LA LLAVE

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

llave_marzo_02Una de las puertas traseras que probablemente conduciría a una bodega, cedió ante su embate. Entró con sigilo, cuidando que nadie lo viera, aunque sabía que era poco probable pues la edificación estaba en medio de la nada. Unos días atrás, cuando su coche se quedó sin gasolina y mientras esperaba la grúa, descubrió aquel palacete abandonado que no se veía desde la carretera. Había que internarse un poco en el bosquecillo para descubrirlo. Le llamó la atención su señorío y majestuosidad y decidió que regresaría a explorarlo el siguiente viernes. Tendría que llevar algunas herramientas para romper el enorme candado o la cadena que cerraban la herrumbrada reja.

Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando estacionó el vehículo justo enfrente de la verja. La construcción estaba circundada por los que debieron haber sido unos jardines impresionantes, según atestiguaban los laberintos de arbustos que secos aún permanecían. Frente a la entrada principal estaba una fuente de mármol en donde unos delfines, ahora resquebrajados, esperaban que volviera a fluir el agua de sus bocas. La maleza había respetado la fachada principal y sólo cubría la parte posterior de la edificación. Más allá  estaba una pérgola cubierta por hiedra, una capilla, las caballerizas y un pabellón en ruinas, que por su austeridad debió de haber sido el ala de servicio. Se dijo que después regresaría a revisarlos.

La habitación era la despensa. Lo invadió un irrespirable aroma a podrido y humedad. En el piso y sobre mesas estaban cajas con verduras y frutas ahora secas. De unos ganchos que descendían del techo, colgaban patos y perdices ya disecados. En los anaqueles había frascos con todo tipo de conservas, aceites y otros con lo que parecía ser mantequilla o manteca y hierbas de todo tipo. Por instinto buscó el interruptor de luz y para su sorpresa, la habitación se iluminó, también abrió el grifo de una pileta y salió agua turbia. Siguió avanzando. Del lado derecho había una escalera que con seguridad llevaría al segundo piso donde, pensó, se encontrarían las habitaciones. Continuó su exploración. Sin detenerse pasó por la cocina, luego a un pasillo que desembocaba en otras habitaciones y a un amplísimo comedor. Entró. Lo primero que llamó su atención fue un enorme candil con pantallas en forma de pájaros e innumerables bombillas. Al encenderla irradió la hermosa habitación. Las paredes estaban cubiertas por frescos de escenas bucólicas, exceptuando una que tenía un espejo biselado. El estucado del techo era impresionante. Ventanales franceses ahora cerrados, daban hacia el porche que dominaba los jardines. Las cortinas eran de terciopelo color damasco, adornadas con borlas de hilo de oro. En cada esquina estaban unos pedestales de mármol con jarrones chinos repletos de arreglos florales, ahora marchitos. Los muebles eran de madera obscura tallada. Contó veinticuatro sillas. La mesa se encontraba perfectamente dispuesta: vajilla de Limoges con un escudo impreso, copas de cristal de baccarat y cubiertos de plata. Recorrió varias veces la habitación observando con cuidado todos los objetos, hasta que algo, debajo de la mesa, llamó su atención. Se agachó para recoger una llave grande en forma de gárgola, que pendía de una cadena dorada. El vástago lo formaban sus garras. Se preguntó qué cerradura abriría esa llave tan singular. Movido por la curiosidad empezó a introducirla en las puertas de la habitación y en los muebles que tenían alguna chapa. No coincidió con ninguna. Entonces se dirigió a un amplio vestíbulo y fue probando cada una de las cerraduras de los aposentos que daban a éste. Tampoco tuvo suerte, ni con las puertas ni con los enseres que había en ellas. Mientras hacía el recorrido, varias veces sintió que ya había estado antes en el palacete.

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La noche hizo su aparición y las sombras se apoderaron del lugar. Dudó en encender las luces pues no quería que desde la carretera alguien se diera cuenta, pero tuvo que hacerlo pues su linterna se había quedado sin batería. Subió al segundo piso por la escalera principal. También ahí probó la llave en puertas y moblaje sin ningún éxito. Ni siquiera se detuvo a admirar la belleza del decorado de cada habitación. Había decidido no irse hasta encontrar qué o dónde abría la llave. Subió al tercer piso. Ahí estaba un solario, el cuarto de costura, dos baños, un salón infantil de juegos  y otro más pequeño, que por el contenido, imaginó que ahí se habían impartido clases. Tampoco obtuvo resultado. Estaba molesto, cansado y tenía hambre. Se sentó en uno de los pupitres y empezó a cabecear. Ya casi a punto de quedar dormido, se fijó en que el pizarrón tenía un extraño orificio en la esquina superior del lado derecho. Se levantó tan rápido que tiró la banca y el estrépito resonó por todo el lugar. Le temblaban las manos. Introdujo la llave y para su sorpresa encajó perfectamente. Con esfuerzo, logró mover el pizarrón hacia adelante, como si fuera una puerta. Los goznes chirriaron. Tuvo que impulsarse para pasar a la cámara que estaba detrás. La obscuridad era total. Tanteó en las paredes de los lados pero no había ningún interruptor de luz.  Recordó haber visto unas velas en el cuarto de costura y fue por ellas. Ya de regreso, las encendió. El entorno parecía haber sido sacado de un sueño surrealista pues estaba cubierto por espejos en su totalidad. De éstos, fluían cascadas de agua de colores que emitían un sonido indescifrable pero calmante. Las estrellas del techo, al recibir la luz de las velas, iluminaron la habitación al reflejarse en los espejos. En el centro, una mesa perfectamente dispuesta con fuentes que despedían olores deliciosos parecía estar esperando a los comensales. Flotaba un aroma a nomeolvides. Con sigilo recorrió el sitio, palpando los espejos en busca de alguna puerta oculta. Al fondo del salón, encontró una. Ésta se deslizó sin hacer ruido. Se apresuró a pasarla y para su sorpresa, no había piso. Tuvo angustia y miedo cuando empezó a caer muy lentamente. Por más que trataba de asirse a algo, no había nada en derredor.  Se encontraba en un pozo obscuro sin fondo. Después de un lapso que le pareció interminable, sintió que caía sobre algo blando. Despertó con sobresaltado. Estaba sobre su cama.