Se agota la mercancía más preciada del capital

Por: Juan Danell Sánchez / Foto: Ixbalanqué Danell Pérez

reporte_nov_01Con frecuencia en las ciudades del país transitan por sus calles personas totalmente despojadas de todo valor, material y moral. Huelen mal, su aspecto es deplorable por falta de baño y visten andrajos. Duermen en rincones o en cualquier lugar. No tienen arraigo alguno y van por el mundo ciegos, sordos y mudos porque no hay algo que les interese o retenga su atención. Se dice que son indigentes, porque prácticamente no existen al no ser productivos, y aportar nada, fuera de lástima, a la sociedad y al país.

Eso los convierte en seres diferentes del resto de la sociedad, a pesar de contar como el resto de los humanos con la capacidad de transformar la naturaleza en materias primas y productos terminados para su consumo final, es decir, la fuerza de trabajo intrínseca en las personas por la condición natural de razonar y de inteligencia.

Verlos deambular introvertidos e ignorados libera una pregunta que seguramente muchas personas se hacen ¿Acaso no hay una autoridad o institución que se ocupe de ellos? Y la respuesta es inmediata: sí las hay, pero en general con presupuestos muy limitados. No cuentan con dinero suficiente para atenderlos y trabajar en programas que reviertan esa situación. Pero tampoco existe el interés de las autoridades de ocuparse de ellos, porque, como ya se dijo, no representan beneficio para alguien.

Algo parecido a esa indigencia le sucede a la mayor parte de los países, sobre todo a los más pobres y no tan pobres, en los que se encuentra México. A nivel global, en los últimos 50 años Estados y empresas se ocuparon sólo de explotar los recursos que brinda la naturaleza para producir mercancías y saturar los mercados. Y para ello tuvieron que explotar también la fuerza de trabajo, en la misma magnitud e intensidad. Esto se tradujo en multiplicar la cuota de ganancia de los empresarios a costa de salarios castigados, muy por debajo de los necesarios para cubrir las necesidades primordiales de las personas, como salud, educación, alimentación, vestido y vivienda.

Y en esa vorágine de la globalización que colocó al mercado por encima de la existencia del ser humano en el que se vio una masa de trabajadores sobrada para abastecer fábricas y empresas, los gobiernos redujeron la inversión pública en esos rubros fundamentales para la sana reproducción de la sociedad. Situación que hoy tiene preocupados y en crisis al capital mundial y los organismos financieros internacionales.

En su propio lenguaje Banco Mundial (BM) y Fondo Monetario Internacional (FMI) lanzan un “mensaje urgente” a todos los gobiernos para que inviertan de manera más eficaz en su población, en capital humano, si es que se quiere llegar a ser un mundo mejor, estable, próspero y equitativo en el que las personas alcancen su potencial productivo.

La preocupación se desprende de que el rezago generado por la restricción de la inversión pública en los temas mencionados provocó que toda una generación se estancará en la capacitación y calificación de su fuerza de trabajo, que las instituciones financieras le llaman capital humano, y por lo tanto no sea capaz de adaptarse y desempeñar los trabajos de los nuevos procesos productivos, que por el desenfrenado avance tecnológico cambian constantemente y requieren de una mayor calificación de los trabajadores.

Banco Mundial y FMI ven en el futuro, dentro de los próximos 12 años, un panorama nada alentador por este rezago y advierten sobre las consecuencias de lo que sucede. Aquí la cita del llamado urgente.

“En 2017 murieron unos 5,4 millones de niños menores de 5 años, en su mayoría por causas evitables. En la mitad de esos casos, se trataba de recién nacidos. Más de 750 millones de adultos son analfabetos, lo que hace que la productividad a lo largo de su vida se vea gravemente reducida como consecuencia del bajo nivel de educación.

“Más de 260 millones de niños no asisten a la escuela primaria ni secundaria, y otros 250 millones no saben leer ni escribir a pesar de haber ido a la escuela. Si conformaran un país, sería el tercero más grande del mundo.

“Casi uno de cada cuatro niños pequeños del mundo padece malnutrición (presenta retraso en el crecimiento) y sus perspectivas de vida se ven limitadas para siempre por la acumulación de factores adversos en los primeros años.

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“Nuestro temor es que una generación entera no cuente con los medios necesarios para alcanzar todo su potencial y competir en la economía del futuro. La naturaleza del trabajo está cambiando rápidamente en todo el mundo, al igual que la demanda de habilidades de alto nivel. Aun así, hoy en día, 500 millones de jóvenes de países en desarrollo están subempleados o tienen empleos precarios. Si los jóvenes no tienen las oportunidades de hacer realidad sus aspiraciones, corremos el riesgo de que aumenten las situaciones de fragilidad y conflicto en todo el mundo, lo que generaría costos económicos incalculables.

“Es hora de reconocer que invertir en las personas es invertir en el crecimiento inclusivo. Con cada año adicional de escolarización, los ingresos de las personas aumentan entre un 8 % y un 10 %. En algunos lugares, el rendimiento llega al 22 %. La mediana de la relación costo-beneficio correspondiente a las intervenciones que reducen el retraso del crecimiento en los primeros 24 meses de vida equivale a USD 18 de beneficio por cada dólar gastado. Si los ingresos fueran equitativos desde el punto de vista del género, la riqueza en términos de capital humano podría incrementarse un 21,7 % a nivel mundial.

El mensaje para los países, las economías, los líderes y los ciudadanos comprometidos de nuestro mundo interconectado es claro: si hoy mismo no trabajamos para que se realicen inversiones más eficaces y estratégicas en las personas, los países y las economías pagarán un precio muy alto más adelante.”

La preocupación manifiesta por los organismos financieros, que centra su atención en el capital humano como un componente taxativo de las personas, va mucho más allá y confirma algo que siempre han negado los teóricos de la derecha: el capital por sí mismo se ahogará en su propia dinámica del intercambio de mercancías para concentrar la riqueza.

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Y la preocupación de que los gobiernos no inviertan en resarcir la fuerza de trabajo, o capital humano, es más porque las empresas necesitan trabajadores calificados para seguir generando riqueza a los niveles y en los estándares que ya han establecido. De lo contrario, contarían pérdidas y no están dispuestos a correr ese riesgo. De nada les sirve tener un ejército de reserva de trabajadores, si éste no está capacitado para incorporarse a los procesos productivos de manera eficiente para cumplir con las cuotas de plusvalía.

Y, bueno, la indigencia no es algo voluntario, como la pobreza tampoco lo es: son producto de un sistema decadente.