De monumentos y más… EL GRANDIOSO PALACIO DE LAS BELLAS ARTES

Por: Margarita C. García Rodríguez

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Asentado sobre los predios que algún día ocupara el convento femenino de Santa Isabel, hoy encontramos el portentoso edificio de El Palacio de las Bellas Artes en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el que se ha convertido en un emblema al que propios y extraños contemplan maravillados, sin saber que el proyecto original contemplaba que fuera aún más grande y suntuoso.

Durante el gobierno del general Porfirio Díaz, los preparativos para celebrar por todo lo alto el primer centenario de la Independencia, incluían la fundación de una serie de edificios y monumentos que pusieran de manifiesto la modernidad del país, presentándolo como el lugar idóneo para recibir las inversiones de compañías extranjeras, todo esto enmarcado por la estabilidad económica, política y social de la paz porfiriana cuyo lema era “Orden y progreso”.

Desde los primeros años del siglo XX, se comenzó a planear la construcción de una sede para el servicio postal, las comunicaciones, hospitales, escuelas y recintos conmemorativos, sin olvidar que era necesario contar con un gran teatro que estuviera a la altura de los mejores centros de espectáculos de Europa; por este motivo fue que el famoso Teatro Nacional, inaugurado en los tiempos del General Santa Anna, ubicado sobre la avenida de San Juan de Letrán, tuvo que ser  demolido.

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El proyecto para construir la nueva sede del gran Teatro Nacional fue asignado al arquitecto italiano Adamo Boari, (que también realizaría el Palacio Postal) con la idea de que México contara con un escenario de calidad donde se presentaran artistas y espectáculos de clase mundial.

La primera piedra del nuevo Teatro Nacional se colocó el 2 de abril de 1904, proyectando su inauguración en 4 años, ya que en las fiestas de 1910 sería punto neurálgico de las celebraciones; el plano original mostraba un enorme complejo arquitectónico que además del teatro se complementaría con salones de fiestas, salas de concierto, un gran invernadero, restaurante, salones para tomar el té y grandiosas escalinatas.

La cimentación del teatro se realizó de acuerdo a la vanguardia constructiva que elevaba enormes rascacielos en Chicago; la estructura de acero sería cubierta con enormes placas de blanquísimo mármol de Carrara en sus cuatro fachadas.

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Para la construcción del espacio teatral se usaron los -hasta entonces- más recientes avances en calidad acústica, visual y de iluminación, los sistemas más modernos para el manejo de escenografías y tramoyas. La decoración interior se compone de grandiosos vitrales, mosaicos y esculturas de artistas extranjeros en las que predomina el estilo Art Noveau.

La pieza más importante es el grandioso telón de cristal nacarado, que fue fabricado por la casa Tiffany de Nueva York, y está inspirado en el paisaje que presenta los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl y cabe destacar que pesa casi 23 toneladas.

Pese a la rigurosa planeación del Teatro Nacional, no fue posible terminarlo en 4 años, ya que las características del suelo pantanoso de la ciudad, y el peso de los materiales impidieron su correcta cimentación, lo que provocó hundimientos desiguales; todo el proyecto se alteró y hubo que hacer numerosas modificaciones para que durante las fiestas conmemorativas se pudiera hacer una “inauguración parcial”.

Con la caída del régimen porfirista y las guerras revolucionarias se interrumpió el proyecto y Boari tuvo que abandonar el país; iniciándose así una serie de intentos esporádicos en los siguientes años para continuar la obra.

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Los gobiernos venideros debatieron repetidas ocasiones entre continuar la construcción o demoler lo ya existente; siendo hasta 1932 que bajo la dirección del Arq. Federico Mariscal (alumno de Boari) se continuaron las obras que terminarían en 1934, utilizando  muchos de los objetos decorativos y piezas escultóricas originales, e implementando numerosas e ingeniosas soluciones que involucraban materiales de origen nacional, como es el uso de mármol procedente de diversas regiones del país; y la incorporación del estilo vigente en la época que era el Art Deco.

Fue así que el 29 de septiembre de 1934, el presidente Abelardo Rodríguez inauguró el Palacio de Bellas Artes contando entre los invitados más célebres a los artistas de Hollywood: Dolores del Río, Jean Harlow y Douglas Fairbanks.

A lo largo de 83 años ha visto pasar figuras como María Callas, Rudolf Nuréyev y Luciano Pavarotti.

Este gran complejo cultural además de los conciertos y espectáculos que presenta, cuenta con espacios museográficos en los que se puede contemplar la obra de los principales muralistas y las exposiciones más importantes del país.

Todo esto y más se puede conocer en una visita guiada especializada al Palacio de Bellas Informes: exploratum.mex@gmail.com