Fernando El Gallo, creador De “El Pase del Perdón”

Por: Rosa María Guevara

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Dinastía de toreros, Fernando Gómez El Gallo procreó con la bailaora Gabriela Ortega a tres célebres toreros: Rafael Gómez “El Gallo” (Gallito I), Fernando “Gallito chico” (Gallito II), y José Gómez “Gallito III” (más tarde “Joselito”).

*Gabriela Ortega “era un poquito alta, más bien metida en carnes y con mucho carácter. Fue una mujer seria, de talento, que pasó a la historia como mujer y como madre”. Hablaba de toros mejor que un hombre y eso que no asistió a ninguna corrida. Conoció a Fernando en Sevilla. Ella era bailaora en el café del Burrero, donde trabajó muy poco tiempo.

Fernando padre nació en Gelves, Sevilla el 18 de agosto de 1847, falleciendo en el mismo lugar el 2 de agosto de 1897. Tomó la alternativa el 16 de abril de 1876 de manos de Bocanegra y Chicorro con toros de la Viuda de Varela; por cuestiones inexplicables volvió a torear novillos y de nuevo tomó la alternativa el 7 de octubre de 1877, en esta ocasión lo apadrinó José Giráldez “Jaqueta” con toros de la ganadería del Marqués de Gandul.

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Según las crónicas de la época, fue uno de los primeros toreros con su propio sello artístico, y se le adjudica el “célebre quiebro de rodillas dado a toro levantado”, conocido como el “pase del perdón”.

Fernando era altruista, por lo que el 26 de diciembre de 1879 ofreció junto a Lagartijo y Francisco Arjona Currito, una corrida en beneficio de los afectados por las inundaciones de Alicante, Murcia y Almería.

torero_mayo_04Tomó la confirmación en Madrid el 4 de abril de 1880 de manos de manos de Currito con el toro Coleto de la ganadería de Vicente Martínez.

Los críticos de la época señalan que las mejores campañas que hizo Fernando El Gallo fueron las realizadas en los años 83 y 84, durante los cuales ejecutó faenas que hubieran aprobado los mejores toreros habidos y por haber.

Fernando era considerado un torero de buena escuela, “de lo poco que quedaba” en esa época con esmerada educación, muy contados de su clase. Era un matador excepcional que dominaba a los toros como pocos; unía a su inteligencia extraordinaria un completísimo conocimiento de todas las suertes del toreo, y si bien a la hora de matar no fue sobresaliente, fue reconocido por todos como verdadero maestro. Sus amigos y gente cercana decía que nadie sabía tanto de toros como él, y por tanto se podía aprender mucho más que leyendo los tratados de tauromaquia que existiesen.

Hizo una excursión a América, “en donde ganó mucha honra y no menos provecho, regresando a la madre patria hecho ya un torerito de cuerpo entero, con no poca nombradía, por lo que fue muy solicitado por todos los públicos que con mucha satisfacción aplaudían sus hechuras y consumados conocimientos en el arte de Pepe Hillo (Lagraciatoreadora.blogspot.mx)”.

Cierra la temporada de 1887 en Sevilla, y lo incluyen en el cartel con toros de González Nandin para un mano a mano con Espartero.

En Pamplona toreó junto a Mazzantini casi durante toda la feria de 1889, sólo que en la última corrida se lesionó y dejando solo a Mazzantini.

Sus clásicas largas, sus artísticas verónicas, sus adornados quites, su elegante toreo de muleta y sus inimitables quiebros de rodillas, hacían único a El Gallo. Dentro de su cuadrilla estuvieron los picadores: Manuel Bastón, Manuel Crespo, Francisco Fuentes, Emilio Bartolesi, Rafael Alonso, Chato, Artillero y Pimienta, los banderilleros Diego Prieto, Cuatrodedos, Miguel Almendro, Antonio García, Morenito, Rafael Guerra, Guerrita, José Martínez Galindo, Fernando Lobo, Lobito, Saleri, Regaterillo, Aransáez, Nene, Tomás Recatero y otros varios, y los puntilleros Pepín, Jaro, Mejía y otros.

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Dato anecdótico, cuando compartía cartel con sus hijos, estos se anunciaban en el siguiente orden: primero se presentaba a Gallito Chico, después Gallito y finalmente Gallo. Joselito, Rafael y Fernando también llegaron a interpretar magistralmente el pase del perdón.

Su toreo fue conocido en España, Cuba y México. En el último año de actividad, fue despidiéndose de las plazas, las que habían sido testigos mudos de sus triunfos, incluyendo la de Madrid “donde siempre tuvo entusiastas partidarios y cariñosos amigos”.

El 25 de octubre de 1896 en el coso de Barcelona toreó su última corrida, lidiando un ejemplar de la dehesa del Duque de Veragua.

Su muerte causó gran consternación, tan solo en la revista El Enano en su número 325 correspondiente al 4 de agosto de 1897 le dedicó un amplio reportaje.