. A media mañana no falta que se me antoje alguna fruta o algún chocolate. Llega la hora de la comida. Es la hora principal del día. Es tan importante que me cambio de ropa para honrarla: sopas, carnes, pescados, ensaladas, vino, licores, diversos postres y un café colombiano. Para las seis de la tarde tomo mi té. Dije seis, no cinco, no soy inglesa ni me interesa serlo. Té con sus galletas, también hechas en casa. La cena no es tan copiosa como la comida pero sí me gusta a esa hora lo nacional: taquitos, enchiladas, pozole, cochinita pibil. También bebo lo nuestro a esa hora: tequila, cerveza. El pulque nunca me gustó. Sigo con el pecado que más asusta a todos y del que más habla la iglesia, por supuesto es la lujuria. Esta palabra debe venir de lujo ¿no? Y eso es, un lujo. Por eso decidí darle la mayor importancia y la mayor variación. Los que dicen que sólo se acuestan con su pareja son unos mentirosos o unos sin imaginación. Se debe probar con jóvenes, con viejos, con negros, blancos, amarillos, con mujeres, con degenerados, con curas, con el que se ponga enfrente. Chistoso que a esto le llamen hacer el amor. Yo lo hago en la mañana, tarde y noche, con luz y sin luz, vestida o desnuda, borracha o sobria, con uno, con dos o más a la vez. Se debe fornicar en el campo, dentro del agua, en las azoteas, en las iglesias, en los museos, en los teatros, en la calle, en cualquier lado. Y sí, para que decir que no, varias veces he pagado por ello. Repito que para eso tengo mi dinero. Pagando me he acostado con artistas, masculinos y femeninos, deportistas, campeones de quién sabe qué, gente famosa. También he cobrado, pocas veces, y eso para ver qué se siente ser puta. Aún ahora que ya estoy vieja y gorda sigo disfrutando de este pecado. Ignoro si cuando muera, Satanás quiera acostarse conmigo, pero se lo voy a proponer; imagínense el calor que sentiré por dentro.

Queda un solo pecado: el mío. Estoy segura que yo soy la soberbia. Y cómo no serlo si nadie se me puede igualar en nada. Muchos, y sobre todo muchas, lo han tratado pero no me llegan ni a las pantorrillas. ¡Imbéciles! Eso es lo que son. Yo soy única, irrepetible, famosa, rica, bella, fuerte, poderosa, sana, inteligente. Soy la única diosa que existe o ha existido en este mundo. Y sí, también ustedes me pueden decir Pecado cuando me nombren, pero nunca se atrevan a hacerlo delante de mí.

Tomás Urtusástegui 2017