¿CÓMO ES EL PARAÍSO?

Por: Tomás Urtusástegui

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Se habla del paraíso terrenal con lo que se da por un hecho que debe haber uno celestial y otro infernal. 

El celestial me lo imagino muy, pero muy aburrido. Un montón de angelitos y angelitas haciendo arreglos con nubes ya que no hay flores en ese lugar. 

-Luzángel, ¿qué te parece esta nube como arreglo de mesa?

-Precioso, Juanángel, aunque yo le hubiera puesto también unos cirros. 

-Después se los pongo ya que me tengo que apurar, pues ya es hora de los coros religiosos.

-Ay, sí, tan hermosos. Cuando terminemos vamos a limpiar todo, todo, que no quede ni un polvo celestial por ahí ensuciando. ¿Estás de acuerdo? 

– Claro que sí, pero lo que ensucia no es tanto el polvo sino las plumas que se les caen de las alas a los ángeles rucos. Que las peguen con cola loca de a perdiz. 

El polvo infernal no lo soportaría por intenso, sin tregua, sin el mínimo momento de descanso: 

-Orale güey, te tocan esas veinticinco almas nuevas, que sepan lo que es bueno. 

-Dame chance, mi buen, ya me eché a catorce en la mañana. Déjame respirar siquiera. Y sobre todo no me mandes esas almas gordinflonas, esas sudorosas y apestosas, las espiritifláuticas y para qué sigo. 

-Nada de descansar, ahí te van estas siete pastillas de Viagra para que ese ánimo nunca decaiga. Recuerda que después tienes que tragarte esa vaca completa, para a continuación seguir dándole en la madre a esos del sexto círculo que nomás gritan. Ya no sé cuáles son peores, si los de ese círculo o los del quinto que son puros gays. 

-Porfa, no sigas con los demás vicios. Con uno me basta. 

-¡Todos!

No, ni uno ni el otro. Mil veces el terrenal. Lo que quiero saber es cómo es de verdad. ¿Como el de Adán y Eva y la serpiente? Un paraíso lleno de flores, de animalitos inofensivos, de árboles de la sabiduría llenos de manzanas, de serpientes platicadoras, de música celestial que se escucha sin necesidad de bocinas o al menos audífonos. Música siempre sonando. Deben tener sus MP 3 de mucha capacidad. 

Me he puesto a pensar cuál sería el paraíso ideal para diferentes gentes. Por ejemplo, el paraíso de mi mujer no puede ser más que uno, un mall grandote, con miles de tiendas, todas en SALE, en especial las que tienen marcas famosas. Y ella, conduciendo un tren de carritos, comprando en todos lados, pagando siempre con la tarjeta dorada celestial. Nunca se le acaban los fondos. 

Para mi nieto sería un local con miles de aparatos de teléfonos celulares, de Nintendos, de Xbox, de todo lo nuevo. Él con un botón mata soldados, monstruos, mete un gol tras otro a las porterías enemigas, vuela en veloces aviones de guerra, corre por las carreteras a velocidades inconcebibles, baila sobre un tapete con círculos y números. Sus descansos son para comer gansitos, tostitos, mierditos y llenarse de cocas o spraits

Para mi abuelo materno, pues el paterno ya está en su paraíso, el edén tiene que ser un lugar idéntico a la casa donde vivió tantos años y en donde están su mujer, sus padres, sus amigos, los cantantes de ópera que escuchó desde Caruso hasta la Callas, sus hermanos y primos de primer y segundo grado, María Tereza Montoya y la Conesa, el general Villa, el tranvía de un centavo el boleto, Chapultepec con sus poetas, la música de vals, los atardeceres donde el Popo y el Ixtla se ven todos colorados desde cualquier sitio, el paseo a Xochimilco. 

Mi madre preferiría un paraíso que fuera un gran salón con candiles, muchas mesas para sus amigas donde todas jugaran cartas. Ella les llevaría bocadillos y se sentaría a jugar una partida. Siempre ganaría. Y entre carta y carta todas platicarían de las sirvientas, como tema primordial, después de los hijos y como tema menos importante del marido. 

Mi padre al contrario, su paraíso sería una cafetería o una cantina donde junto a sus amigos arreglarían el mundo, verían todos los partidos de futbol, los toros y los programas con exóticas. Con fuerte golpe de fichas de dominó, dados a la mesa, seguirá jurando que este año sí se muere Franco a pesar de haberse muerto quién sabe cuánto tiempo antes. Aparte de la política y los deportes algunas veces hablarían de sus trabajos, de la tierruca dónde nacieron, de sus primeros amores, para terminar presumiendo sus conquistas sexuales que están más en la mente que en la realidad.

Mis hermanos, Matías y Pedro Alonso, no pueden tener otro paraíso que el de un banco que ellos controlaran. Con sólo mover las manos el dinero saldrá de todas partes para llegar a ellos. 

Julia, mi hija, con sus pelos sin lavar, vestida toda de negro, con cosas metálicas en todas partes: oídos, nariz, boca, pecho, ombligo, nalgas, ropa, zapatos. No le he visto ahí, pero dicen que también tiene un arete… ya saben ustedes dónde. Para ella el paraíso es un antro donde todos tomen, fumen, se inyecten, tengan sexo, se cambien de parejas mientras el sonido les impida hablar, comunicarse. 

Agustín, mi hijo, tendría como paraíso un local lleno de computadoras, pantallas digitales, iPods, aparatos chicos, minúsculos, gigantes. Foquitos rojos y amarillos que se encienden y se apagan continuamente, sonidos raros, cables y cables por todos lados y él, en medio de los cientos de aparatos, manejándolos con un control único. 

Mis queridas tías no pueden escoger otro paraíso que no sea la iglesia de la colonia donde se reúnen con otras mujeres, muchas de ellas con uniformes o vestidas de negro. Y ahí a hablar de lo mal que está el mundo, de que no existen principios, que todo es pecado y sobre todo , afirman que eso pasa en su colonia. Y ahí empiezan a juzgar a todos los vecinos.  

Y seguí imaginándome los paraísos de mis amigos, de mis enemigos, de los intelectuales, de los comerciantes, de los artistas, de los militares, de los políticos, de los prepotentes, de los esclavos, de los niños, de las mujeres africanas, de los ancianos, de los millonarios…Ninguno se puede parecer al otro, por eso el que nos pintan siempre como nuestro futuro no nos interesa en lo más mínimo. Hablo del de la Biblia. Ahí sólo pueden estar contentos Adán y Eva y eso porque no conocen nada fuera de él. 

¿Y el mío? Sería una gran biblioteca que tenga su discoteca, su hemeroteca, su cineteca y los demás ecas. No pueden faltar ahí puntos de reunión donde estarán todos mis amigos y alumnos, otro mis familiares cercanos y en otro mis maestros actuales y los que ya fallecieron desde tiempo de los griegos. 

¿Cómo quieres que sea tu paraíso? Esta pregunta se la hice a mi mujer después de platicarle todo lo anterior. ¿Saben que me contestó la condenada? Cualquiera en donde no estés tú, güey. Lo de güey se lo aprendió a mis hijos. Y sí que soy güey hablando de esto, pues siempre he dicho que ni el infierno, ni el cielo y menos el paraíso existen. 

Tomás Urtusástegui

Julio 2006