DÉJÀ VU

Por: María Teresa Rodríguez

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-Aló… Hola Cecilia, ¿qué pasó… finalmente vamos a ir a cenar con José Luis?

-Hola… sí… bueno, pero resulta que acaba de llegar un primo suyo de Madrid y nos invitó a cenar en su casa, que por cierto acaba de heredar. Precisamente por eso vino a México. Y como no tiene amigos por acá, quiere conocernos. Pepe le platicó que está saliendo conmigo y que tú eres mi mejor amiga. Sólo vamos a ir nosotros tres. Por cierto, ponte el vestido verde olivo que trajiste de Nueva York… te queda muy bien. Pasamos por ti a las ocho, ¿0K?…  Chao… -Espérate Cecilia, no cuelgues…ya te dije que no estoy interesada en conocer ni salir con nadie, ¿por qué insistes?… Ay María, si sólo es una cena, no empieces… Pasamos a las ocho. Bye.

María se quedó pensativa con la bocina en la mano. Una sensación extraña la invadió por segundos, pero movió la cabeza, para alejarla. Llenó la tina con agua tibia y esencias de flores. Se quedó dormida. La despertaron los timbrazos del teléfono que no cesaban.  Aturdida, se envolvió en una bata y contestó.  –Aló… -¿Qué pasa que no abren la puerta… ni tú ni la sirvienta?… Tenemos bastante rato tocando…  ¿Estás lista?.. Ya son más de las ocho.

-Ay Cecilia, me quedé dormida en la tina, pero enseguida les abro pues Ana salió… No tardaré ni tres minutos. Apurada, María se puso el vestido sobre el cuerpo aún húmedo, cepilló su larga cabellera, pintó los labios de carmín y calzó unas sandalias que hacían juego con el vestido. Estaba bellísima.

Llegaron a una casona en la colonia Roma. Un sirviente les abrió la puerta y los condujo a una sala. Les preguntó si deseaban tomar algo mientras el señor bajaba. Pepe y Cecilia pidieron whisky en las rocas y María, vino. La sala estaba profusamente iluminada y de fondo se escuchaba música de Vangelis.

Pasaron cerca de treinta minutos y el anfitrión no hacía acto de presencia. El sirviente entró de nuevo, llevando varios cuadernos de dibujo de diferentes tamaños y se los entregó a María pidiéndole de parte del señor de la casa que los viera. Atraídos por la curiosidad, se acercaron José Luis y Cecilia. Los tres empezaron a revisarlos y para su sorpresa, la mujer que aparecía en todas las hojas, era María.

-¡Válgame Dios! La que está en todos los dibujos, eres tú, o se parece mucho a ti, exclamó Cecilia dirigiéndose a María, que estaba tan sorprendida que sólo atinó a mover la cabeza, asintiendo. En ese momento hizo su aparición Fernando, abrazó a José Luis y  se presentó con las mujeres. No hizo ningún comentario acerca de los dibujos.  –Ya deben de tener hambre… Síganme por favor, dijo, indicándoles el camino al comedor.  La conversación durante la cena tocó muchos temas, pero cuando Cecilia preguntó acerca de los dibujos, sin contestar, Fernando alzó su copa e hizo un brindis por los invitados. Para romper el incómodo silencio que se había hecho, José Luis sugirió que fueran al Magic. Ya en la disco, Fernando, se dedicó a bailar solo, atrayendo la mirada de las mujeres que lo rodeaban, más él sólo veía a María, aunque no buscó tener ningún acercamiento con ella, que estaba visiblemente incómoda y que sin decirle a sus amigos, se marchó…

Al día siguiente, la despertó la recamarera, cargando con dificultad una enorme canasta con más de 100 rosas rojas. No tenía tarjeta, pero María intuyó que la había enviado Fernando. Casi enseguida la llamó Cecilia diciéndole que pasarían por ella a las nueve de la noche para ir a cenar y después a Garibaldi porque Fernando quería conocer el lugar.  Durante dos meses salieron todos los días a comer o a cenar. Durante ese tiempo no se volvió a tocar el tema de los dibujos.

Una mañana, al regresar de las clases de aeróbics, recibió una llamada de Fernando invitándola a cenar. Le mencionó que esa vez irían los dos solos, ya que quería comunicarle algo de suma importancia. Ella trató de negarse, pero ante su insistencia, terminó aceptando.

Estaba muy nerviosa y sin explicarse el porqué, se esmeró en su arreglo personal. Se puso un vestido azul de seda, que se le adhería, dejando ver su delgado pero bien formado cuerpo. Zapatos y bolsa del mismo color, escogió unos aretes de zafiros con diamantes. Se recogió el cabello en una coleta, delineó sus ojos,  pintó su boca color coral y para terminar, se perfumó con esencia de maderas y rosas.

Ya en el Bellinghausen, Fernando permanecía callado, mirándola. Entonces, María le pidió que le explicara lo de los dibujos. Él contestó que era una historia casi increíble, pues desde niño la había soñado. Que a través de los años, viajó casi por todo el mundo buscando a esa mujer, ya que sentía que era su compañera. Que estaba feliz de haberla encontrado por fin y le rogaba aceptara estar con él. Ella le contestó que no era posible porque estaba pasando por un divorcio muy difícil, además tenía tres hijos. Fernando respondió que sabía todo eso y que no constituía un problema, pues tenía todo el tiempo del mundo y los recursos para ayudarla. Había consultado a varios abogados que acelerarían el proceso si ella accedía. Además, estaba dispuesto a hacerse cargo de los niños sin necesidad de que el padre los apoyara.

Ella mencionó que prefería hacer las cosas por sí misma y a su modo. Él accedió, reiterándole que podía contar con su ayuda en cualquier momento.

Continuaron viéndose, algunas veces los acompañaban José Luis y Cecilia, pero las más, preferían salir solos. A María le sorprendía el asedio del que era objeto Fernando por parte de las mujeres, que a donde quiera que fueran, se volvían para verlo, le enviaban  flores, mensajes o alguna copa de lo que estuviera tomando, él las ignoraba.

Todo parecía ir muy bien en la vida de María. El divorcio estaba a punto de concretarse.  Fernando la había presentado a unos tíos que tenía en la ciudad, diciéndoles además, que se iban a casar en cuanto ella estuviera divorciada. Aunque aún no conocía a los niños personalmente, acostumbraba llamarles todas las tardes diciéndoles que era el rey mago Baltasar y solía mandarles juguetes, dulces, regalos, mismos que María regresaba.

Su relación era cada vez más íntima. Una noche, cuando celebraban nueve meses de estar saliendo, Fernando le entregó las escrituras de una casa en Cuernavaca que había comprado para ella y le pidió que fueran a verla para que decidiera qué tipo de decoración deseaba. Ella no aceptó el regalo, aunque sí a ayudarlo con los arreglos. Ahí hicieron el amor por primera vez. María experimentó un arrebato de pasión y delicadeza que nunca antes había vivido y aunque sexualmente eran compatibles, no encontró en Fernando la clase de amor que deseaba. A partir de ese día, la urgencia de él por poseerla se volvió obsesiva, sin importar el lugar en que estuvieran o las personas que los rodearan.  Parecía no saciarse nunca. Se convirtió en un hombre dominante y celoso al grado que mandó intervenir las líneas telefónicas de su casa y a que la siguieran a toda hora. María empezó a sentirse asfixiada y con miedo. Varias veces le pidió  que dejara de hostigarla o terminaría la relación, pero el motivo que la llevó a romper en definitiva, fue que sin consultarla, él ya había hecho planes para que se fueran a vivir a Madrid, donde tenía una impresionante casona en el barrio de Almagro. Inclusive, cuando los niños terminaron el ciclo escolar, la sorprendió con los boletos de avión. No quiso volver a verlo ni aceptó sus llamadas ni regalos. También dejó de salir con Cecilia y José Luis, quienes insistían en que volviera con Fernando, que estaba desesperado.

Unos días después se enteró que éste había tenido un grave accidente en la carretera a Cuernavaca; estuvo hospitalizado casi cuatro meses, pero se negó rotundamente a ir a verlo. Cuando lo dieron de alta, ante la sorpresa de todos, regresó a su país sin despedirse de nadie.

María retomó sus actividades y aunque a veces lo recordaba con afecto, empezó a salir con amigos. Se inscribió en una universidad para estudiar por las mañanas diseño de modas, mientras sus hijos estaban en el colegio y por las tardes los llevaba a las diferentes clases en que estaban inscritos. Los sábados invitaba a comer a su casa a Cecilia y a José Luis, pero les prohibió que mencionaran a Fernando. Cuando éstos se casaron y aunque le enviaron invitación por medio de su abogado, él sólo les mandó como regalo un generoso cheque con una tarjeta deseándoles toda clase de parabienes.

Parecía que la vida de María había recobrado su ritmo habitual, hasta que una mañana, al regresar de clases, Ana le indicó que le llamaba Alejandro, el hermano del señor Fernando, quien le pedía que por favor tomara la llamada.  –Hola, ¿Alejandro?… contestó sorprendida  -María, qué gusto conoceros aunque sea por teléfono. Fernando me ha hablado tanto de ti… de hecho es por eso que te llamo… voy a estar tres días en la ciudad y tengo órdenes de Fernando de llevaros a ti y a los niños a España. He venido en el avión familiar para que sea más cómodo el traslado… -¿Qué? gritó María muy molesta… ¿De qué se trata ahora?… ¿Que tu hermano no entiende?… ¡Está fuera de sus cabales!… Te pido Alejandro que no vuelvas a llamarme y que le digas a Fernando que deje de buscarme, que no me obligue a tomar otro tipo de medidas. No deseo volver a verlo ni tener nunca más ningún tipo de contacto con él. Díselo así, por favor… Sin esperar respuesta, colgó la bocina.

Unos meses después, al estar revisando el periódico, le llamó la atención una enorme esquela en donde se anunciaba el sensible fallecimiento en la ciudad de Madrid, España, del conocido empresario Fernando… No pudo seguir leyendo. Se comunicó inmediatamente con Cecilia. Ésta no sabía nada pero le prometió hablar con José Luis para que averiguara. Le llamo unas horas más tarde. Fernando se suicidó dándose un tiro en la cabeza.