CÓMO ATRAPAR UN RAYO DE LUNA

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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-¡No soy tonta ni estoy loca, tampoco pido un imposible!

No me gusta que se burlen de mí porque desde que tengo memoria, la luna ha llamado mi atención y porque quiero atrapar uno de sus rayos. Siempre me he preguntado cómo lo puedo lograr, pero no he podido averiguarlo, pues pocas veces estoy sola, aunque nadie me haga caso. Creo en la magia y en los milagros y estoy segura que si tuviera un rayo de luna, mi vida sería diferente… ¡Luminosa! ¡Radiante! No tan sola y triste.

María fue la séptima de nueve hermanas y desde niña soñó con atrapar un rayo de luna porque estaba segura que si lo conseguía, podría ser completamente feliz.  

-Nana Toña, si todas mis hermanas son hermosas, ¿por qué yo no? Mamá me contó que mi parto fue muy difícil pues ese día hubo un eclipse de luna y que por los dolores, se le olvidó colgarse una llave en la cintura, ¿es cierto? y que por eso nací con el labio deforme  y el agujero en el paladar, sin cabello, y en cambio, mi cuerpo estaba perfecto, dime, dime… ¿es verdad?… ¡Tú estuviste ahí!

Conforme María fue creciendo, su deformación se hizo más notoria y a los nueve años ya la habían operado tres veces, aunque su boca no quedó del todo normal por las cicatrices. Para esconder su falta de cabello, desde pequeña empezó a cubrirse con los bonetes que le tejía la abuela Carmencita.

El día que cumplió dieciséis años le hicieron una celebración. Sólo invitaron al padre Romualdo, a sus tías Concha y Luz, a sus primas Austreberta y Edelmira y a la abuela Carmencita. Agotada por el festejo se fue a acostar a las diez de la noche y se durmió casi de inmediato.  

Algo la despertó. Eran sonidos de pisadas cerca de su ventana. Protegida por la obscuridad de la habitación y los visillos que cubren los ventanales, se asomó para ver qué sucedía. La luna brillaba de forma inusual. Un hombre joven estaba justo enfrente.  Era muy alto. Se paseaba dando tres pasos a la derecha, para luego regresar a su sitio. Veía el reloj continuamente y encendía un cigarro tras otro aunque sólo le daba una fumada para luego apagarlo bajo las suelas de sus zapatos. Nunca había visto un hombre con el cabello tan largo. Le llegaba hasta la cintura, tan negro que brillaba con el resplandor de la luna. Observó sus manos, eran grandes. Sus ojos, obscuros también, la tez pálida y luminosa, y labios muy rojos. El cuerpo se le adivinaba musculoso bajo la vestimenta que apenas lo contenía. Le pareció muy atractivo. Lo estuvo observando cerca de una hora. De pronto, él encendió el último cigarro, le dio una fumada, lo apagó, hizo una bola con la cajetilla y la tiró en el basurero de la esquina antes de desaparecer. Ella se quedó pasmada, no alcanzaba a comprender a dónde se había ido.  Se acostó pero no pudo conciliar el sueño.

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Al día siguiente estuvo tan retraída que al estar bordando se pinchó un dedo. No quiso comer nada. Preguntó varias veces a Toña qué hora marcaba el reloj y le pidió que lo revisara pues parecía que las manecillas no avanzaban.  Por fin llegó la noche. Se acostó y aunque trató de no dormirse, no lo consiguió. Casi a la misma hora de la noche anterior, la despertaron las pisadas. Su corazón palpitaba desordenado y casi volando llegó hasta los ventanales para cerciorarse que fuera el mismo hombre de la noche anterior.  Sucedió exactamente lo mismo, pero por un momento pareció que la había visto, pues se detuvo justo enfrente de ella y suspiró. El extraño personaje también apareció los otros dos días que hubo luna llena. Y así cada mes en plenilunio, durante más de un año.

Una noche, María se atrevió a correr los visillos y a abrir una de las ventanas para dejarse ver. Quería constatar que aquel joven existía realmente. Él se acercó a la ventana y le dijo: -Me has hecho esperar demasiado María. Pensé que no me querías conocer. Soy Badr y vengo a conceder tu mayor anhelo. ¿Todavía lo deseas? Ella sólo alcanzó a balbucear un apenas audible. Enseguida, se materializó a su lado. –Sé que no te sientes hermosa como tus hermanas, pero lo eres aún más. Se inclinó para besarla en los labios. María se estremeció al sentir un frío que le quemaba el cuerpo. Badr la tomó de la mano y la condujo al lecho. Con delicadeza desató los lazos del camisón que la cubría, la levantó en brazos y la acostó. Parecía que el tiempo se había detenido. Ella nunca había sentido tanto amor en una mirada. Él la observaba con una ternura infinita mientras se desvestía. Luego se acostó junto a ella, le quitó el bonete a pesar de su resistencia y la poseyó hasta que la claridad del día empezó a despuntar. Cuando María despertó, estaba sola, pero muy feliz.  Durante varios meses, los días de plenilunio, Badr se apareció en su habitación. Casi no hablaban, pero hacían el amor hasta que ella se quedaba dormida.

Pero un mes de octubre, cuando la luna estaba enorme y era la más hermosa del año, Badr no se presentó. María estaba desesperada y se sumió en una melancolía que con nada lograba  mitigar, a pesar de los esfuerzos de su nana, su mamá y sus hermanas.

Un día, cuando su nana la ayudaba a vestirse, le dijo –María, la ropa ya no te queda… Tu cintura ha crecido… creo que estás esperando un hijo, pero, ¿cómo es posible si nunca sales?  ¡Es un milagro!… ¡Es un milagro! Y corrió a decírselo al resto de la familia.

Pronto, la noticia se extendió por todo el pueblo y sus alrededores.

Desde lugares lejanos venían a ver a la niña milagrosa que iba a dar a luz al hijo de Dios.  Le traían regalos para ella y para el niño. María nunca dijo a nadie que por fin había podido atrapar un rayo de luna.