LA MISMA LLUVIA

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

REVISTA_ABRIL_IMPRENTA_Página_32_Imagen_0001Llueve tanto que parece que el cielo se ha convertido en un mar iracundo que amenaza con desaparecer todo a su paso. Dicen que desde hace más de 100 años no sucedía algo similar, que es un castigo de Dios porque ahora casi nadie cree en Él. Está pasando lo mismo en todas partes,  aunque… yo no concibo a un Dios vengativo. El río ya arrasó con  todo. Y de repente pienso en ti, en que ni siquiera sé dónde estás y dentro, una sacudida eléctrica empieza a recorrer mi cuerpo y deseo que esta lluvia enloquecida te haga recordarme.

Me chocaba cuando te llevaban de visita a casa del bisabuelo Juan, porque siempre me jalabas los cabellos y terminabas comiéndote mis chocolates y pastelitos. Además, nunca jugabas conmigo a las muñecas de recortar, sólo querías ir a la biblioteca y darle vueltas y vueltas con los ojos cerrados a aquel enorme globo terráqueo, para luego detenerlo con un dedo y donde cayera, organizabas una expedición misteriosa al país en turno.  Entonces teníamos que buscar en una enciclopedia todo lo relativo, para luego encontrar utensilios y ropajes adecuados para emprender el viaje. Al final, tú no recogías nada y a la que le tocaba poner todo en su lugar era a mí, por eso no me gustaba. Casi siempre Pepa terminaba regañándome por andar esculcando y sacando cosas de las habitaciones de los bisabuelos, que era en donde solíamos encontrar lo que necesitábamos para tus aventuras. También te encantaba esconderte en las caballerizas, que ya estaban abandonadas, o subirte a una de las carretelas y emprender un viaje imaginario en busca de aventuras.

¿Te acuerdas cuando empezó a llover durante casi una semana, cuando la presa se desbordó y el río creció tanto que ya no pudiste ir a tu casa y tampoco nos dio tiempo de subir a La Prieta a refugiarnos? Se fue la luz, todo estaba obscuro, sólo oíamos el rugir del agua que pasaba debajo del puente que iba a las caballerizas. Lencho y Pepa nos llevaron al ático, tan atiborrado de trebejos, que apenas cupimos los cuatro. Olía a viejo, a humedad. Había telarañas y ratones. Casi no podía respirar, me acerqué más a ti, me abrazaste y dijiste que no tuviera miedo, porque  siempre me ibas a cuidar. Las dos velas que llevó Lencho, se consumieron muy pronto y otra vez quedamos a obscuras. Empezamos a temblar de miedo y de frío porque había goteras por todos lados y el agua estaba helada. Estábamos empapados, pero Lencho no quiso bajar por cobijas o toallas, porque el agua ya había llegado al primer piso. Teníamos hambre, pero con las prisas, también se le olvidó traer algo para cenar. Pepa dijo que mejor nos pusiéramos a cantar para que no escucháramos el ruido de los truenos. Me acuerdo que eras tan desafinado, que nos hiciste reír a pesar de todo.

Alouette, gentille alouette
Alouette, je te plumerai
Je te plumerai le nez
Je te plumerai le nez…

Al terminar la secundaria, te mandaron  a estudiar a la capital del estado. A mí no me lo permitieron porque era mujer. ¡Cómo te extrañaba! Al principio, me escribiste a diario y en una de tus cartas, me dijiste que cada vez que llovía, te acordabas de mí. Que deseabas que el tiempo pasara muy rápido para que volviéramos a estar juntos. Después tus cartas empezaron a espaciarse, ya sólo escribías una o dos veces por semana, luego cada mes, pero cuando te fuiste a la capital de la república, dejaste de hacerlo. Las veces que regresaste en época de vacaciones, yo casi siempre estaba en Estados Unidos o en alguna de las haciendas y me tocó verte una sola vez, en Navidad, en casa de tus abuelos. Estabas muy cambiado, ya hasta tenías bigote. Apenas cruzamos unas cuantas palabras. Parecíamos dos desconocidos, aunque yo traté de hacerte plática, pero me ignoraste. Habías dejado de ser mi amigo, el que me robaba los dulces y pastelitos y mi prometido. Creo que ya ni te acordabas. Te la pasaste hablando de la universidad y de las muchachas tan bonitas que habías conocido. Creo que hasta tenías novia.  Yo ni tiempo tuve para ir a la universidad, ni siquiera a una academia comercial. Tenía profesores particulares que iban por las tardes a darme diferentes clases. Me la pasaba administrando las haciendas y las minas. Eso de que en la familia no hubiera descendientes varones era pésimo. Tus papás estaban seguros que cuando terminaras de estudiar, regresarías a hacerte cargo de las ferreterías y los ranchos y que nos íbamos a casar. Pero yo no creía ninguna de esas cosas, pues ya no te importaba: se te había olvidado que un día, que para variar llovía tanto que no pudimos salir a las caballerizas ni  al huerto a cortar duraznos, quisiste que jugáramos en el costurero de la bisabuela Vicenta a que nos íbamos a casar. Abrí el ropero en donde se guardaban los vestidos especiales, y tú sacaste un velo muy largo con una corona de azahares y me lo pusiste en la cabeza. Colocaste en el dedo anular de mi mano derecha un anillo que hiciste con un hilo dorado, que todavía conservo. Ahí me diste el primer beso. Un maniquí en donde la bisabuela probaba los vestidos que se hacía, fungió como sacerdote. Tú, muy solemne, haciendo la señal de la cruz juraste que cuando creciéramos nos íbamos a casar de verdad y que desde ese momento, yo no podía ni siquiera mirar a ningún otro muchacho. A partir de ese día, procurábamos escondernos para besarnos y acariciarnos, entonces yo sentía que me ardía todo el cuerpo. A ti te brillaban los ojos y te sudaban las manos cuando me tocabas, pero luego te fuiste y ya no fue lo mismo. Confieso que cuando empezaste a cambiar, dejé de obedecerte. Ya tenía novio, Pedro, al que siempre le ponías apodos por ser tan rubio y tener cara de ángel. Sólo mi nana sabía de nuestra relación. Yo quise mantenerla en secreto porque tenía la esperanza de que regresaras por mí.

Terminaste de estudiar y conseguiste trabajo en una empresa que fabricaba partes para automóviles. Dejaste de venir. Ya ni en las fechas significativas regresaste. Ni cumpleaños ni navidades. Les dijiste a tus papás que tenías que salir de viaje con mucha frecuencia. Entonces, ellos iban una vez al año a verte, casi siempre en tu cumpleaños. Al regresar de uno de esos viajes, tu mamá me mandó llamar. Llegué a tu casa, se veía  triste. Me invitó a pasar a la sala, que ahora rara vez se abría, el mayordomo nos sirvió té de cerezas con galletas de almendra, tus preferidas y en cuanto éste se retiró, tu mamá me leyó una carta en donde le decías que te ibas a casar con la hija de uno de los socios de la empresa en que laborabas. Mientras leía tu carta, aparecieron lágrimas en sus  cansados ojos negros. No pudo continuar, prorrumpió en sollozos que más semejaban un lamento. Me levanté y la abracé, tratando de consolarla. Disimulando mi turbación, le dije que de verdad no me importaba, que esperaba esa noticia desde hacía mucho tiempo.  Que estaba comprometida para casarme con Pedro, a quien amaba profundamente. Que cuando te contestara, te dijera que deseaba que fueras muy feliz.

No tengo idea cómo pude llegar a mi casa. Sentía tan débiles las piernas, que estuve a punto de tropezar varias veces. Entré evitando encontrarme con cualquiera. Me encerré en mi recámara y en un impulso de rabia, saqué del escritorio tus cartas y fotos, las hice pedazos. Siempre me habías mentido.

A los tres meses te casaste. Nadie de mi familia te acompañó y mientras, yo, con una lentitud deliberada, preparaba todo lo relativo a mi boda. Le dije a Pedro que me negaba a vivir en la casona de la calle Colegio si antes no la restauraban completamente. Después de más de un año estuvo lista… Ya no podía seguir postergándola. Fijamos la fecha para el 6 de abril, ya sólo faltaban 27 días, pero no contaba con que volverías a aparecer.  Regresaste sin tu esposa, cuando tu papá tuvo un accidente y estaba moribundo. Ni siquiera fui al hospital a verlo, a pesar de que lo quería tanto, porque evitaba encontrarme contigo. Pero en el entierro te acercaste, te abrazaste a mí y lloraste como un niño. No pude rechazarte. Al terminar la ceremonia, me pediste que fuéramos a casa de mi bisabuelo. Ésta se había sumido en el deterioro, como si estuviera abandonada.  El polvo cubría el mobiliario casi por completo y las cortinas estaban cerradas, impidiendo que entrara la luz.

Pasamos a la sala de los espejos, que era la menos descuidada, pero no pudiste soportar que tu imagen se reflejara  interminablemente. Llorando, te abrazaste a mis piernas y me pediste perdón por haberme olvidado. Me jalaste hacia ti y empezaste a besarme con tanta urgencia, como nunca antes lo habías hecho. No pude contenerme y te correspondí con esa necesidad tan inmensa que tenía de ti, con ese amor que había guardado tanto tiempo. Nunca había estado con un hombre, pero no pensé en las consecuencias. Sólo quería sentirte dentro de mí, que me acariciaras y me hicieras tuya para que regresaras a mí, como antes. Después de amarnos con esa mezcla de lujuria y desesperación, nos quedamos dormidos. Me despertó el sonido de la lluvia que azotaba con fuerza los ventanales, pero ya no estabas a mi lado. Te habías marchado. Me incorporé desesperada, me vestí y sin importarme la tormenta, fui a casa de tus papás a buscarte, pero me encontré con la noticia que te habías marchado intempestivamente. De nuevo me habías abandonado y no volví a tener noticias.

Una semana antes de mi boda, Pedro, que era veterinario, fue llamado a  atender el parto de una vaca. El día anterior, al estar limpiando sus instrumentos, se hizo una pequeña cortada en el pulgar derecho, no le dio importancia.  El choque septicémico fue inevitable.  Murió entre grandes dolores, pero antes, pidió que nos casáramos en artículo mortis.  Desolada por los acontecimientos que estaban cambiando mi vida, acepté a pesar de la oposición de mi papá. Pedro murió al día siguiente. Me fui a vivir a la casa que con tanto amor y paciencia había preparado para nosotros. A los dos meses empecé a sentirme muy rara: Un día, cuando estaba vistiéndome, me desmayé. Al despertar, mi mamá estaba a mi lado. Con más preocupación que alegría me comunicó lo que le había dicho el doctor Berlanga: estaba embarazada. La noticia me dejó sin respiración. El hijo que esperaba era tuyo, aunque todos creyeran que era de Pedro. Viví los meses de espera con verdadera aflicción, pero todo cambió cuando tuve entre mis brazos a Román, tan parecido a ti, que entonces todos se dieron cuenta de mi verdad, aunque nadie se atrevió a decir nada.

Decidí hacerme cargo de la crianza de mi hijo, así que contraté a un administrador para que se hiciera cargo de todos mis asuntos. Decidí vivir en Santa Rosa, porque es la hacienda más cercana a la ciudad.  Cada mes pasábamos una semana en la casa de la calle Colegio supervisando los negocios y para que a mi bebé lo revisara el doctor Berlanga.

Román creció tan rápido que cuando me di cuenta ya tenía 6 años y debía ir a la escuela. Tuvimos que regresar a la ciudad.  Una tarde recibí un recado de tu mamá en donde me pedía que fuera a verla al Hospital de Jesús pues estaba muy enferma. Sin preámbulos, me preguntó si Román era tu hijo y si lo sabías. Le respondí que no, que ni era hijo tuyo y que no me importaba si estabas enterado. Ella insistió en que debías de saberlo, porque  no habías tenido hijos con tu esposa. Además, tu mujer estaba internada en una institución psiquiátrica y te encontrabas muy solo. Me dio el número del teléfono de tu oficina con los horarios en que podía llamarte. No iba a  hacerlo. No estaba dispuesta a confesarte la verdad, ya que después de aquella noche, nunca volviste a buscarme.  Llovía sin cesar. El resto de la tarde permanecí al lado de tu mamá, que estaba agonizando. No quería que muriera sola. A pesar de que te llamó, no llegaste a tiempo.  Me tuve que encargar de todos los trámites. Al día siguiente fue el sepelio y por la tarde, su entierro. Llegaste 2 días después. Fuiste a mi casa a buscarme para que te acompañara al panteón, afortunadamente no viste a Román, que estaba dormido.  ¡Habías envejecido tanto!…  parecías otro, tu mirada opaca y tan demacrado que pensé que estabas enfermo, pero cuando me abrazaste, volví a sentir que mi corazón enloquecía, como queriendo salirse. Pero no te dije nada. Fuimos al panteón, depositaste un ramo de rosas blancas en su tumba. Evitabas mirarme a los ojos. De ahí, te acompañé a casa de tus padres pues tu abogado ya te esperaba. Tenías que darle instrucciones para que vendiera las propiedades y para que liquidara a los sirvientes, pero al llegar, adujiste que estabas muy cansado y querías dormir. Sin más, subiste las escaleras y me dejaste con el abogado. Optamos por retirarnos. Te quedaste tres semanas más a esperar la lectura del testamento y llevar a cabo la venta de tus bienes y ni siquiera hiciste el intento por verme. Cuando te llamaba por teléfono, mandabas decir que estabas ocupado o indispuesto. Me evitabas deliberadamente, no querías verme.  Unos días después me mandaste un joyero con las alhajas de tu mamá, que había dejado estipulado que me fueran entregadas y una nota en donde me comunicabas que al día siguiente te ibas.

Unas horas antes de tu partida, llamaste por teléfono para avisarme que venías a mi casa.  Ya pasaba de la medianoche. Me vestí con lo primero que encontré. Cuando te abrí la puerta, nos abrazamos con la misma pasión de años atrás. En brazos me llevaste a la recámara y me hiciste el amor con una ternura que no recordaba en ti. Me desvestiste lentamente mientras tus ojos recorrían mi cuerpo todavía firme. Te desnudaste y tus brazos me asieron por la cintura mientras tu lengua recorría mi pecho, haciendo que me estremeciera de gozo. De pie, me penetraste y tuve que ahogar un gemido de satisfacción que hizo que todo mi cuerpo se convulsionaria para seguir el ritmo del tuyo hasta lograr el éxtasis. Entrelazados, continuamos explorándonos, descubriéndonos, hasta que cansados nos quedamos dormidos. Nos despertó la presencia de Román y de su nana, que habían entrado a la habitación para despedirse porque el niño se iba al colegio.  Bastó una mirada para que te reconocieras en él. Entre sorprendidos y avergonzados, salieron sin decir nada. Entonces, lo que más temía cobró forma. Me preguntaste si Román era tu hijo. Guardé silencio, que sólo sirvió como respuesta. Reprochaste mi silencio y el haberte ocultado que tenías el hijo que tanto deseabas. Me dijiste que al regresar a la capital y alegando que tu mujer estaba loca, ibas a tramitar el divorcio para que nos casáramos y formáramos la familia que nunca habías tenido. Te escuché callada y fue entonces que te vi  tal como eres. Te sentías solo y necesitabas a quien asirte. Ni siquiera preguntaste qué era lo que yo quería, si estaba dispuesta a aceptarte.

Mirándote a los ojos, te contesté que no, que ya era muy tarde para nosotros. Que no tenías ningún hijo, que Román era hijo de Pedro, pues así constaba legalmente. Que aunque te amaba y siempre lo haría, no quería tenerte en mi vida. Que te marcharas para siempre y te olvidaras de nosotros. Me sorprendió que te quedaras callado.  Sin volver la vista, abandonaste mi casa. Desde entonces han pasado muchos años. Román ya es todo un hombre, está casado y pronto voy a ser abuela.