EX LIBRIS — El Diccionario 23.1 de la lengua española, promesa cumplida

Por: BERNARDO GONZÁLEZ SOLANO

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exlibris_ene_01Tenía que suceder. Hasta se había tardado dadas las condiciones tecnológicas del siglo XXI, casi de sueño. El año 2017 culminó en las mejores condiciones lingüísticas de la historia del idioma español. El Diccionario 23.1, que recién se volcó en la Red es, sin duda alguna, una nueva edición del antiguo mamotreto que durante varios siglos desasnó a millones y millones de hispnoahablantes, aquende y allende el océano. La novedad es que esta versión es digital, la de papel pasó a la historia, aunque esto no significa que desaparecerá totalmente porque se harán impresiones selectivas del diccionario de la lengua castellana y de otros libros históricos de nuestro idioma, tal y como han aparecido ediciones de obras cumbre de la lengua de Cervantes. Bien por la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), que suman 23 en todo el mundo. Ahora ya no tendrían cabida las descalificaciones que hacía de la Academia, el soberbio Nikito Nipongo, que en paz descanse. Además, tampoco sabía tanto del idioma como presumía el lenguaraz periodista mexicano.

El miércoles 20 de diciembre, en la sede de la Real Academia Española (RAE), en Madrid, se presentó el nuevo Diccionario de la lengua española 23.1. Ese día se pasó página definitivamente a la época en que los hispanohablantes tenían que esperar muchos años para conocer las diferentes enmiendas (nunca suficientes), puntualizaciones o incorporaciones al tumbaburros impreso. Ahora, se podrán consultar anualmente en la versión digital.

Darío Villanueva, director de la RAE, explicó que “la nueva planta es digital” desde el día 20 de diciembre. Y, por primera vez en su historia, el formato electrónico irá por delante de la edición impresa. Un cambio propiciado por la tecnología, los nuevos medios y la creciente demanda de los usuarios, como lo indican las siguientes cifras: la página web del DRAE fue consultada por aproximadamente 600 millones de personas en 2016; pocos días antes de que finalizara el 2017, los números indican que casi se alcanzarían los mil millones de consultas. Más que un récord. La mayoría de esas consultas procedieron de los países iberoamericanos, a lo que hay que agregar las consultas provenientes (relevante novedad, pese a las embestidas de Donald Trump a la cultura hispana), de Estados Unidos de América. Así de importante es el idioma español en el planeta.

El 40% de las consultas se reciben desde España, y el segundo país que más utiliza el servicio, con el 15% de las consultas totales, es México. Nuestro país. Asimismo, el 42% de los accesos al Diccionario en línea llegan desde teléfonos celulares (“móviles” llaman en España) y tabletas. En la nueva versión se puede consultar un término preciso, a que empiece, acabe o contenga una determinada combinación de letras, y permite localizar no sólo la forma que encabeza la entrada en el diccionario sino formas flexionadas y expresiones que contienen el término sobre el que se ha hecho la consulta.

La 23a edición del DRA (de ahí que se le agregue el 23-1) incluye 93,111 entradas, con 195,439 acepciones, frente a las 88,431 entradas de la edición anterior (con motivo de la edición del tricentenario que apareció en 2014 con 2,312 páginas en dos volúmenes: de la a-g, el primero, y de la h-z, el segundo, que cuentan los dos gruesos volúmenes que descansan en los anaqueles de mi biblioteca). La versión online permite ir incorporando las modificaciones que el plenario de la RAE aprueba sin tener que esperar a una nueva edición en papel, como sucederá con la revisión de una de las acepciones en término “gitano”. La versión digital incorpora más de 3,000 enmiendas y adiciones a la vieja edición.

Esta versión pudo completarse con el auxilio y patrocinio de la Obra Social La Caixa. De tal suerte, con esta incorporación la web de la RAE anexa una plataforma de consulta en línea que añade nuevas funcionalidades respecto a la anterior, con mecanismo de autocompletar, un algoritmo de revisión ortográfica y una mejor navegabilidad. La posibilidad de ofrecer en línea el diccionario publicado en papel hace ahora un año dependía de la aportación de un patrocinador, quien finalmente resultó la fundación de La Caixa, entidad que como dijimos líneas atrás ya colabora con la publicación de la Biblioteca Clásica de la RAE.

Presidieron el acto de presentación del diccionario el presidente de la RAE, Darío Villanueva, y el presidente de la Fundación Bancària La Caixa, Isidre Fainé, con la asistencia de académicos como Guillermo Rojo, Pedro Álvarez de Miranda, Humberto López Morales, Luis María Anson, Pedro García Barreño, José María Mericno y Carme Riera y del director general de la fundación, Jaume Giró.

Esta versión 23.1, como definió Darío Villanueva parece que va en consonancia con su tiempo y ha aceptado palabras que responden al espíritu de su época, como “clicar”, procedente de la informática, al igual que “cracker” –pirata informático–, “hacker”, como “personas experta en el manejo de computadoras, que se ocupa de la seguridad de los sistemas y de desarrollar técnicas de mejora” o “pinchar”.

“Las dificultades que encontramos a la hora de abordar el diccionario vienen, en primer lugar, de las palabras vinculadas a las nuevas tecnologías, que, en su mayoría, proceden del inglés”, comentó Villanueva. Identificar el léxico de una sociedad con su retrato sería tropezar en un grave error, pero, sin duda, sí refleja una parte de ella. El análisis de algunas de las 3,345 modificaciones que desde el miércoles 20 de diciembre están disponibles en la Internet deja entrever que todos nos movemos en una sociedad abierta, donde sus habitantes tienen que convivir con diversas culturas que, por supuesto, dejan su influencia, su huella lingüística en las naciones en las que se desarrollan. Este es el caso de que ahora “halal”, “kosher”, “humus”, vinculadas con la gastronomía, o “sharía” y  “umma” ya se encuentren en el DRAE.

La impronta de la política es patente a través de términos tan actuales y polémicos, incluso todavía sujetos a debate –merced a los despropósitos del mendaz presidente estadounidense Donald Trump, que puso de moda el término cuando pretendió magnificar, sin visos de verdad, su toma de posesión comparándola con la del primer mulato mandatario de la Unión Americana, Barack Hussein Obama–, como “posverdad” cuya definición –“distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”–, ha estado sujeta a distintas discusiones, como admitió Darío Villanueva. De la proposición inicial, según indicó el presidente de la RAE, hasta la que ahora puede leerse hubo muchas modificaciones.

En el mismo sentido está “buenísimo” y la controvertida “especismo” –“discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores” y, también “creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio”–. El habla popular, de enorme importancia, no tiene menos peso ni relieve, como lo demuestra “postureo”, “vallenato” (música popular colombiano a ritmo de son), “nota”… “persona que le gusta llamar la atención o quien tiene un comportamiento inconveniente”–, “comadrear” o “chusmear”, de uso frecuente en algunos países sudamericanos.

En fin, Paz Battaner, directora de la edición digital del Diccionario 23.1, entró en una de las polémicas más recientes: el hábito que han adquirido los políticos de iniciar sus discursos o referirse a sus militantes y seguidores separando el género masculino y femenino, como “diputados y diputadas”, o “compañeros y compañeras”, “amigos y amigas”, como puso de moda el inculto y semianalfabeta expresidente mexicano Vicente Fox Quesada. “La realidad –dijo Battaner–, es que se ha utilizado siempre. El Cantar de Mío Cid se abre con una llamada similar, porque era importante que la gente escuchara. Lo que no es adecuado es que siempre se haga. Repetirlo. Solo debe acudirse a él cuanto existe cierta ambigüedad. De otra forma, el lenguaje se volvería lento, premioso y no avanzaría. Y se correría un riesgo. Cuando le dije a una pequeña que se fuera a jugar con los niños, ella dijo qué sucedía con las niñas. Es un buen ejemplo. Su profesora había adquirido la costumbre de decir “niños” y “niñas”, y ahora ella pensaba que existían dos tipos de personas humanas. Por eso mismo existe un peligro en acudir a este uso”.

Mejor, lea el Diccionario 23.1. Felicidades a todo mundo. No a “ellos” y a “ellas”. Vale.