Siempre hay otros — Me temo que soy el fondo, pienso yo

Por: Mariano ESPINOSA RAFFUL

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El mundo globalizado se ha visto convulsionado por las insanas ocurrencias del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, y en nuestro país el debate acumula sensoriales pausas de fondo y de forma.

El constante aumento en los decibeles de la fatalidad, las acusaciones de un solo lado, y desde luego los aspirantes a las presidenciales del 2018, nos ubican de pronto en la antesala de la histeria.

Pareciera que nada hemos hecho bien y no es verdad, que todos somos corruptos y no es verdad y caemos en trampas a la vista.

Por un lado están quienes hacen lo posible por sus responsabilidades, cuando otros, al margen de los planteamientos serios, cuestionan sin ajustarse a los principios de equidad y sobre todo respeto a la paz social.

El encono nacional es producto sin duda alguna de los grupos de choque, que siempre han estado a la espera de los momentos aciagos, los políticos, y no se puede esperar un pleito de callejón ante lo obvio, las bravuconadas del exterior.

México tiene que fortalecer su identidad nacionalista, que no revolucionaria creemos, porque más allá de su bandera, himno, y la simbología que pueda identificarnos, está la defensa de los derechos humanos por encima de cualquier mandato de un país rijoso.

La figura presidencial tiene no solo una connotación que identifica el sentir de los mexicanos, tiene la convicción de ajustarse a los tiempos en los transitamos en serias dificultades.

Ni más ruidos ni menos silencios, aumentos que no deseamos en los energéticos, acusaciones de una Auditoria Superior de la Federación, que debe tener el pulso de sus funciones, no excederse en adjetivos ni calificativos de las políticas públicas, ni mucho menos pretender convertirse en un gran juez que no sabemos hasta donde deseé que sus pronunciamientos lleguen.

No más dagas al herido ni abandonar al caído, no más frenos a las inteligencias, pero mucho menos alborotos innecesarios en un país que debe permitirse convocar a la unidad nacional, en torno a sus fortalezas, a sus criterios de libertad de expresión.

La política doméstica se contamina más, porque los pequeños actores de un reparto, que aún no se reparte por cierto, están al asecho de quien se supone ganará lo que está muy lejos de ser verdad, un poder distante, por las pretensiones ocultas de grupos diametralmente opuestos.

No debemos estar ajenos al salto de unos y otros también a otros partidos políticos, la raja es parte de su inadecuada decisión, porque no están identificados con los principios, sino con los placeres de la vida política en la inmensa mayoría de los casos.

Seguiremos expresándonos de un presidente que no sabe ni entiende de formas políticas con el mundo, Donald Trump no llegó para quedarse, seguimos a la espera de la reacción de quienes operan la viabilidad del mundo en las más altas esferas de este planeta llamado tierra, y que como Alemania no van a permitir que se desate una guerra que nos llevaría a la conflagración.

Mientras, en México tenemos que trabajar todos los días, sin demagogias, sin miedos, por objetivos, con aliados que nos permitan desarrollar las potencialidades que durmieron por meses de espera que desde luego vale la pena, ahí le podemos dar el valor justo a lo que es, pero más a lo que no debe ser.

Leer y releer a los clásicos, convivir y transitar entre lo común, ir de aquí para allá y despejar la mente, coincidir con el pasado y darle la vuelta a lo negativo, saltar los obstáculos, pero sobre todo ser nosotros mismos como ciudadanos, es tan solo algo de lo mucho donde tenemos que hacernos un análisis a fondo.

Nadie debe repartir culpas, menos acusar acuñando frases que nos desunan, nadie debe estar por encima de la prosperidad de una nación como México, debemos combatir la corrupción en todos los ángulos y sentidos posibles.

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