Gólgota Demian

Por: Diego León Ramírez

golgota_abril_01

Era lunes, mediodía, los choferes estaban atascados en el tráfico, pitaban frenéticos. Los vendedores gritaban sus ofertas: “¡Bara, bara, bara! ¡Oiga… pantalones a 50 pesos!”, “¡Lleve carne del día, más barata que la carne de gata!”, “¡Bueno y barato, bueno y barato, lentes originales a 100 pesos… son robados, pero sirven igual!”.

Alrededor, las personas hacían sus compras, chachareaban, echaban chisme: yo era uno de tantos que caminaba por allí de regreso a casa. Después de comprar el pollo y las verduras que mi madre me había encargado, de haber estado 2 horas en las maquinitas gastándome el cambio, de haber echado la reta de fucho con los hijos de los comerciantes, caminé por el pasillo de las carnes, doblé a la derecha en el puesto de discos pirata que tocaba los sonideros; después pasé por el pasillo de verdulerías hasta llegar a la capilla de La Virgen que se encuentra en la entrada.

Al salir del mercado vi una bola de gente enfurecida. Pensé en ignorarla e irme a casa porque ya me había tardado mucho, pero después de resignarme a los chanclazos de mi madre, decidí quedarme al chisme, pues mínimo, para que valiera la pena el castigo.

Me metí entre la multitud, nadie me ponía atención; sus ojos no se despegaban de lo que pasaba en medio del círculo. Llegué al centro y vi a un joven tirado, sin camisa, recibiendo palazos, latigazos, cinturonazos de las personas. Él solo se cubría, lloraba, y esporádicamente pedía piedad. Decía: “¡Ya estuvo!”, “¡perdón!”… Las personas se enojaban aún más, le daban patadas y le aventaban rocas.

Una patrulla llegó al lugar, y de ella descendieron tres puercos, que bajaron prepotentes y se colocaron donde se encontraba el joven. Las personas comenzaron a decir: “¡Llévense a ese perro y enciérrenlo!”. Los pitufos levantaron al tipo y chorearon que lo dejarían libre, quesque por las agresiones, quesque por los golpes, y no sé qué tanto… el detenido respiró tranquilamente, hasta que…  La multitud estalló enardecida: los polleros sacaron sus cuchillos, los floristas salieron con sus machetes, los carniceros con sus hachas; incluso, los compradores se armaron de palos, piedras y cadenas. Todo para aventarse sobre la patrulla donde se hallaba el chavo. Comenzaron a romper vidrios y ponchar llantas. La tira abandonó la zona mientras veía cómo sacaban al joven. Lo azotaron contra el piso. Pedradas en la cara. Palazos en la cabeza. Un machetazo que le rajó el hombro que aumentó la euforia de aquella carnicería…

Aquel mercado se había convertido en un coliseo romano, y él era el cristiano que sería mutilado por los leones.

…La colonia encolerizada estaba fuera de control, voltearon la patrulla y prendieron fuego. El joven bañado en su propia sangre, con un ojo reventado y el otro casi inútil, su cuerpo estaba cortado, lacerado y morado. Alzó su cabeza y con voz débil dijo: “auxilio”. Una viejita gritó: “¡Quémenlo también!”.  Algo tenía que hacer, pero no podía; mis pies no me respondían. Mi cuerpo en general no me respondía. Pude quedarme quieto y ver cómo el viejo de las maquinitas, enterraba al sujeto, aterrorizado en una pila de llantas. El de la refaccionaria vaciaba gasolina y Licha, la de la limpieza, prendía un periódico y lo dejaba caer sobre el sujeto.

Así comenzó el infierno, mi verdadero infierno al escuchar sus gritos desgarradores, y ver cómo se retorcía entre las llantas y cómo sus movimientos y sonidos que exhalaba se fundían entre las llamas. El fuego subió más de metro y medio, unas personas vomitaron y otras más lloraron el sufrimiento y la tortura de aquel hombre. A pesar del humo negro que me irritaba los ojos no podía dejar de ver. El espectáculo fue más horroroso de lo que se puede imaginar… Empezaron a tratar de apagar el fuego con agua. Una cubeta tras otra hasta que el fuego se extinguió. No sé cuánto tardó en apagarse: tal vez fueron horas, tal vez días, tal vez años…

Allí yacía el hombre, calcinado, entre las llantas fundidas. Una señora joven y bella se abrió paso entre la multitud, y al ver al muchacho tirado dio un respiro profundo, cayó de rodillas al piso y con voz quebrada dijo: “¡No! ¡Mi Kevin no!”. Ahora, la colonia enrabiada hipócritamente guardaba silencio y “respeto” ante el trágico escenario causado por ellos mismos.

La Madre volteaba a ver a todos los espectadores y preguntaba: “¿Qué hizo mi hijo para merecer esto?”. Nadie se atrevió a hablar, ni siquiera a levantar la cara mientras la madre gritaba: “¡¿Por qué le hicieron esto a mi hijo?!”, “¡¿Por qué nadie le ayudó?!”. Volteó a verme a los ojos. Yo era el único que veía a la madre, era el único que no podía dejar de mirarla. Y ella repitió con su último aliento: “¿Qué hizo mi hijo? ¿Por qué no lo ayudaste?”. La multitud se abrió para dar paso a los paramédicos. Los peritos posteriormente recogieron dos cadáveres.

El sol se desvaneció dando paso a la noche más tétrica que la colonia jamás haya vivido.

Aún recuerdo al fantasma de aquella hermosa Madre que aparece en mis sueños, preguntándome una y otra vez: “¿Qué hizo mi hijo, y por qué no lo ayudaste?”, y todavía hoy yo no sé qué responderle.

Desde entonces nadie se atreve a hablar al respecto…