EX LIBRIS

Por: BERNARDO GONZÁLEZ SOLANO

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Mujeres y libros. Una pasión con  consecuencias: Stefan Bollmann

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Primero fue Frauen die lesen, sind gefährlich (Las mujeres que leen son peligrosas, en 2005), al año siguiente Frauen die schreiben, leben gefährlich (Las mujeres que escriben son peligrosas), títulos publicados por Sandman, en Múnich. Y, en 2013, Fraüen Und Bücher (Mujeres y libros, que en castellano se le agregó “Una pasión con consecuencias”), editada por Deutsche Verlags-Anstalt, una división de Random House GmbH, cuya edición castellana corresponde a Editorial Planeta Mexicana en 2015. Estos  tres libros y muchos más han sido escritos por el filólogo, historiador y estudioso de la filosofía, el alemán Stefan Bollmann, considerado como uno de los especialistas en la obra del escritor también germano, Thomas Mann (Lübeck, imperio alemán, 6 de junio de 1875-Zurich, Suiza, 12 de agosto de 1955), Premio Nobel de Literatura 1929, autor de La montaña mágica, Doktor Faustus, Buddenbrook, Muerte en Venecia, entre muchos otros. La obra bibliográfica de Bollmann (que nació en Düsseldorf, el 21 de marzo de 1959), ha sido traducida a 16 idiomas y ha vendido más de medio millón de ejemplares.

Esta columna debió aparecer en la edición de Personae de marzo, con motivo del Día de la Mujer, de ahí que haya escogido comentar los tres volúmenes de Bollmann. Como dice Lola Larumbe Doral, la prologuista de la versión española de Mujeres y libros: “El libro, para las mujeres, va a ser el talismán que las acompañará en la larga marcha hacia la emancipación. Leer es una primera forma de independencia, una primera conquista de privacidad donde la mente es libre, donde maridos y padres quedaban al margen de las nuevas vidas y experiencias que ofrece la lectura”.

“Son las mujeres del siglo XIX las que empiezan a leer con fervor. La novela es la reina de los géneros. Lectura femenina y novela se desarrollan en paralelo. En ninguna forma literaria hasta entonces, los pensamientos, las esperanzas y las vidas de las mujeres se habían mostrado de manera tan despojada”.

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“Una novela era algo sacado de la vida, como nos dice Stefan Bollmann en Mujeres y libros, ningún género literario llegaba de manera tan directa al ámbito privado de la lectora, ningún otro le proporcionaba una perspectiva tan profunda de las emociones. Son los comienzos de la democratización de la lectura para las mujeres y también del desarrollo de una industria editorial que captó el nicho de lectoras que buscaban en las páginas de los libros sólo un ideal romántico –la novela rosa— muy conservador ya patriarcal, en el que tras un primer atisbo de independencia de la heroína, al final la felicidad y el amor venían siempre de la mano de un príncipe valiente. Este género ha gozado de gran éxito a lo largo de estos dos siglos (XIX y XX), y lo sigue teniendo en la actualidad. Se ha producido una ligera renovación en las formas de los caballeros, ahora son vampiros castos o ejecutivos sadomasoquistas, pero la fórmula es la misma: historias de dependencia y sumisión por parte de una mujer a los deseos y sentimientos de un hombre”.

“Las lectoras que aparecen en Mujeres y libros leen para vivir de otra manera, o viven de otra manera y por eso leen. Y porque leen, escriben. Y ésta es la primera transformación. La primera consecuencia de la lectura. Virginia Woolf dice que “para leer bien un libro hay que leerlo como si uno lo estuviera escribiendo”.

Ya lo he recordado en pasadas EX LIBRIS: “Leer es al escribir como el cóncavo al convexo”, dijera don Alfonso Reyes, el polígrafo mexicano por excelencia, de quien, por cierto, acaban de presentar los dos primeros tomos de su Diario, de los siete que completan la “memoria” del autor de Visión de Anáhuac.

Solo personas temperamentales con una sensibilidad extrema para entender vidas poco comunes, como Stefan Bollmann, podrían narrar la historia de la lectura y de la escritura femeninas, su poder y su magia. Mujeres y libros es el vivo ejemplo de cómo la lectura cambió la vida de las mujeres y, de paso, a toda la sociedad.

El hecho es que hace tres siglos la fiebre de la lectura llegó a las mujeres. Primero, los hombres se burlaban de esa “afición” que “atacó” al sexo femenino y que, según ellos, podían caer en el desastre. Los exagerados afirmaban que las mujeres lectoras podrían provocar “revoluciones”. Jane Austen consideró que leer novelas hace a la mujer independiente. Madame Bovary devora literatura banal y comete adulterio. Virginia Woolf, en compañía de su esposo, imprimió sus propios libros. Marilyn Monroe lee a James Joyce (Ulises) y permite que la fotografíen con un ejemplar en la mano, eso sí, ataviada con un llamativo traje de baño, lo que provoca que algunas comentaristas crean que el gesto de la Monroe solo fue un acto de publicidad, pero que no tiene nada que ver con la lectura de una obra tan “espesa” –por decir lo menos–, y tan complicada como la que escribió el autor de Finnegans Wake. Y actualmente las lectoras toman por asalto el centro del poder de la literatura: hay tantas lectoras/escritoras como nunca antes. Las escritoras, como los escritores, le dan la vuelta al mundo promoviendo todo su trabajo escrito.

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Esther Tusquets, la famosa editora española, prologó el volumen de Las mujeres que leen son peligrosas, y dice: “Durante siglos se dificultó, pues, el acceso de la mujer a la lectura y se le prohibieron determinados libros. En 1523, el humanista español Juan Luis Vives, aconsejaba a los padres y maridos que no permitieran a sus hijas y esposas leer libremente. “Las mujeres no deben seguir su propio juicio”, escribe, “dado que tienen tan poco”. Y habría que llegar a la Inglaterra victoriana para que sean las madres las que elijan las lecturas de sus hijas”.

Variados son los comentarios que suscita el libro de Bollmann. En la Deutschlandradio, se dijo: “Desde la afición a la muerte de las admiradoras del joven Werther hasta la conciencia propia de las fans de Cincuenta sombras de Grey: las mujeres leen de forma distinta a los hombres. Stefan Bollmann ha investigado qué buscaban en la literatura las lectoras de siglos pasados y qué esperaban los hombres de ellas”.

Uno de mis “personajes inolvidables” –parodiando la sección de la vieja revista estadounidense Selecciones del Reader´s Digest–, ha sido la desdichada actriz Marilyn Monroe. Bollmann incluye en su libro un capítulo titulado “HOLLYWOOD, 1955, Marilyn Monroe, la bomba sexual lectora”. El pie de fotografía que acompaña este capítulo dice: “Leer fue su principal herramienta para combatir la imagen de bomba sexual tonta. Marilyn Monroe no se acobardó ni siquiera ante Ulises, el icono de la alta cultura literaria del siglo XX. Al añadir una carga erótica al amor que sentían las mujeres por los libros, Monroe también cambió nuestra imagen de la lectura. Un homenaje”.

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En el capítulo correspondiente, Bollmann precisa. “Para gran irritación en especial de sus admiradores varoniles, a Monroe le gustaba que la fotografiaran leyendo. Mientras que por lo general con su mirada franca atrapa a la cámara e insinúa a quien contempla las fotos que está posando para él y sólo para él, para decepción suya, en estas fotografías toda su atención se centra en el libro. Que estas instantáneas, no tan infrecuentes, en las que aparece sumida en la lectura de clásicos de la literatura universal y novelas contemporáneas durante mucho tiempo no captaran el debido interés del público ni tampoco de los medios de comunicación es posible que tenga que ver con la gran cantidad de fotos que circulan de la estrella. Pero el filtro que determinó esa falta de interés fue la imagen que Hollywood creó de ella. Como tarde, a partir del estreno de la película  Los caballeros las prefieren rubias quedó encasillada en el papel de seductora con la mira puesta en hombres con dinero y que carecía de sentimientos auténticos y de inteligencia. Una bomba sexual que leía libros…era algo que no cuadraba. Y de hacerlo es que había algo turbio. O Monroe leía porque su tercer marido, Arthur Miller, se lo había impuesto con su manera de Pigmalión, o por propio interés, para agradar a hombres como él, lo que hacía concebir la sospecha de que no leía nada, sino que solo lo fingía”.

“A estas alturas –agrega Bollmann–, sabemos que la iniciativa de esas fotos partió de la propia Morilyn Monroe, que se sentía casi tan atraída por el mundo de la literatura y el teatro como por las cámaras…y también se debe al hecho de que durante toda su vida se avergonzó de haber dejado los estudios”…Increíble pero cierto. Lea a Bollmann. VALE.