LA HISTORIA DE EMMA Y LA FELICIDAD

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

escenarios_dic_01Llegó muy temprano a pedir su calaverita. Todavía no daban las ocho de la mañana. Yo estaba en pijama, recostada y leyendo. La vi por el balcón y me dio mucha ternura. Parecía un pajarito desvalido. Dos días antes también había venido para pedirme que le apartara sus dulces. Le abrí la puerta y la invité a desayunar; me asombró constatar su apetito, pues yo creía que las personas mayores no comían mucho. Para mi sorpresa, desayunó más que yo, y sin que se lo pidiera, Emma empezó a contarme su historia.

-Yo nací en La Piedad, Michoacán. Mi papá se robó a mi mamá y tuvieron que huir de Morelia pues uno de los hermanos de mi abuelo los andaba buscando para matar a mi papá. A la mejor si lo hubiera encontrado, otra hubiera sido nuestra suerte. Luego nacieron mis dos hermanos. Éramos muy pobres. Mi papá era muy borracho y mujeriego y terminó abandonándonos cuando yo tenía nueve años, así es que mi mamá se fue con nosotros; primero a Durango porque ahí tenía una prima, pero sólo estuvimos tres meses pues no consiguió trabajo y el esposo de su prima le dijo que no nos podía mantener; después, se vino para acá, porque le platicaron que aquí había muchas oportunidades de encontrar un buen trabajo. Tenía que mantenernos a los tres. Mis abuelitos ya la habían perdonado pero como también eran muy pobres, no podían hacerse cargo de nosotros. Llegamos de noche y nos quedamos a dormir en la estación porque no teníamos para pagar un hotel. Cuando amaneció, mi mamá compró un periódico en un puesto y así encontramos un cuarto, allá por la Villa. Al principio dormíamos en el suelo y nomás comíamos una vez al día, porque el dinero que le había dado mi abuelito era muy poco y apenas sobró algo después de pagar la renta. Mi mamá consiguió trabajo muy pronto en una casa donde vivían puros sacerdotes que daban misa en la Villa. Les limpiaba, hacía de comer, lavaba y planchaba y le pagaban quince pesos a la semana. Le dijeron que era muy buen sueldo, pero es que también eran muchos, como trece. Le daban puras monedas. Yo creo que eran de las limosnas. Casi no la veíamos y cuando llegaba, lo único que quería era dormir. Yo hacía la comida en una parrillita que compró. Y ya dormíamos en petates. Siempre le guardaba algo de frijoles o sopa para que cenara y luego luego se quedaba dormida. Tenía las manos todas maltratadas por la lejía que usaba para limpiar pisos y lavar sábanas. Yo le daba masaje con manteca, hasta que se dormía. Los padrecitos no eran tan malos pues me acuerdo que el día de la Virgencita de Guadalupe y en Navidad le daban dulces para que nos llevara y a veces hasta pan. Ahí duró más de trece años, pero se hizo viejita muy pronto.

escenarios_dic_02No pude ir a la escuela, pero mis hermanos sí. A los quince años entré a trabajar en una fábrica de cerillos. Me recomendó el padre José Emilio, pues el dueño era uno de sus feligreses. Ahí me hice de dos amigas, Alma y Rosario. Un domingo mi mamá me dio permiso para ir con Alma a un partido de futbol, pues jugaba su hermano. Tuve que llevar a mis hermanos porque les gustaba mucho y además no me dejaba salir sin ellos. Alma me presentó a su hermano Rafael y pues yo creo que fue amor a primera vista, porque desde entonces no nos hemos separado. A la semana de conocernos, fue a buscar a mi mamá a su trabajo para pedirle permiso para que fuéramos novios. Le dijo que era el encargado de una bodega de una empresa de útiles escolares que estaba en el centro y quería andar conmigo en serio, como un año, para juntar dinero y luego casarnos. Que tenía una casita en el barrio de Tacubaya, que le había heredado su madrina y que pobremente nos podía mantener a todos, para que ella dejara de trabajar y que mis hermanos pudieran ir luego a la universidad, aunque ya después no quisieron. Mi mamá le dijo que yo estaba muy chica, que esperara a que, cuando menos, tuviera diecisiete años para que nos casáramos. Que si de verdad me quería, tenía que esperar ese tiempo.

Casi se atragantó de la emoción y sus mejillas se tiñeron de rojo cuando recordó:

-¡Uy! Cuando cumplí dieciséis años me dio mi primer beso. Vi lucecitas de colores y sentí como si muchas mariposas revolotearan en mi estómago. Me regaló la primera loción que tuve, me acuerdo que era de la marca Maja. Todavía tengo guardada la botellita. ¡Cada día era más feliz! Suspiró y una lágrima se escapó de sus cansados ojos.

escenarios_dic_03-Los domingos nos llevaba a todos a la matiné. Me acuerdo del techo del cine que parecía un cielo cuajado de estrellas, después a la Alameda a dar una vuelta y luego comíamos en una fondita que estaba cerca de la vecindad donde vivíamos. Siempre fue muy bueno con mi mamá y mis hermanos.

Nos casamos cuando cumplí los diecisiete. Nomás por el civil, porque Rafael no tuvo dinero para comprarme el vestido ni para hacer fiesta. Sólo invitamos a sus papás, a Alma y a Rosario, bueno, también fueron mis hermanos y mi mamá. Comimos en un Sanborn’s para celebrar. A mí se me hizo muy elegante. Nunca había sido tan feliz. Los padrecitos se enojaron mucho con mi mamá y la despidieron. Le dijeron que todos nos íbamos a ir al infierno porque no me había casado por la iglesia.

Estaba rete enamorada, bueno, todavía estoy, aunque de otra manera, porque ya estamos viejos. Soltó una risotada y los ojos le brillaron de una forma muy especial.

-Rafael se hizo cargo de mantenernos a todos y cuando murió mi mamá, la enterró en el panteón Dolores, el que está en Constituyentes. Antes, cada día de muertos íbamos a llevarle flores. Ahora ya no porque apenas podemos caminar.

Nacieron mis tres hijos, Rafael, Pablo y Ernesto, aunque Pablito se me murió por la varicela, cuando tenía cuatro años. Fue muy duro, pero mi esposo me ayudó a superarlo. Siempre atento, trayéndome dulces y flores. Nunca ha dejado de ser cariñoso conmigo.

Mis hermanos se fueron de mojados. Viven en California. No los he vuelto a ver, pero a veces me hablan por teléfono. Allá se casaron y tienen muchos hijos, aunque no los conozco más que en fotos. En Navidad siempre nos mandan un regalo. No se olvidan que Rafael los apoyó mucho.

escenarios_dic_04Cuando quebró el negocio en donde trabajaba, pues no le dieron nada y tuvimos que vender la casita. Desde entonces, hace más de cuarenta años, llegamos a vivir para acá.  Con decirle que ya ni renta pagamos porque se murió la dueña y desde hace muchísimo nadie nos viene a cobrar. Eso también me pone muy contenta. De verdad que Diosito siempre nos ha ayudado. Seguimos juntos y nos queremos mucho. Nuestros hijos se casaron, pero casi nunca nos visitan porque viven muy lejos y no tienen coche, pero nos hablan por teléfono. Les tocaron buenas mujeres. El día que nació mi primer nieto, Gabrielito, yo estaba  feliz como nunca. Él también se fue de mojado. Vive en Texas con una muchacha güerita y tienen un niño. Está precioso. Y pues qué más le puedo decir: sigo enamorada de Rafael y soy muy feliz.

Terminó de tomarse su té, se limpió la boca con la servilleta, se levantó apoyándose en el bastón y me pidió que la acompañara a la puerta. Me dio las gracias por el rico desayuno, según sus propias palabras. Se despidió dándome un abrazo y un beso y se fue feliz, con una hermosa sonrisa en los labios.

Hoy viernes, la estoy esperando para comer.