SANTUARIO DE ARANZAZÚ — Un tesoro del arte y la arquitectura vasca

Por: María Fernanda Trinidad Hernández

misc_feb_01

Por largos años, los santuarios e iglesias de todo el mundo han tenido que seguir una misma línea que obedece a la religión y sus reglas, y quizá existan lugares que rompan con lo tradicional y que reten las costumbres conservadoras, sobre todo en el siglo en el que nos encontramos y por la libertad que se ha generado en relación con la iglesia. Pero existe un lugar, que más allá de cuestionar a la religión, desafía tanto a la arquitectura clásica como al arte sagrado.

Este lugar, ubicado en el pueblo de Oñate, en el País Vasco, se presenta como un espacio sagrado “moderno”, ya que se compone de la fusión entre lo religioso y lo artístico. El Santuario de Aranzazú es el resultado de la evolución en el pensamiento de un colectivo de artistas españoles, entorno al arte y a la arquitectura religiosa que llevaría consigo una nueva era en estas dos ramas y un sinfín de críticas y censuras. 

El Santuario de Nuestra Señora de Aranzazú, nombrado por muchos estudiosos del arte como “la enciclopedia de arte vasco”,  es un santuario católico que responde a la orden de los franciscanos y que rompe todo el esquema de un espacio tradicional religioso.

misc_feb_02

Este santuario fue levantado a partir del encuentro que tuvo el pastor Rodrigo de Balanzategui, en el año de 1469, cuando encontró una estatua de la Virgen rodeada por un rosal florecido.

El Pueblo de Oñate, lugar donde se encuentra este moderno y hermoso santuario, lo interpretó como algo divino y decidieron construir una ermita. Una vez construida, los nobles de Oñate decidieron formar una Cofradía, que al inicio, solamente la constituía la gente más importante del pueblo. 

Pero la historia de ésta iglesia no se compone solamente de su construcción, sino que durante años se rodearía de un entorno político que influiría en su desarrollo y cambio. 

En 1950, España, aún bajo el régimen de Francisco Franco, se encontraba cerrada en sí misma, sin relaciones internacionales. Es en el año siguiente, 1951, cuando Estados Unidos busca a España porque necesitaban instalar bases militares en el país. Es aquí donde el gobierno de Franco cede un poco y se logra la apertura que permitió que tanto el arte como la arquitectura tomaran un camino un tanto diferente, convirtiendo a la ermita de Aranzazú, como el espacio religioso más vanguardista. 

misc_feb_03

En 1950, los arquitectos Luis Laorga y Francisco Javier Sáenz de Oiza, seleccionados en un concurso para la realización de un nuevo proyecto en torno al templo sagrado, tienen entonces la posibilidad de modificar los planos y de realizar una propuesta que revolucionaría en distintos ámbitos, tanto en lo político, artístico y social. 

En el mismo año, a este proyecto se unen los escultores, Jorge de Oteiza, quién se encargaría de la fachada de la basílica, y Eduardo Chillida, quién realizaría el diseño de las puertas principales. Más tarde, en 1960, se uniría al equipo de artistas, Lucio Muñoz, quien tendría la responsabilidad de crear el hermoso retablo de este santuario, así como el pintor Néstor Basterretxea, quién realizaría los murales que actualmente adornan la cripta. Los impactantes vitrales, correrían en manos de un franciscano de la casa, Fray Javier María de Eulate. 

Para 1962, Lucio Muñoz, con ayuda del escultor Julio López y del pintor Joaquín Ramos, se unieron al proyecto para la creación del inmenso ábside; el cual, en un principio estuvo en manos de Carlos Pascual de Lara, quien falleció en el proceso. Todo este equipo de artistas talentosos daría inicio a la modernidad de la arquitectura vasca durante el franquismo. 

misc_feb_04

El proyecto de renovación de la iglesia de Aranzazú fue interrumpido por órdenes del régimen franquista y de la iglesia, ya que se creía que el proyecto había sufrido una influencia negativa de las corrientes modernistas. 

Al llegar al Santuario de Aranazazú, nos recibe una imponente estructura que resalta dentro del paisaje montañoso. La fachada cubierta de piedra en forma de espinas enmarca a “los catorce apóstoles de Oteiza”, que como cuenta la historia, son catorce porque si la gente no se sentía identificada con los doce apóstoles tradicionales, Oteiza ofrecía dos opciones más. Debajo de los apóstoles nos encontramos con unas puertas de acero, las cuales, según Eduardo Chillida, te dirigen hacia el centro del mundo; por esto, y de una forma un tanto extraña y que ha generado confusión entre los creyentes y la iglesia, fueron nombradas como “las puertas del infierno”.

Al atravesar esas puertas, el silencio es sepulcral y la magnitud del santuario nos dirige al impactante retablo el cual cubre a una sola figura religiosa, la Virgen de Aranzazú.

El retablo a lo lejos parecería que es una piedra inmensa labrada, pero al acercarse a mirarlo con detenimiento, nos sorprende aún más al darnos cuenta que el trabajo realizado por los artistas ha sido en madera, la cual muestra  tallados y otros en tonos azul-verdoso que dan a este espacio una razón más para ser recordado.

misc_feb_05

Al salir de la basílica, se localizan unas escaleras que al bajarlas te conducen a la obra de Basterretxea, que quizá ha sido la más arriesgada en su trayectoria. La cripta se adorna con 18 murales en tonos más cálidos que fríos; estos murales muestran la creación del universo, la confusión del hombre ante la naturaleza y sus fenómenos, y el nacimiento de los mitos.

Los colores y el uso de las formas recuerdan un poco a una cripta como se entiende y se vive tradicionalmente. Este espacio impacta el sentido de la vista, provocando que uno al contemplar cada mural se olvide de la verdadera función del espacio, hasta que se encuentra al fondo con una imagen igualmente inusual de un Cristo en tonos rojos. 

El Santuario de Aranzazú enmarca toda una época de transición en el arte y en la arquitectura, convirtiendo a este lugar en un referente del cambio tanto en lo político como en lo social, cultural y religioso de la época.