Las manadas de jueces

Por: Jorge Vargas Bohórquez

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Si uno revisa las estadísticas de penas por violación en el mundo se puede llevar más de una sorpresa, aunque  sus constantes se pueden resumir como sigue: mientras más atávico y tradicionalista es un país en lo moral, en las libertades y derechos sociales entre hombres y mujeres, más altas son las penas por delitos sexuales graves (van desde 25 años hasta prisión perpetua, pasando por decapitación, castración, lapidación, horca: Arabia Saudita, Iran, Somalia, Corea del Norte, Egipto, China). En cambio, mientras más desarrollados son el Estado y su sociedad, con logros de equidad en el ejercicio de derechos entre hombres y mujeres, menos severas son las penas (promedio entre 5 a 10 años: Finlandia, Islandia, Holanda, Suecia, Alemania, Dinamarca, Reino Unido).  El ‘desarrollo’ penal de países como Holanda o Dinamarca llega al punto de que el acusado de violación puede salir libre si negocia el perdón o si él se compromete a algún tipo de tratamiento terapéutico con la víctima.

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La difencia podría verse en el hecho de que los países desarrollados presumen ciudadanos iguales y con herramientas eficaces para abordar el abuso sexual, el cual no suele estar acompañado de violencia extrema. En tanto los países tradicionales incentivan la respuesta catastrófica en la víctima, en parte por sus instituciones patriarcales, en parte porque es la prueba del delito y del daño. Si pueden acompañar la denuncia por una herida cortante o algún moretón, mucho mejor.

A pesar del contraste entre ambos tipos de sociedad, la línea de continuidad entre modernidad y tradición se mantiene palpitante. Son otros quienes deciden el status de la violación, no la víctima; otros deciden la prueba y el daño. Sin los fuegos artificiales de violencia y de trauma, la duda determina las sentencias.

Hay una escena de Doctor Zhivago que representa estupendamente el vicio de la antimodernidad jurídica que aún vivimos: Victor Komarovsky, corpulento y dominante, somete y viola a Lara Antipova. En otro momento de la historia,  Víctor se lo recuerda a Lara y le susurra, burlonamente, ante su reclamo de que ella no quiso hacer el amor “Tampoco vi que te opusieras demasiado”. Miles de jueces en todo el mundo piensan como Komarovsky. La Manada en España o Los Porkys en México tienen la misma trampa de principio: las víctimas tampoco se opusieron demasiado.

El abuso es el medio, la violación es el acto.

En la línea de producción de la violencia (del latín vis-fuerza), Occidente niega su parte y aparenta no reconocerla en su propio seno. Por eso busca pruebas desde el absoluto. Les pide a sus mujeres más combatividad como víctimas, para que lleven a sus jueces las pruebas de su pudor liquidado.

personajes_ocT_03Cuando uno de los jueces del caso de Los Porkys en México quiso dejar libre a Diego, uno de los acusados de violación, porque “sólo metió los dedos en la entrepierna de la chica, sin actitud copulativa ni lujuriosa”; o cuando el juez de España dice en la sesión de sentencia ante las cámaras, que la violación de La Manada tiene otros elementos que “no tipifican en el caso y que está seguro de que los acusados no lo volverán a hacer”, dejan de lado el hecho de que en una violación no sólo ocurre la infame penetración no consentida, sino una doble degradación de la víctima. Al momento del abuso y en los juicios, donde encima de todo se degrada su verdad.

Las manadas de violadores, sin soltar un solo disparo ni blandir la hoja afilada,  no van nada más tras la genitalidad de la víctima, sino que humillan, secuestran, someten, desprecian, sobajan, escupen, degradan, burlan, ensucian, aniquilan, justo antes y durante la penetración. El trabajo final lo hacen los jueces.