Mujeres que amaron demasiado PARTE II

Por: Xóchitl Ximénez

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El domingo 27 de mayo de 1919 los titulares de los periódicos informaban en primera plana “Nervo, el gran poeta mexicano ha muerto”, en Montevideo capital de Uruguay, en la que vivió cerca de 15 años. Nervo afirmaba: “Mi enfermedad es ficticia, la enfermedad que yo tenía era estar lejos de mi patria…”.

La situación económica del poeta era precaria, él decía contundentemente, yo como Azorín, “soy un pequeño filósofo y los pequeños filósofos vivimos con muy poco y hasta tenemos cierto amor a la austeridad”.          

                              Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

                             Porque nunca me diste ni esperanza fallida,

                             Ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

                             Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

                            ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!  

El periodista y poeta nayarita de tez amable y rostro anguloso, se encontraba en París como enviado del diario El Imparcial para cubrir la Feria Internacional de 1900 y salió a la calle porque no soportaba el terrible aburrimiento en que vivía, tropezó con una mujer “rubia de tez blanca y ojos verdes como esmeraldas”, que también deambulaba por el barrio latino.

-No soy mujer para un día, le advirtió la dama.

-¿Y para cuántos?,  preguntó poeta.

-Para toda la vida, fue la respuesta   

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La eternidad solo duraría 11 años. A partir de ese encuentro fortuito, en agosto de 1901, se desató una pasión incontrolable, los enamorados se veían todos los días pero todo ocurría a escondidas. Pudieron más los prejuicios sociales y el “Nervo tradicionalista” para refundir esta pasión secreta en el armario. No teníamos derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimida tal, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto.   

Nervo regresa a México en 1904 para dar clases en la Escuela Nacional Preparatoria, participar en la Revista Moderna y preparar su ingreso al cuerpo diplomático, lo cual se da en 1905. Gracias a una recomendación de Justo Sierra, se convierte en segundo secretario de la legación de México en Madrid y Lisboa. Los enamorados viajaron a Europa, escondiéndose de las miradas de todos, tanto que para algunos Nervo era más bien un solterón que extrañamente siempre estaba feliz  e incluso corría la versión de su homosexualidad.

Así transcurrió más de una década de gran felicidad, acaso algunas de las páginas más contundentes del poeta se pergeñaron durante este idilio y varios de sus mejores poemas fueron escritos para Cecilia. Bien dicen la dicha no es para siempre en 1911 Cecilia enfermó de fiebre tifoidea y su agonía fue terrible, el poeta veía cómo, poco a poco, su amada perdía la conciencia. Si bien, Nervo estuvo al pendiente durante las ominosas noches, en el día, la clandestinidad le cobró caro la afrenta de tanto tiempo.

Y es que el nayarita tenía que atender los múltiples asuntos de la legación mexicana, escribir cartas, comentar cuestiones literarias y esconder sus cuitas hasta que le resultó imposible.

El poeta afirmaba: Me ha pasado la cosa más espantosa de mi vida: se ha muerto mi Ana Cecilia. Después de 21 días de enfermedad en que yo fallecí con ella, hacía casi 11 años que vivíamos juntos en la más perfecta comunión de almas. Su muerte es una brutal amputación de mi corazón.

El bálsamo para su tormento se dio en la literatura, escribió La amada inmóvil, versos a una muerta donde recrea los momentos en que veló a su secreta compañera y gran amor de su vida. Ana Cecilia fue una mujer que amó demasiado, no le importó vivir en la clandestinidad ni las preferencias sexuales de su amado, con tal de vivir a su lado.

 

Sara Pérez y Francisco I. Madero

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Sara Pérez una mujer que amó demasiado, hasta el punto de la muerte de su amantísimo esposo Francisco I. Madero.

Amparado en el Plan de San Luis y el lema “Sufragio efectivo, no reelección”, Francisco I. Madero inició la revolución mexicana. Derrocada la dictadura de Porfirio Díaz, fue presidente Constitucional de México del 6 de noviembre de 1911 al 19 de febrero de 1913, tres días después fue asesinado.

Sus quince meses en el poder sirvieron para demostrar que un ideario político, honradez y buenas intenciones no son suficientes para gobernar en medio de intereses encontrados. Madero confiaba en la democracia, la ley y la libertad de expresión. Quizá su excesiva confianza le impidió ejercer la autoridad para enfrentar eficazmente la crítica y las rebeliones que debilitaron su régimen. Quizá no había conciliación posible en un Estado fragmentado y desigual.

El domingo 23 de febrero de 1913, una mujer vestida de negro, que portaba un discreto sombrero y un velo descendió del vehículo a las puertas del llamado Palacio Negro de Lecumberri. Su objetivo era claro, su paso resuelto pese al dolor que traía en el alma. Arriesgando su vida pensaba recoger el cadáver de su esposo cobardemente asesinado en ese lugar. La acompañaban su suegro, Francisco Madero, y su cuñada Mercedes Madero.

Lo había visto con vida la última vez, dos domingos antes, cuando el todavía Francisco Ignacio se enteró que parte del ejército había fracasado en su intento de apoderarse de Palacio Nacional. A la breve despedida el hombre pidió a su esposa que tuviera fe en que la situación cambiaría. Se habían conocido en la última década del siglo XIX, ella era hija de un rico hacendado en Querétaro y buena amiga de las hermanas de Madero, vínculo que le permitía a él frecuentar la casa que la familia Pérez tenía en la capital del país.

Su noviazgo se dañó por la agitada vida que él llevaba entonces, y es que Madero pasó por una etapa en que en la que decidió “darle vuelo a la hilacha, lanzarse a las correrías y conocer a otras mujeres, esto no cayó nada bien a Sara que sufrió cuando Pancho le comunicó que terminaba el noviazgo”.

Durante un lustro se mantuvo separado hasta que se dio cuenta que Sara era el amor de su vida. Algunas versiones dicen que lo que verdaderamente orilló al político a cambiar su vida, fue cuando su madre cayó gravemente enferma, éste prometió modificar sus hábitos a cambio del restablecimiento de la señora Madero. Recuperada la ecuanimidad buscó a Sara y le propuso matrimonio. Solo que reconquistarla no resultó nada sencillo, la muchacha no dio su brazo a torcer y mantuvo al “Señor Madero” rogándole el ansiado “Sí”.

La ceremonia civil tuvo lugar en enero de 1903 en casa de un tío de la novia en Ciudad de México, y un día después se llevó a cabo la boda religiosa en la capilla del Arzobispado y el banquete se sirvió en el hotel Reforma. En adelante Madero y Sara formaron “una pareja especial, pues más que marido y mujer, fueron colaboradores y amigos, hermanos como se consideraban ellos mismos, dedicados en cuerpo y alma -con voto de castidad incluso- a su labor de promover el cambio político de su país”.

La esposa de Madero, una mujer que amó demasiado, hasta el punto de marcar con su amor la diferencia con las esposas tradicionales de principios del siglo XX. No fue ama de casa sino una revolucionaria, no fue madre de familia sino una compañera de causa que estuvo siempre al lado de su marido. A todas partes lo acompañó, por igual a los campamentos de soldados que a los mítines políticos, en los viajes por caminos difíciles, igual cuando predicaba con uno  de sus discursos.

Doña Sara Pérez de Madero jamás cuestionó las prácticas espiritistas de su esposo, ni puso en duda la viabilidad de los ideales. Al contrario, tenía tanta fe en la misión de Madero y estaba segura de que era correcta la vía trazada por él para cambiar las cosas en el país, que no fueron pocas las ocasiones en que arengó a las tropas y organizó actos proselitistas, además de festivales en pro de las víctimas del movimiento revolucionario. Asistía a reuniones con obreros y recibía a las organizadoras de los clubes políticos y a comisiones que le exponían toda  a clase de problemas.

Esa dedicación fue recompensada por el marido con cariño y reconocimiento. La prueba es que en su correspondencia la describía como su inseparable y amantísima compañera: “Desde que me casé con ella me considero completamente feliz. Mi esposa es tan cariñosa conmigo y me ha dado tantas pruebas de su abnegación y de su amor que creo no poder pedir más a la providencia”, llegó a escribir el prócer.

En noviembre de 1911 Madero asumió la Presidencia de la República y su esposa se convirtió en primera dama. Desde esas posiciones enfrentaron un periodo muy turbulento de la historia de México, en el que abundaron las intrigas políticas y las campañas de desprestigio orquestadas  por sus detractores, quienes no contentos con describir al mandatario como “hombrecillo de apariencia insignificante” y a su mujer como perro faldero”.

La pesadilla concluyó en febrero de 1913 con el asesinato de don Francisco y el exilio de su señora, quien retornó a México en 1921 para vivir apartada de la vida pública, en una casita de la colonia Roma, en la capital. Murió en julio de 1952 y fue enterrada en la tumba donde reposaban los restos de su esposo.