HOTEL CALIFORNIA

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

hotel_feb_01-¿Y bueno,  no me va a preguntar nada o está esperando a que empiece a hablar?  Ya pasaron casi veinte minutos y sólo me mira. La verdad no sé para qué vine, susurró con marcado acento norteño.

Desde que entró, la habitación se impregnó con el olor de su perfume, entre floral y madera. Le señalé un sillón enfrente de mi escritorio, invitándola a que se sentara. Mientras lo hacía, la estuve observando. La primera impresión fue de una mujer segura de sí misma, aunque advertí en su mirada una profunda tristeza, que contrasta con sus cuidados y seguros movimientos. Se sentó con la espalda recta y posó las manos en los muslos. Tenía puesto un vestido negro. Lucía el cabello impecablemente recogido con un moño en la nuca. Los zapatos, hacían juego con un bolso negro pequeño, que depositó en la mesita, junto al sillón. De su cuello colgaba una cadena de plata con un dije en forma de caja, que, según me dijo después, sólo se quita para dormir.

Sin cambiar de postura, siguió en silencio, contemplando detenidamente el mobiliario, hasta que dijo:

-Como parece que no va a hablar, le diré que estoy aquí pues lo recomendó una clienta mutua, aunque no sé por qué me pidió que no le dijera su nombre. Según ella, usted la ayudó muchísimo a enfrentar sus problemas y a encontrar la solución para resolverlos, aunque todavía no lo hace del todo. ¿Quiere que le cuente los míos? Tendría que empezar por mi infancia pero como no queda mucho tiempo para que se acabe la sesión y tengo prisa, prefiero que me platique algo breve sobre usted, cualquier cosa, dijo, señalando los diplomas que cubren las paredes. Como si no la hubiera escuchado, me levanté y abrí la puerta para que saliera. Se despidió con una sonrisa burlona, asegurándome que regresaría el viernes. Y lo hizo.

-Ya estoy aquí de nuevo, doctor. Ahora sí voy a hablar con usted.                                                 Toda mi vida ha girado alrededor de lo que me sucedió cuando tenía seis años. Lo voy a resumir. Mis papás viajaban mucho y aunque había sirvientes en la casa y Adela, la institutriz, nos dejaban a cargo de un tío abuelo, hermano de la madre biológica de mi papá. Ahora no le voy a contar la historia de mi papá, porque además de larga es muy triste. Tal vez más adelante. No sé. Hizo una pausa. Hace tiempo escribí una novela sobre eso, pero desafortunadamente se perdió. ¿Me puedo quitar los zapatos? dijo, al tiempo que lo hacía. Se arrellanó en el sillón, subiendo las piernas. Arregló su falda, tomó agua y continuó: A veces me cuesta mucho hablar de ello y otras, lo digo sin más. Resulta que mi tío Julio, así se llamaba, una tarde de verano, lo recuerdo porque hacía mucho calor, me llevó a la biblioteca y pidió a los empleados que no fueran a interrumpir porque me iba a enseñar historia, pero me violó. Mis hermanos jugaban en el jardín. Nadie se dio cuenta. Como era de esperarse, me dijo que no le contara a nadie lo que me había hecho porque no me iban a creer y que además yo tenía la culpa porque era muy traviesa. Desde ese día empezaron las migrañas insoportables. Eso continuó por varios años. Yo solía esconderme en lugares obscuros porque no soportaba la luz. También para que no me encontrara mi tío. Muchísimos años después, cuando mi mamá, ya viuda, pasaba temporadas conmigo, le pregunté si sabía lo que me hacía el tío Julio. Su silencio fue la respuesta. Al decirle que su obligación era la de haberme protegido, contestó que casi siempre estaba sola y que además de esos temas no se debía hablar. En su mundo, fuimos simples complementos o adornos. Algo necesario para aparentar ser la familia perfecta. Así la educaron. Nunca la he culpado. Otra cosa que tampoco entendí fue por qué solía decir que su familia eran sus hermanos y sobrinos, no nosotros, sus hijos.

A raíz de lo que me pasó me volví muy solitaria. En la niñez sólo tuve una o dos amigas y un amigo imaginario que se llamaba Fernando. Él quería a la niña Teresita como era y la consolaba cuando su tío la hería. Tuve mucha dificultad para relacionarme con otras personas y por supuesto desde entonces he rehuido el contacto físico, aunque me gustan los abrazos, pero no de cualquiera. Me casé muy joven con un hombre mucho mayor, infiel y celoso. Tuve cuatro hijos. Me divorcié, aun en contra de la opinión de la familia. A partir de entonces me he dedicado a vender obras de arte, aunque no tenía necesidad de hacerlo. Me cuesta trabajo aceptar ayuda y no me gusta pedirla. Una vez alguien me dijo que eso es un acto de soberbia. Tal vez sí. Por el lado materno, provengo de una familia soberbia y arrogante. Incluso a veces doy la impresión de ser así. Lo que pasa es que soy muy claridosa y acostumbro decir las cosas como son, aunque generalmente a las personas no les agrada escuchar la verdad y se sienten agredidas. En cambio, poseo una compulsión desmedida por ayudar a los demás, aunque no los conozca, pero tengo un grave problema: no sé decir no y siempre termino ayudando, no importa si me toman el pelo, o no me dan las gracias. Soy solitaria por naturaleza. Hay momentos en que me molesta estar acompañada, sobre todo por personas que repiten lo mismo, o que hablan de tonterías. Aunque parezca contradictorio, prefiero escuchar a hablar.

La hora había pasado muy rápido. Me levanté y le señalé el reloj. Su sesión estaba por terminar. Sólo había interrumpido su perorata para tomar agua. Lo consideré un gran avance. Quedó de regresar el siguiente viernes.

-Hola doctor, quiero hacerle una pregunta: ¿ha escuchado Hotel California, una canción del grupo The Eagles? ¿No recuerda?… Bueno, luego le digo porqué le pregunto. Ahora quiero hablar más sobre cómo soy. Creo en un Dios Todopoderoso. Él me da la fuerza para seguir adelante a pesar de todo. No suelo culparlo a Él ni al destino por las cosas desagradables que me suceden. Las tomo como una lección que debo aprender para evolucionar espiritualmente. Me considero una mujer que enfrenta los problemas y los resuelve. En mi vocabulario no existe la frase “no se puede”. Estoy segura que si uno quiere hacer las cosas y pone todo el empeño, lo puede lograr. Creo en la reencarnación, en el poder de la mente. Soy fiel a mis creencias y convicciones y en las relaciones, perfeccionista, excelente cocinera, extremadamente limpia y ordenada y exijo que quienes vivan o trabajen conmigo sean igual. No soy la típica “mamá cuervo”. Amo sin condiciones a mi familia y a mis pocos amigos, aunque nunca espero nada de nadie. Ni siquiera de mis parejas, cuando las he tenido. Bueno, creo que más bien en ninguno de ellos encontré la clase de amor que necesito. Para mí éste no se impone ni avasalla. A través de él se encuentra la libertad. Más que de cuerpos, es una comunión de almas. Es un sentimiento que trasciende el tiempo y el espacio y que perdura por siempre. Es un lazo indisoluble. ¿Cursi?… No creo. Ah, otra cosa, no me gusta verme en los espejos ni que me tomen fotos. Sólo bebo agua, me encantan los niños pues son una fuente de sabiduría innata, amo leer, escribir, escuchar música de todo tipo, ir a museos, librerías, comer arroz y chocolates. Odio la mentira, la vulgaridad innecesaria y la mediocridad y no me gustan las multitudes ni los aglomeramientos

Se levantó para ir al baño. Cuando regresó, permaneció de pie y retomó el tema del Hotel California.

-A finales de los años setenta y de una forma mágica, como casi siempre me sucede con todo, encontré la casa en la que vivo desde entonces. En realidad no sé si yo la encontré o ella a mí, el caso es que, a pesar de que ya estaba vendida, la compré con todo y los fantasmas que la habitan. Estuvo en remodelación algunos años. Quedó perfecta tanto para nosotros como para recibir a las visitas que siempre teníamos mis hijos y yo. Todos los días eran una fiesta.

Welcome to the Hotel California

such a loveley place

such a lovely face

plenty of room at the Hotel California

any time of year you can find it here

Como en casa azul. La llamo así porque decidí pintarla de color azul colonial, aun cuando las propiedades colindantes tenían  colores pálidos. Así se acostumbraba en ese tiempo. Recibí quejas de algunos vecinos, pero por supuesto no me importó. Casi nunca me importa la opinión o las críticas de los demás.

Volviendo al tema de mis hijos, no sé si logré hacerlos felices, pero lo intenté.

Crecieron, se fueron a viajar, a estudiar a otros lugares, se mudaron a sus propios espacios, se casaron o decidieron vivir con alguien, etc., pero nunca he dejado de apoyarlos. Luego nacieron mis dos nietas y como desde un principio la relación de sus papás fue muy tormentosa, se quedaron a vivir conmigo. Me ayudó a criarlas David, el pintor que represento desde hace casi 25 años y que en ese entonces también vivía con nosotros. Hasta la fecha ha sido como un padre para ellas.

Y bueno, con respecto a mi casa, va a pensar que estoy loca, doctor, pero con ella me sucede lo mismo que pasa en el Hotel California:

You can checkout any time you like

But you can never leave

Porque por más que lo he intentado, no me puedo ir de ahí.

-Dígame, ¿estoy para el manicomio?

¡Uy, ya se acabó el tiempo! dijo, mientras se incorporaba.

A modo de despedida mencionó: Me contesta la próxima semana.

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