Crónica de una espera en el limbo

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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El sueño es recurrente… vago sin rumbo por un lugar que surge entre la neblina de mis pensamientos. No sé si estoy despierta o en duermevela. No logro dilucidarlo. Percibo el mismo sonido de una quena que plañe eternamente siguiendo tu voz que repite una y otra vez tu frase favorita: “no basta con amar demasiado para perpetuarse, no creo en el paraíso”.

¿Tuve algún significado en tu vida?… Hablabas del amor que me tenías sólo para constatarte, para existir.  Yo era tu pretexto ante la vida.

Y tú, ¿representaste algo para mí?… Este pesar que ahora abrigo es parte de la felicidad que tuve pero que decidí no compartirte, porque no debía.

El pasado no se puede cambiar y ya no existe, pero si puedo alejar a los demás de mi vida porque no entienden mi dolor, ni deseo explicarlo.

Al salir de aquel lugar, resquicio de culpas y abandonos no me sentí liberada.  Pensé que si arrancaba de tajo la simiente que habías sembrado en mi cuerpo, excarcelaría mi pecado, pero no fue suficiente. Mientras existieras nunca sería mi propia dueña.

Contraviniendo las indicaciones de la comadrona caminé sin rumbo. Anochecía. Tal era mi aspecto que la gente a mi derredor se hacía a un lado para dejarme pasar.  Caminé y caminé hasta que algo brillante en una vidriera llamó mi atención. Entré al empolvado bazar. No había nadie, excepto un viejo perro ciego que reposaba sobre unos periódicos sucios. Tomé entre mis manos el reluciente zapatito de cobre pensando en ti. Era un símbolo de lo que ya no sería. Dejé sobre el mostrador unos billetes y salí del sofocante lugar. El perro ni siquiera olfateó mi presencia.  

Subí a un taxi que pasaba. Le di tu dirección. A pesar de la distancia llegamos en muy poco tiempo. A esa hora casi no había tráfico. Abrí la puerta y entré. No me escuchaste.

Como siempre, a esa hora estabas sentado frente a la chimenea con los audífonos puestos, los ojos cerrados y escuchando a Satié. Deposité en tu regazo el zapatito y antes de que tuvieras tiempo de abrir los ojos, saqué del bolsillo de mi abrigo el revólver y disparé toda la carga en tu pecho. Sólo me llevó cinco segundos. Dicen que los asesinos somos perdedores sin redención y yo soy una perdedora dos veces.

Tomé el teléfono y llamé a la policía. No acepté ver a nadie ni respondí nada durante los largos interrogatorios; sólo sonreía. Decidieron declararme loca y me trajeron a este sitio, semejante a lo que debe ser el limbo, en donde ahora aguardo, aguardo…