MUJERES QUE AMARON DEMASIADO Parte 1

Por: Xóchilt Ximénez

mujeres_sep_01María Antonieta Rivas Mercado,  José Vasconcelos y Manuel Rodríguez Lozano.

La policía parisina reportó que la mujer extranjera de aproximadamente 30 años de edad, alta y delgada como una espiga, según los testigos, traía un cierto aire de extravío, ´por lo que al entrar en la Catedral de Notre Dame no extrañó que se dirigiera al altar de la virgen de Guadalupe.

Nadie imaginó que esa mañana de febrero de 1931 se dispararía un balazo en el corazón que le causó la muerte de manera inmediata.

Tampoco nadie pudo imaginar, cuando cruzó por aquella puerta, que se trataba de la hija del Arquitecto Antonio Rivas Mercado, diseñador de la columna de la Independencia y director de la Academia de San Carlos. Los diarios de la época escribieron que era una mexicana muy conocida en los círculos intelectuales.

mujeres_sep_02Entre sus pertenencias se encontró una nota dirigida al cónsul mexicano en París,  Arturo Pani: “Arturo, antes del mediodía me habré pegado un balazo. Esta carta le llegará cuando, como Empédocles, me habré desligado de una envoltura mortal que ya no encuentra un alma. Le ruego caligrafíe (no lo hago yo porque no tengo dinero) A Blair y mi hermano para que recojan a mi hijo, que está en Burdeos, con la familia Vigne. Me pesó demasiado el aceptar la generosa ayuda de Vasconcelos, al saber que facilitándome lo que yo necesitaba le restaba fuerza, no he querido. De mi determinación nada sabe, está  arreglado el pasaje. Debería encontrarme con él al mediodía. Yo soy la única responsable de este acto con el cual finaliza una existencia errabunda “Antoñita

La vida amorosa de Antonieta: “fue un constante salto al vacío en el escenario de un México convulsionado de las primeras décadas del siglo XX”.  Y no era para menos, se casó a los 18 años de edad con el ingeniero Donald Blair, con quien tuvo un hijo, pero de quien se separó, cuando murió el arquitecto Rivas Mercado.  A partir de ese momento Antonieta se convirtió en mecenas de varios grupos, como los contemporáneos, entre quienes se encontraban Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza y tangencialmente, el pintor Manuel Rodríguez Lozano. Este último casado con Carmen Mondragón, la famosa Nahui Olin, fue quien despertó una pasión desenfrenada en María Antonieta, al punto que escribió las mejores páginas de su obra literaria en las muchas cartas que dirigió al joven pintor.

mujeres_sep_03Soló que Rodríguez Lozano era homosexual y todo se tornó en una relación más platónica.

Por mediación del escritor oaxaqueño Andrés Henestrosa , que Antonieta  conoció a José Vasconcelos y se unió a su campaña por la presidencia de México. Tras la derrota electoral, Vasconcelos se fue a Estados Unidos y ambos permanecieron un tiempo juntos. Luego Antonieta se llevó a su hijo a Europa donde no tenía una buena situación económica por pleitos que tenía con su marido Blair.

En París, se encuentra otra vez con Vasconcelos a quien le pidió ayuda y una definición, pero la indiferencia del escritor y político, sumados a la depresión y los problemas personales de ella, fueron minando la salud mental y emocional. Antonieta escribió en su diario para referirse a esos momentos Con Vasconcelos:

“No me necesita. Él mismo lo dijo cuando hablamos largo en la noche de nuestro reencuentro, aquí, en esta misma habitación. En lo más animado del diálogo le pregunte: “dime si de verdad, de verdad tienes necesidad de mí”. No sé si presintiendo mi desesperación o por exceso de sinceridad, reflexiono y repuso: “Ninguna alma necesita de otra”. Quizás fue lo que la llevó a tomar tan terrible decisión.

Amada Díaz e Ignacio De La Torre Y Mier

mujeres_sep_04Durante noviembre los custodios de la cárcel de Lecumberri se habituaron a la presencia de una dama vestida de negro, cuyo “bello rostro de india, oculto en parte por el sombreo airoso y sencillo, no acusaba huellas de dolor ni de tristeza: solo de una tranquila dignidad”. No se trataba de una visitante común, sino de Amada Díaz, hija favorita del general Porfirio Díaz que recorría los pasillos de la prisión para visitar a su marido Ignacio de la Torre y Mier, otrora uno de los más ricos hacendados de Morelos y del país, emparentado con los príncipes de Mónaco y antiguo patrón de Emiliano Zapata.

¿En qué momento se truncó la dicha que 26 años atrás parecía estar destinada a esta unión?

La pareja se conoció en 1887. De la Torre, además de buen mozo y rico, tenía fama caballero ideal: parroquiano asiduo al Jockey Club, practicaba equitación y suertes taurinas, buen jugador de golf y polo, aficionado a los automóviles y a las carreras.

Ignacio y Amada  empezaron a frecuentarse, y de la Torre habló con el general Díaz para formalizar el noviazgo. Amada se convirtió en objeto de admiración para los hombres y de envidia para las mujeres, pues había cautivado al soltero más codiciado del país. La pareja se casó por la iglesia el 16 de enero 1888.

El matrimonio De la Torre – Díaz parecía tener todo para ser felices, pero desde la noche de bodas el hacendado  pretextó cansancio, problemas y trabajo para no hacer vida íntima con Amada.

La mujer debió lidiar con los rumores que acusaban a su marido de tener otras preferencias sexuales y con las frecuentes francachelas que el hombre organizaba para sus amigos en el palacete conyugal.

Una de las habladurías más incomodas para De la Torre se desató en la madrugada del 18 de septiembre de 1901, cuando la razzia más famosa del porfiriato aprehendió a  41 individuos, 19 de ellos vestidos de mujer. Pero las notas periodísticas de los primeros días, insistían que había 42 celebrantes, solo que uno escapó por las azoteas aledañas luego de comprar su libertad a precio de oro.

Hoy se acepta como verdad histórica que el evadido fue Ignacio de la Torre y Mier. El hacendado aseguró a su esposa que eran infundios propalados por enemigos políticos del general Díaz.  Amada soportó estoicamente la tragedia íntima, sobre todo para evitar el escándalo familiar y social. También contribuyó su profunda religiosidad, convencida del carácter sagrado del matrimonio.

mujeres_sep_05Tras la caída de Díaz, la familia del exdictador salió del país, solo permanecieron en México, Amada, su media hermana Luz e Ignacio de la Torre. Cuando Francisco I. Madero devino como presidente, el matrimonio de la Torre-Díaz regresó a la capital y Nacho también regresó a la política y se hizo evidente su participación en la conspiración que culminó en el asesinato de Madero y Pino Suárez.

En 1914, el infortunio alcanzó a De la Torre, cuando los carrancistas tomaron la capital y le expropiaron la casa “del Caballito”. Huyendo de la furia de Carranza, De la Torre se ocultó mientras sus haciendas eran invadidas, pero no evitó ser apresado en la ciudad de México, acusado de haber servido a Victoriano Huerta, obstruido a Madero  y de monopolizar alimentos. Amada supo de la captura de su esposo unos días después y recorrió las comisarías capitalinas hasta averiguar que el hacendado estaba incomunicado en Lecumberri. Fue hasta noviembre de ese año que se le autorizó ver a su marido. Ella acudía todos los días de visita al penal y pasaba algunas horas con el hombre, que tenía la esperanza de que Zapata, su antiguo caballerango ordenara su inmediata excarcelación. A principios de 1915 Amada supo que Zapata efectivamente había sacado a De la Torre de la cárcel pero no para gozar de la libertad sino como prisionero. Al parecer el caudillo se cobraba así una afrenta que Nacho de la Torre la había hecho en el pasado.

En los dos años siguientes, Amada solo supo de su marido por ocasionales recados enviados con personas de confianza, pero jamás pudo reunirse con él en los campamentos Zapatistas.

Finalmente en marzo de 1918, recibió un telegrama donde se le informaba que su marido había muerto en un sanatorio de Nueva York. “La tía Amadita fue muy desgraciada en su matrimonio, jamás habló mal de Ignacio de la Torre, en sus últimos años se le notaba un aire de melancolía.