El Sol brilla para unos pocos

Por: Juan Danell Sánchez

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Nunca vi por dónde venía el frío. Tampoco entendí por qué con toda impunidad burlaba el abrigo de aquella chamarra miel de cuero de borrego, reforzada por la lana bien tramada del suéter gris de cuello alto que siempre supe certeros, eficaces a toda prueba de inviernos citadinos. Y aquí el otoño apenas asomaba. La humedad alimentada por una neblina espesa, ingrata, aguda, resaltaba los últimos verdes del monte y pinares, erectos guardianes de esas lejanías. Colores que sobrevivían a la huida pasmosa de aquel día espontáneo. Un buen día para reportear lo olvidado, descubrir lo existente escondido en la ignominia de la modernidad.

Muchas horas antes, entrada apenas la madrugada, Sebastián, así a secas, porque los zotziles-zeltales nada más tienen nombre, y “lo demás pa’qué te importa”, así lo dijo y así lo entendí, ya estaba esperándome en el jardín central de San Cristóbal de las Casas, aquella ciudad colonial chiapaneca, cobijada por la bruma de esos años tortuosos, y que matizaba la Catedral en lo oculto evidente, ese templo, la Diócesis de Don Samuel Ruiz, que se erigió como bastión en defensa de los indios de esta parte del país.

La historia es larga de contar, la conversación con Sebastián, el guía que habría de internarme en Los Altos de Chiapas; en 1981 se consumía en las conjeturas del éxito o el fracaso de los proyectos y programas de gobierno del presidente José López Portillo, diseñados en políticas públicas para sacar de la jodidez a los campesinos, pero sobre todo a los indígenas, que en ese momento sumaban en números redondos once millones de seres catequizados por el filo de la espada invasora, algo así como la octava parte de la población nacional.

Y el programa por excelencia para cumplir los objetivos de reivindicación de los pobres del campo se le llamó Sistema Alimentario Mexicano, difundido como SAM para facilitar su aprehensión (con h) y sin vínculos oficiales con el mote filosófico del emblema del imperio del Norte, vaya Tío Sam, lo estructuraron asesores presidenciales de formación marxista, con Cassio Luiselli al frente, y el objetivo del programa se centró en lograr la autosuficiencia alimentaria de México con un esquema moderno de producción en el que todas las regiones y todos los campesinos fueran productores acordes al despertar de la modernidad del México revolucionario.

El complemento ideal de esa estrategia fue la Ley de Fomento Agropecuario, Aunque sus siglas LFA resultaban fáciles de recordar, se prefirió dejar el nombre completo, por considerarlo con más fuerza, así lo confesó en corto el entonces secretario de Reforma Agraria, Gustavo Carvajal Moreno. Se trataba de acabar con los lotes baldíos, las tierras abandonadas, ociosas por falta de apoyos, para que todo el territorio nacional se pudiera explotar en la agricultura y la ganadería. Hasta el de las comunidades indígenas, que tienen otra visión de aprovechar la tierra.

Nada de esto fue necesario explicarlo a Sebastián, lo sabía a detalle, y la conversación terminó en un “chinguen magre, todo es palabrería bruta, canto de urraca vieja: no’más quieren chingar”.

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Un par de días después ese razonamiento me quedó claro. De acuerdo al fastuoso SAM, los zotziles de Los Altos de Chiapas, aquéllos remontados en los parajes de Chalchihuitán, en esos años accesible sólo por brecha de a pie, debían sembrar maíz y frijol para abastecer el mercado local y nacional, en sustitución del café, que por vocación geográfica-regional de la tierra cultivaban, y cultivan, estos chiapanecos desde tiempos lejanos en la historia contemporánea del sureste mexicano.

“Así dieron orden jefes del centro”, dijeron en asamblea extraordinaria, exactamente extraordinaria, porque en esos lares las asambleas se programan con tiempo y llevan un Orden del Día preciso, pero llegó alguien que tenía que escucharlos, y así lo decidieron medio centenar de zotziles productores del aromático, representantes de sus respectivas comunidades, reunidos a un ladito de la plaza central de Chalchihuitán, a bien decir en el costado Este de la cancha de basquetbol, por donde asoma el Sol bien de mañana en la cresta serrana.

Nunca se cumplió lo prometido por el Gobierno en materia de apoyos para que aquellos zotziles dejarán el café por maíz y frijol, lo que prevaleció fue el abandono al que ya estaban acostumbrados y continuaron acarreado su café cereza a espalda partida por más de diez kilómetros en veredas, pendientes y lodazales serranos, para poderlo comercializar.

Pero no todo es desgracia y miseria en la historia de este nuestro México enclaustrado. Recientemente, en mayo, la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación, Sagarpa por su acrónimo, informó en su comunicado de prensa número 190, fechado en la capital de Durango, que lleva el mismo nombre, que “el Gobierno de la República logró abrir el financiamiento para el sector ganadero luego de más de 40 años”, con un monto de 8,000 millones de pesos.

Para el SAM el Gobierno federal presupuestó alrededor de cien mil millones de pesos, de 1980, equivalentes como 10,000 millones de pesos de 2017.

“El Gobierno de la República, a través de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) impulsa, junto con los productores pecuarios, avances sin precedente en la ganadería nacional, entre los que se encuentra una derrama económica por alrededor de ocho mil millones de pesos en créditos al sector durante esta administración”.

Así lo dijo en Durango, fresco y satisfecho de su proceder, Francisco José Gurría Treviño, en su calidad de representante del titular de la Sagarpa, José Calzada Rovirosa, y con el cargo de coordinador general de Ganadería de esta dependencia y gustar de liarse a golpes en plena calle con líderes campesinos que no están de acuerdo con él, además de llevar a cuestas el ser hermano de José Ángel, de los mismos apellidos, que es secretario general de la OCDE, que en el mundo se conoce como Organization for Economic Cooperation and Development, en español: Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, o lo que es lo mismo los artífices de la globalización y del libre comercio.

Y lo dijo frente a la máxima representación de los productores de ganado de México, que en esos momentos realizaban su LXXXI Asamblea General Ordinaria en esa ciudad que es el corazón de lo que en México se conoce como Comarca Lagunera, y que 30 años atrás fue famosa por su producción de algodón, hoy un recuerdo para el anecdotario, pero que ha tomado un nuevo brío en la historia y geografía económica del país, con la producción de leche y carne de res.

Y es que justo ahí, en esa región, en el municipio de Tlahualilo, se construyó lo que el Gobierno federal consideró el desarrollo ganadero más moderno del país y en los medios de comunicación se conoció en 2015 como el desarrollo ganadero más grande del mundo: una engorda estabulada con capacidad instalada para 300 mil reses, con una producción de procesamiento de unos 2,500 animales diarios, propiedad de Grupo Viz, que es de Jesús Vizcarra.

En esos tiempos se habló de una inversión de 8,000 millones de pesos para esa engorda de bovinos, la más moderna, sin duda, de México y que cuenta con el apoyo del Gobierno, como en su momento lo expresaron las autoridades del ramo y los propios empresarios ganaderos del Grupo, en cuyas declaraciones destacaba que en 2017, es decir, en el presente año, el desarrollo pecuario estaría en su plena producción.

A diferencia de los zotziles de Chalchihuitán, a los ganaderos sí les llegaron los apoyos financieros y subsidios, muestra de ello es que la engorda de reses va viento en popa, todos felices y todos contentos. En Los Altos de Chiapas, por las veredas la historia camina con sus rezagos, indígenas cargados con sus quintales de café cereza en mecapales, que les tensan hasta el espíritu, pero para ellos “no hay de otra”, como dicen por esas tierras.