KUMBALA — Para mi querida hija Mayte

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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Las primeras luces han hecho su aparición y rebotan indolentes en la marejada.

El sol ha huido, tal vez amedrentado por la profusión de neones y la música estridente que por momentos logra sofocar al oleaje.

Luz, roja es la luz.

Luz de neón,

que anuncia el lugar,

“Baile Kumbala Bar”.

Por fin, la noche ha llegado y las parejas empiezan a arribar, tratando de pasar inadvertidas, porque  todo en el Kumbala es clandestino.

El lugar, envuelto en la semipenumbra de las velas que iluminan las mesas, y por un calor enervante, es testigo de escenas que parecen sacadas de una historia del Decamerón.

Sol no entiendes lo que pasa aquí,

esto es la noche,

y de la noche son,

las cosas del amor.

Un hombre sube la escalera que está al fondo del antro, y con pasos deliberadamente lentos, se dirige a la única mesa que ocupa el segundo piso. Ahí, sentada, bebiendo el contenido de su copa, se encuentra una mujer de edad indefinida, cuya figura está envuelta por un entallado vestido rojo. Sus enormes ojos color violeta escudriñan descaradamente la figura del hombre, y una sonrisa burlona deja al descubierto su dentadura de oro. Él se acerca y sin hablar, le extiende el brazo, invitándola a bailar.  Ella se levanta y lo sigue.

Mar, todo el ambiente

huele a mar,

mucho calor,

sudores en la piel,

sudor sabor a sal,

y en la pista una pareja

se vuelve a enamorar.

-¡Vaya tú, me volviste a encontrar…!  ¡Te tardaste! Él sólo la mira. Ya hasta estaba pensando que no volvería a verte pues ya pasó mucho tiempo de lo de Tabasco… Pero sabía que vendrías a buscarme, dijo la mujer en el oído del hombre, pegando más su cuerpo al de él. Ni creas que he olvidado lo felices que fuimos esos tres meses… Sí, ya me imagino lo que vas a preguntar, pero pues, tuve que salir huyendo para que no me agarraran después de lo del robo en la casa del patrón; no te mediste, y todos sabían que yo era tu vieja y me querían echar la culpa, pero pues me puse lista y me les pelé. Me ayudó la Indira, ¿te acuerdas de ella?, la pelirroja… ¿no?, hasta te gustaba… no te hagas… todas te gustaban, por eso te llevaste contigo a la Nelly, seguro también la botaste, ¿verdad?… bueno, eso ya no importa. Menos mal que a ti tampoco te agarraron, pero fuiste un cabrón. ¿Qué tal que me hubieran detenido? Te largaste sin decirme nada, ni adiós dijiste. Me vine a esconder a este lugar en la orilla del mundo; me tuve que pintar el cabello y cambiar de nombre:  ahora soy Adriana, y con la lanita que me diste más lo que yo tenía guardado, pues me saqué los dientes y me los puse de oro, así ni quien me fuera a reconocer. Aquí no sospechan nada. No saben de dónde vengo, ni quien soy, sólo me conocen como la Adriana Dientes de Oro. La verdad ya no soy tan solicitada como antes, pero sigo dando batería. Tengo algunos clientes fijos, con gustos muy especiales, y que las demás no aceptan, pero yo sí, ya sabes que le atoro a todo, no soy remilgosa, ¿te acuerdas, mi rey? Él se retira un poco de Adriana, le toma el rostro entre sus manos y la besa con furia, mientras ella, con un movimiento suave, desliza su mano derecha hasta el liguero, toma el pequeño revolver que lleva escondido, y, separándose del hombre, quien le sonríe, le dispara en la cabeza…

Una risa.

Una caricia.

Y en la pista una pareja

se vuelve a enamorar.

Un sabroso y buen danzón

A media luz el corazón,

y en el Kumbala todo es

Música y pasión.