Escenarios

Por: Tomás Urtusástegui

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AMOR SÓLO UNA VEZ

escenarios_sep_01La lluvia dificultaba la circulación que esa noche era demasiado lenta. Sin perder de vista a los vehículos que circundaban al mío, de tanto en tanto la observaba. Me inspiró mucha ternura la tristeza que había en su mirada y la fragilidad de su desamparo.

Para romper el silencio le empecé a platicar acerca de mis problemas domésticos que ella bien conocía. De no sé dónde, me surgió la pregunta que rompió el dique de su mutismo: -Dime, Ilia, ¿te has enamorado realmente alguna vez? Alcancé a ver cómo irradiaban sus ojos. Guardó silencio unos minutos, se volvió hacia mí y dijo: -Sí, Alonso, sólo una vez.  ¿Quieres escucharlo? Le contesté que sí.

–Fue el tres de junio de 1990. Era cerca de las diez de la noche de un domingo. Estaba por irme a la cama después del ritual de limpieza que hago antes de acostarme cuando sonó el teléfono. Era mi amiga Elisa que en ese entonces estaba saliendo con Rodrigo, músico integrante de un grupo de jazz muy famoso. Preguntó qué estaba haciendo y cuando le contesté que me iba a la cama, casi ordenó que volviera a vestirme porque estaba por llegar a mi casa Ken, el bajista del grupo al que pertenecía su novio, pues me había visto con ella y quería conocerme. Le respondí que no, que ya me iba a acostar cuando en ese momento sonó el timbre. Me asomé por el balcón y no me quedó más remedio que pedirle a Ken que esperara un momento.  Me puse lo primero que encontré y unas gotas de mi perfume preferido.

-De verdad era muy apuesto.  Después de presentarse y haciendo gala de caballerosidad me ayudó a subir a su coche justo cuando empezaba a llover. Con premura se dirigió hacia el centro. Me comentó que íbamos un poco retrasados. Afortunadamente no había tráfico. Llegamos a un lugar en penumbras. En el escenario actuaba otro grupo. Me detuve unos segundos a observar al baterista y fue cuando nuestras miradas se encontraron. Me sonrió y sin perder el ritmo me saludó con una de las baquetas. Le hacía el amor a la batería como un poseso. Ken se dio cuenta y me tomó de la mano para llevarme al sitio en donde nos esperaban Elisa y Rodrigo. Nos sentamos. Mi acompañante me preguntó qué deseaba tomar y se sorprendió cuando le respondí que agua mineral al tiempo. Con dificultad tratamos de iniciar una conversación. El grupo que tocaba dejó de hacerlo y el que seguía era el de Ken. Cuando éste y Rodrigo, se disponían a ir hacia el escenario, el músico que había llamado tan poderosamente mi atención llegó a la mesa y saludando a Ken le pidió que nos presentara. Sin esperar, ocupó el taburete que éste había dejado libre y saludando con un movimiento de cabeza a los demás, se presentó conmigo –Hola, soy Jorge, ¿cómo te llamas?.. ¿Me puedo sentar? e inició una conversación repleta de preguntas acerca de mí. Te puedo decir que todo en derredor desapareció. Su mirada y su voz me atraparon.  Al menos de mi parte, fue amor a primera vista. Con el pretexto de que no me escuchaba bien, acercó su asiento al mío y tomó mis manos entre las suyas. Ni siquiera intenté retirarlas. Luego me empezó a contar acerca de él, de su familia. Me preguntó si había oído hablar de determinada actriz. Cuando le dije que por supuesto, me contestó que era su mamá. Fue entonces que reparé en el sorprendente parecido que guardaba con ella. El grupo de Ken era el último en presentarse, así fue que cuando terminaron su actuación, regresó a la mesa y con un tono que sentí autoritario y fuera de lugar, me pidió que nos fuéramos. Jorge hizo un gesto de interrogación. Le respondí que acababa de conocer a Ken porque era amigo de Elisa, quien me había concertado una cita a ciegas con él. Rápidamente tomó un anuncio de “reservado” que estaba encima de la mesa, me escribió su nombre y sus números de teléfono. Fíjate, soy tan tonta que todavía lo conservo. Luego, en una servilleta apuntó los míos y se despidió mostrando su atrayente sonrisa.

-Al día siguiente llamó a la 12:00 y dijo que en media hora pasaba por mí para ir a comer.  Anotó mi dirección. ¡Por supuesto que acepté! Literalmente boté lo que estaba haciendo y corrí a arreglarme. -No tuve mucho tiempo para escoger lo más adecuado, así es que me enfundé en unos jeans y una camisa verde que resaltaba el color de mis ojos. Me puse unas arracadas enormes y mi perfume favorito.  

Observé que mientras ella recordaba, se deslizaban sus lágrimas en un caudal silencioso.  Hizo una breve pausa y me pidió perdón por ello.

-Comimos en un restaurante japonés de la colonia Cuauhtémoc. Creo que por la hora éramos los únicos. Su celular no paraba de sonar pero no contestaba. Entonces hice algo no muy correcto, -¿Qué hiciste? le pregunté curioso.  -Bueno, tú sabes que tengo ciertos dones. Como estaba una copa con agua delante de él, pude ver que era una mujer rubia la que lo estaba llamando. Creo que por cansancio me extendió el teléfono y me pidió que contestara y le dijera a quien fuera que estábamos ocupados. Con mucha pena lo hice.   También me pidió que conservara el aparato y que si volvían a llamar, respondiera que él no estaba disponible.

-Después de una sobremesa que se prolongó  hasta pasadas las ocho de la noche, me preguntó si me arriesgaría a caminar bajo la llovizna que era muy tenue. Acepté. Me tomó de la mano y anduvimos un buen rato hasta que la llovizna se volvió aguacero.   Regresamos empapados al coche. Ya ahí, me comentó que estaba “atorado” porque tenía que componer unas canciones para un grupo juvenil que en ese entonces estaba de moda. Le dije que yo podía ayudarlo. Me miró sorprendido. Me llevó a mi casa y en cuanto estuvo en la suya, llamó para que lo ayudara con la letra de las canciones.  Estuvimos al teléfono hasta que terminamos, casi a las cuatro de la madrugada.

A partir de entonces, nos veíamos casi a diario. Lo acompañaba a los lugares en los que solía tocar. Casi siempre terminaba a primeras horas del día siguiente. Luego me iba a dejar. Se despedía con un leve roce en mis labios. Pero en cuanto llegaba a su casa solía hablarme y platicábamos hasta que salía el sol. Sentíamos la necesidad de estar en contacto.  Además, me convertí en su consejera.

Hubo ocasiones en que salió de gira con diferentes cantantes, pero nunca dejó de llamarme. A su regreso me traía algún pequeño regalo. Luego, se fue a estudiar al extranjero y en cuanto regresó a la ciudad me buscó y nos vimos esa noche. Al estar juntos de nuevo, nos abrazamos con una ternura indecible. Fuimos a cenar a un restaurante italiano que estaba de moda. Algo inusual en él, me dijo que quería tomar vino y me pidió que lo eligiera. Ordené mi preferido, Château Lafite-Rothschild, pero no lo tenían, así es que nos tuvimos que conformar con otro cualquiera, pero no nos importó   No dejábamos de mirarnos. Hubo una comunicación tan especial que nunca he vuelto a sentir con nadie más. Era un sentimiento que iba mucho más allá del deseo. Casi no comimos.

Permanecimos juntos más de tres años.  Nos veíamos cada que nuestras ocupaciones lo permitían. Jorge se había convertido en el compositor de moda y ahora viajaba con más frecuencia. Pero la fama trae consigo un sinfín de tentaciones. Él me había contado acerca de algunas de sus exparejas y por medio de la copa de agua, que confieso siempre procuraba poner delante suyo, veía a las distintas mujeres con las que estaba saliendo además de mí y a una de sus exnovias con la que se había vuelto a encontrar.  Era un viernes. Cenamos en mi casa. Cuando terminamos, pasamos a la sala. Hacía frío y habíamos encendido la chimenea. Me senté enfrente de él, que trató de acercarse pero lo detuve. Le pedí que tomara asiento y escuchara sin interrumpirme. Cuando le pregunté acerca de las otras mujeres, agachó la cabeza, vino hacia mí, se hincó tomando mis manos entre las suyas. No lo negó. Me dijo que no quería terminar conmigo, que me necesitaba. Que no lo alejara. No quería que me viera llorar.  Me levanté, abrí la puerta y le pedí que se fuera. Desde entonces no lo he vuelto a ver. Nunca respondí sus llamadas pero aún conservo los poemas y la música que escribió para mí. Sabes, a veces lo sueño y despierto llorando. Todavía me duele.

María seguía llorando. Junto con su relato, terminó la lluvia. Hicimos el resto del camino en silencio. Cuando llegamos a su casa me bajé a abrirle la puerta para que se bajara.  Nos despedimos con un abrazo.

Tomás Urtusástegui

MIS TEMBLORES

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La primera vez que la vi me temblaron las manos. No puede hacer algo tan perfecto la naturaleza, aseguré. Todo era excelente: ojos de gato al acecho, penetrantes, soñadores; cabello negro cayendo sobre su espalda como el agua de las cataratas de Iguazú, boca pequeña lista para besar, cantar, decirme que me quiere; senos turgentes, rebeldes, ofensivos; cadera ancha, cadera para acunar a todos los niños dios que existen; piernas como robles, para servir de modelo a los escultores griegos; manos para acariciar, para aplaudir, para cocinar delicias;  pies para bailar tangos, zapateados, valses. La siguiente vez la vi en el campo, ya no sólo temblaron mis manos sino todo mi cuerpo. Nada le faltaba para ser una flor, por supuesto la más bella de ese lugar: Un conjunto entre rosa, alhelí, no me olvides, orquídea y lirio desmayado. No me atreví a acercarme para aspirar su perfume. La tercera, la que dicen es la vencida, yo fui el que se venció, el que quedó fulminado por una mirada de ella que logró que mi corazón temblara como nunca lo había hecho, ni cuando corría tanto o cuando me andaba ahogando por nadar en mar abierto. A partir de esa fecha la veo seguido, y no por casualidad, sino porque la sigo a todos lados, procurando que ella no se dé cuenta.

Hoy cumplo un año de andar tras de ella, ni qué decir que la quiero, que la adoro, la deseo, la sufro. Mi amor por ella es profundo como profundo es el mar, dulce como la cajeta, musical como una sinfonía de Beethoven, ardiente como el chile habanero, terso como el pelo de mi gato, eterno como el universo, alegre como los niños, poderoso como un gorila en la selva, furioso como un tifón, calmo como la sonrisa de un viejo durmiendo, apasionado como el Quijote defendiendo con su lanza a su amada, oculto como los ojos de la bella que veía pasar por su ventana al seminarista de los ojos negros. Mi amor es mucho más que todo esto.

Y junto al amor aparece la temblorina. Ya me acostumbré a ella. Me tiemblan los párpados, las rodillas, mis orejas, el grano que me salió en la cara, mi lengua, mi piel. Sé, aunque no los puedo ver, que también tiemblan al verla mi páncreas, mis dos riñones, la aorta, mi tímpano, mi astrágalo, mi esternocleidomastoideo y mis nervios ciáticos.

Yo evito que ella me mire, ya que se puede morir de risa al ver cómo me muevo todo el tiempo. Si al menos supiera que tiemblo por su ser.

Ahora estoy muy preocupado. Sigo temblando a pesar de no verla en persona. Creo que esto sucede porque pienso todo el tiempo en ella. La veo en las torres de las iglesias, en el puesto de fruta del mercado, en la arena de la playa, en la muchedumbre de la ciudad, en la computadora que escribe esto. Está, como dicen que está Dios, en todas partes.

Para que no dijera mi familia que no me hacía caso, que no estaba bien que temblara tanto, saqué cita con el médico. Cuando me pregunte que qué me pasa, lo único que tengo que responder es que tiemblo por mi amada, que me sacudo todo el tiempo.

El médico me dijo, después de oírme, de examinarme, de exigir que le llevara radiografías, análisis y mil otras cosas: lo que usted tiene es un enfermedad llamada Parkinson.

Llorando salí del consultorio. No le creo al médico, yo no tengo Parkinson, tiemblo por ella.

 

Tomás Urtusástegui