CHARLOTTE Y LA MUERTE

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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para Charlotte Salomon, in memoriam

(1917-1943)

-¡Dios mío, no permitas que enloquezca y termine suicidándome como todas las mujeres de mi familia!… Sollozos y gritos desahuciados que se amortiguaron con la respuesta de un mar enardecido, mientras el sol se bañaba indolente en el azul espumaje.

Pinceladas informes de colores fríos y contritos sobre un lienzo árido, fiel reflejo de su espíritu: el deseo de poder cambiar su destino de niña con infancia holgada y sin amor, envuelta con el manto protector de una muerte paciente, en perpetua acechanza.

Evocaciones inconexas de felicidad fugaz, y alguna muñeca olvidada en un rincón, a cambio de pinceles mágicos que daban vida a la vida que ella misma deseaba para sí.  Un amor cristalizado sólo en la vigilia de adolescente desamparada de afectos, que pobló ilusiones y casi 800 papeles en donde plasmó su existencia y entorno, y más pérdidas al romperse los desgastados hilos que un titiritero invisible olvidó reparar.

Luego el exilio, huyendo del dolor y la guerra en compañía de un abuelo derruido e inerme, y por todo equipaje, lienzos, papeles, tres colores primarios, pinceles, y recuerdos confundidos con ensueños, y la interrogante de retomar la vieja lucha: enfrentarse o ceder; de asirse o no a una vida que parecía haber  finalizado aún antes de principiar.  Más el milagro se produjo después de una duermevela a la orilla del mar. No fue un renacimiento sino nacer a través de un rostro que la contemplaba desde el lienzo, infundiéndole vida y libertad. Ahora no había lugar para recapitulaciones y dudas; la vida empezaba y debía “aprehenderla” y vivir. Más tarde, el amor reposado de un hombre inteligente que sin preguntar tenía todas las respuestas que ella necesitaba saber.  Pero la muerte, amante desdeñada, cambió las fichas del tablero, y Charlotte, la de raza estigmatizada, a sus casi 25 años pagó en Auschwitz por atreverse a cambiar su destino y volver a nacer.