EX LIBRIS — Al Capone, la paradoja humana de una leyenda

Por: BERNARDO GONZÁLEZ SOLANO

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Cuando se presenta la oportunidad hay que darle gusto a los selectos lectores que permanecen fieles número tras número. No les queda de otra. Para el caso, la exhaustiva biografía de Al Capone de la acuciosa investigadora Deirdre Bair, era el tema de la EX LIBRIS del mes pasado, pero en el momento de la decisión opté por la novela en verso de Adolfo Domínguez. A lo hecho, pecho. A petición de una amiga, ahora le toca al libro del criminal de Chicago que pese a los 72 años transcurridos de su muerte, indudablemente es un recordado personaje de la cultura popular estadounidense, nos guste o no. Mitos y falsedades aparte.

exlibris_marzo_02Empecemos por el final. Concluye la señora Bair su absorbente trabajo –que puede calificarse como “definitivo”– con este párrafo de antología: “En pocas palabras fue la paradoja humana perfecta y el contrapunto de la paradoja política que fue la Prohibición. Era tan encantador, tan ostensiblemente desmesurado en todo lo que hacía, y tan fenomenal ante el público, que costaba creer que un tipo tan simpático y tan ameno, que decía frases tan exactas y tan pegadizas, pudiera ser tan canalla. Y por lo que se refiere a la Prohibición, puede que fuera una ley nacional, pero nadie se la tomaba en serio, así que ¿por qué no echarse un trago?”.

La historia demuestra que en el devenir de todos los pueblos deben existir personajes como Capone, pues de otra suerte las sociedades (comunes y corrientes), podrían estar incompletas. No todo debe ser bueno, ni austero. Ni malo y manirroto. Las cosas son como son, y si Al Capone no hubiera existido, alguien lo hubiera inventado. Para percatarse de muchas cosas, los pueblos deben sufrir un Donald Trump, un Nicolás Maduro o un López Obrador. Después de ellos sus respectivos países deberían tener mejor suerte. Al tiempo.

En 1964, en un ensayo recogido en el libro Política y delito, Hans Magnus Enzensberger hacía una terrible comparación entre la mafia de la Unión Americana y el mundo empresarial. Los mafiosos no atracaban bancos, no robaban la nómina de las compañías: eran comerciantes que negociaban con mercancías ilícitas, imponían precios a los minoristas y de vez en cuando asesinaban a un competidor. Era la prueba de que toda empresa capitalista, llevada a sus últimas consecuencias, se convertía en una organización criminal. El primer gánster que quiso pone orden en el hampa local y la organizaría como una gran compañía fue Al Capone, que se sentía un empresario. Su feudo era Chicago. La historia, la literatura, el periodismo, el cinematógrafo, la televisión e incluso el teatro, así lo han demostrado. La gran biografía de la señora Deirdre Bair lo ratifica.

Deirdre Bair, Al Capone, Su vida, su legado y su leyenda. Editorial Anagrama, Barcelona, 2018. 552 páginas. En La Casa del Libro de Madrid su precio era de 22.90 euros. En México alrededor de $600.00. El traductor al castellano es Antonio-Prometeo Moya. Como siempre, los editores españoles no logran entender que la traducción debe ser para los hispanohablantes de todo el mundo, no sólo para los de la península. Pelillos a la mar.

Antes de los 18 años de edad, Alphonse Gabriel Capone ya era señalado como el culpable de media docena de asesinatos. En el tiempo transcurrido entre sus comienzos en el mundo de la delincuencia y su condena a pena de prisión, en 1932, amasó una gran fortuna de más de 40 millones de dólares de la época, equivalentes a 550 millones de la actualidad. Anualmente facturaba hasta 105 millones en la divisa estadounidense. Como rey del hampa de Chicago duró seis años al frente de la organización criminal que heredó con apenas 26 años de edad. Todo un caso.

Capone aprovechó, como muchos, la década de la Ley Seca, entre 1920 y 1930. Literalmente se bañó de oro al vender alcohol de contrabando. Al mismo tiempo, nada de lo que fuera ilegal le era desconocido, desde partidas ilegales de póker, prostíbulos, venta de drogas… Aunque no puede decirse que inventó la “venta” de la extorsión, por lo menos en Chicago ninguna lavandería, tintorería, tiendas de helados, compañías constructoras, fontaneros, y campos de golf se salvaba de pagar la “seguridad”  a sus enviados. Aún más, adelantándose a su tiempo incluso amañó elecciones para lo cual organizaba fastuosas reuniones en su casa para la “High Society”. Según los cálculos “invertía”  una tercera parte de sus jugosas ganancias para pagar sobornos a policías, jueces, periodistas y políticos de todos los niveles. No se andaba con chiquitas, Los “chayos” que Capone entregaba al gremio periodístico eran de antología, acompañados de varias botellas de buen whisky.

Dice la biógrafa de Capone: “Para la mayoría de los estadounidenses de los locos años veinte, (Capone) era un héroe americano porque hacía en público lo que casi todos ellos hacían a escondidas: infringir la ley y conseguir que el delito quedara impune”. Como sea, el famoso gángster, descendente de italianos pero nacido en la Unión Americana –“no soy italiano, nací en Brooklyn”, decía–, fue un criminal sin escrúpulos que tuvo relación, directa o indirectamente, con más de 200 asesinatos.

exlibris_marzo_03En su excelente obra, la autora –que también es célebre biógrafa de la escritora francesa hija de padre cubano y madre española, bautizada como Juana Antolina Rosa Edelmira  Anaïs Nin y Culwell, mejor conocida simplemente como Anaïs Nin, de la también francesa Simone de Beauvoir que durante muchos años fue la pareja de Jean Paul Sartre, y del poeta y dramaturgo irlandés Samuel Becket, Premio Nobel de Literatura 1969–, trata de  desentrañar cómo un matón como Capone se convirtió en un personaje que a tantos años de su muerte sigue inspirando filmes y series de televisión , cuyo “modelo de negocios” lo estudian a la fecha en la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard, y cuyo nombre conocen y recuerdan mejor los estudiantes del país que el de muchos ex mandatarios estadounidenses.

La biografía pergeñada por Bair sobresale de entre los centenares de libros escritos sobre Capone por el estilo en que aborda la figura del delincuente: por medio de su vida familiar. Como suele suceder con personajes que tratan de manifestarse de manera ruda tanto con sus allegados y sobre todo con quienes están a su servicio, Al Capone tenía su talón de Aquiles: su familia, sobre todo su madre y su cónyuge, después su heredero varón, Sony, en quien cifraba sus sueños, preocupado por su educación superior, como un futuro cirujano, abogado o un respetable empresario. Deirdre recurrió a los testimonios de los familiares del delincuente para escudriñar su vida íntima. Así, se conoce la filial costumbre de Al por comunicarse cotidianamente con su progenitora, y con su esposa a quien invariablemente engañaba con innumerables amantes y prostitutas. Fornicar con cualquier mujer al final de cuentas fue la causa final de su muerte: se contagió de sífilis. Mal tratada médicamente durante su encarcelamiento que duró once años –acusado por evasión de impuestos–, se le recrudeció la mortal enfermedad afectando sus facultades cerebrales reduciéndolo a la edad mental de una criatura de siete años. Así murió, aunque dice la escritora que “disfrutaba de la vida diaria”.

En Al Capone. Su vida, su legado y su leyenda, se describen las dos versiones de un mismo hombre: el asesino despiadado y el caritativo “empresario” Snorky (“acicalado”, “figurín” en el inglés popular de la época), al que no le importaba gastar miles de dólares para comprar trajes caros a la medida de color verde lima, amarillo limón o malva, y también sostener –sin ayuda de nadie–, comedores sociales donde podían comer tres mil  personas afectadas por la devastadora Depresión (que causó el suicidio de miles de personas que perdieron todo en aquellos momentos); asimismo, gesto de nouveau riche, cuando visitaba a un amigo que tenía varios hijos les daba un billete de 100 dólares a cada uno de ellos para que se “compraran un helado”. Y otros gestos, muy a la italiana, como recibir a periodistas en su casa, en pantuflas, con delantal de cocinera y cucharón de madera para remover la salsa de los espaguetis de su venerable madre.

La prensa, dice Bair, en gran medida contribuyó a que Al Capone se convirtiera en un fenómeno cultural estadounidense. Figura mediática que vendía periódicos, y si no había noticias sobre él los periodistas las inventaban. Quizás eso explique por qué la realidad y la ficción acabaron mezclándose inextricablemente con alguien que era un manipulador astuto que improvisaba sobre la marcha. Así ha habido hombres fuera de la ley, ¿verdad Chapo? VALE.