SUEÑO DE UNA NOCHE SIN LUNA

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

maria_julio_01¿Cómo se podría describir? Es tan difícil encontrar las palabras precisas que abarquen todo lo que ella era.  

Su belleza física se equiparaba a la de su alma y a la bondad que emanaba. Los que llegaron a conocerla  decían que sólo le faltaban las alas para ser un espíritu de luz. Su mirada era límpida y amorosa, su diáfana piel exhalaba un aroma evocador de misteriosas tierras lejanas. Si se contemplaban sus extraordinarios ojos negros, se tenía la sensación de caer en un pozo infinito que trasmitía placidez y seguridad. Su voz y sus movimientos parecían pertenecer a una mítica bayadera.

Cuando ella nació, su  madre, que entonces tenía más de trescientos años, se desvaneció pasando a formar parte de la brisa marina que siempre soplaba en aquel lugar en el que permanecían las almas dormidas.

Más no todo era perfecto. Hafren estaba enamorada desde el principio de su tiempo.   Pero su afecto no era correspondido en la forma que deseaba pues Rabah era egoísta y mentiroso. Se sabía apuesto y asediado. Nadie podía explicarse la adoración que sentía por él.

Aunque desde niña lo había presentido, su primer encuentro fue en el ágora que dirigía Adio. Tenían siete años. Desde ese instante Hafren confirmó que Rabah era su mitad absoluta. El apego que sentía por él sobrepasaba todos los sentimientos que había experimentado antes. Cuando cumplieron quince años, decidió entregarle su cuerpo.  Durante un largo tiempo permanecieron juntos, ocultando a los demás su afinidad. Pero el carácter veleidoso de Rabah lo llevó a fijarse en otras doncellas y terminó abandonando a Hafren. Ella no hizo nada para retenerlo.

Cuando se encontraban, el brillo en la mirada de Hafren era tan intenso que quienes los rodeaban tenían que cerrar los ojos para no ser deslumbrados. Sólo Rabah parecía inmune a ese fulgor, aunque cuando sentía que la muchacha estaba liberándose de él, la buscaba de nuevo y volvían a amarse, para luego abandonarla. No le permitía el olvido.

La última vez que estuvieron juntos, Hafren le pidió que no volviera a buscarla. Le dijo que había cambiado tanto que ya no se reconocía en él. Que no le gustaba su forma de ser, que la dejara libre y le permitiera olvidarlo. El tono de su voz era determinante, definitivo. Abandonó el lugar sin volver la vista.

La mañana de ese sexto día amaneció cubierta por una niebla tan compacta que dificultaba avanzar por las reducidas callejuelas. Lía, su guardiana, le suplicó que no saliera, pero, sin escucharla, Hafren se atavió con ropajes color grana, que eran los que usualmente vestía cada mes para la ceremonia del Principio Vital. Ató su larga cabellera con un lazo dorado y calzó sandalias del mismo color. Depositó en una canasta las ofrendas para el ritual y partió hacia su destino. Lía trató de llegar a ella para darle una linterna con el fin de que alumbrara el sendero, pero le fue imposible encontrarla.

La niebla era cada vez más espesa y la visibilidad poco menos que nula. Casi a tientas fue avanzando. Subió y bajó escaleras, atravesó puentes, recorrió calles desiertas. Sus pies estaban mojados por los charcos que debido a la humedad había por doquier, pero eso no impidió que siguiera avanzando hacia la playa. Tropezó varias veces sin que el contenido de la canasta cayera. La sujetaba con fuerza. Una llovizna trémula empezó a deslizarse desde el cielo, emitiendo un dulce canto. Sintió la presencia de algunos seres sin que pudiera verlos. Al llegar al último puente, el que desembocaba en el malecón, un personaje le cerró el paso. Al instante adivinó que era Rabah. Vestía de negro para pasar desapercibido entre la bruma y si Hafren hubiera podido ver sus ojos, habría tratado de alejarse.

La atrapó por los hombros haciendo presión con las manos para impedir que siguiera avanzando. Su voz brotó como un trueno opacando la musicalidad de la lluvia. Acercó su boca al oído de Hafren. -Te  esperaba… Me has estado rehuyendo. Necesito saber si has logrado olvidarme, ¿acaso ya no me amas? Ella se deshizo del contacto, se recargó en el arco del puente y musitó con voz trémula: -Te amo con todo el corazón, eres mi vida.  

La respuesta de Rabah la paralizó. -Eso lo veremos, contestó buscando su mirada a través de la niebla, mientras se enterraba una daga en el corazón.