LIMEN

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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Ese día aconteció un hecho inusitado. La historia era muy fantasiosa y pocos la creyeron, aunque al final, terminaron aceptándola. Una mañana lluviosa apareció como por generación espontánea una muchacha, bajo el tejado de La Casa de la Risa, recargada en los helados y húmedos ladrillos. Precisamente ese era el mes con más frío y lluvias constantes en aquella comarca desolada en la que los árboles eran tan, pero tan altos que solamente tenían hojas en las puntas, así es que no servían para refugiarse bajo ellos en tiempo de aguas, ni para resguardarse de los quemantes rayos del sol en el verano.   El primero en verla tratando de camuflarse en la pared fue el domador de zarigüeyas, quien bajo el cobijo del quitaguas que usaba para su acto circense, se acercó con un balanceo que hacía mecer su cuerpo a cada paso, y que  despertaba la hilaridad de quien lo veía…

Éste, hizo sonar el silbato de alarma que traían todos los integrantes de aquella cofradía llamada “circo” para entretenimiento de los lugus, y en el lapso de un pestañeo, todos rodearon a la joven, que estaba temblando y no articulaba palabra, por más que los cirqueros se dirigían a ella, cada uno en su lenguaje particular, rozándola suavemente con sus extremidades. La mujer se encogía cada vez más y con desesperación trataba de fundirse con la pared, que tenía el mismo color violeta que el de su piel y cabellos, hasta que fijó su mirada en un ser de aspecto etéreo que al caminar más parecía que volara, pues sus pies apenas rozaban el suelo, y entonces, ante la sorpresa de todos, extendió sus manos para tomar el rostro de Fadir, el director del circo, que le sonreía amorosamente con ojos y labios, la abrazó y, seguido por resto, la condujo hasta la carpa grande, en donde la sentó en el trono que usaba el rey de los gusanos para su acto. Le pidió a la enana mayor que fuera por unas toallas y una bata de la trapecista, para que la muchacha cambiara su ropaje empapado; al domador de fieras le ordenó que trajera un té de hierbas adormiladas que tenía en su carromato. Una vez que la joven estuvo seca y reconfortada con el brebaje espumoso, les dijo que creía que se llamaba Naaja, aunque en realidad su nombre no importaba, que era una arúspide, hija de Ctesias, un famoso médico y de Bane, la sacerdotisa suprema; de Úter, una isla lejana que era famosa por una taberna y su tabernera de nombre Urania, mujer temida y respetada por todos, que la isla había sido tragada por la obscuridad, pues unas corrientes marinas poco habituales trajeron consigo a seres luminosos quienes a su paso engulleron toda la claridad, que sólo ella había sobrevivido a la catástrofe, tal vez porque entró en un  profundo sopor,  y cuando despertó, estaba recargada en esa pared.

Todos la rodearon, envolviéndola en un murmullo creciente, que fue acallado por un gesto de Fadir, quien le preguntó a Naaja qué era una arúspide. Ella contestó que es alguien que hace magia, interpreta sueños, signos y hechos para predecir el futuro, que habla sobre el pasado, buscando encontrar objetos o soluciones a problemas; que provenía de un antigüo linaje de sibilas cuyo origen se perdía en los arcanos del tiempo, mismas que enseñaron magia a los habitantes de un planeta llamado Tierra, quienes al paso del tiempo y con el afán de ser inmortales y poderosos se  aniquilaron entre ellos…

A partir de ese día se incorporó al circo con su acto de adivinación. Su popularidad fue creciendo, y todos los lugus querían consultarla, ya fuera para localizar objetos que habían perdido o para que predijera el futuro, hasta los niños, aunque sólo fuera por curiosidad, venían a verla; pero Naaja no era feliz, añoraba su vida pasada.

Además, tampoco podía ser dichosa, ya que tenía un sueño recurrente, y como también involucraba a Fadir, de quien estaba enamorada en solitud, decidió contárselo; en éste, se le aparecía un ángel diciéndole que su destino era que ella y Fadir murieran juntos, convertidos en una llama violeta, que arrasaría con el circo, pero que se podía evitar si cuando apareciera un marino procedente de mares desconocidos, se iba con él.

Su reputación y talento se habían extendido tanto, que  inclusive ya era conocida allende los límites del lugar, y cuanto viajero llegaba, lo primero que hacía era buscar a Naaja.

Una noche, ya casi para cerrar el circo, se presentó ante ella un hombre de aspecto cansado. Sin hablar, se sentó frente a ella mirándola con fijeza. Naaja sintió que lo conocía, tal vez de otras vidas; le tomó la mano izquierda sin apartar la mirada de aquellos ojos tan obscuros que parecían no tener vida. Cerró los ojos y tuvo la visión del mismo ángel, diciéndole que ese era el marino que esperaba, que debía seguirlo. Al mismo tiempo, el hombre desconocido y Naaja se levantaron, abandonaron la carpa y se alejaron, perdiéndose en el atezamiento de la noche, sin que nadie los viera.