A dónde va una patria dividida…

Por: Juan Danell Sánchez

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Se antoja absurdo pretender el reconocimiento anticipado de la historia, como transformador de una sociedad que está empantanada en la ignorancia, la apatía e inconciencia social –situación aderezada con los profundos rezagos en su desarrollo  económico y político–; con un discurso tan pobre, mediocre e inquisidor que se centra en dividir a la sociedad a rajatabla en buenos y malos con base en los criterios refraneros (por decirlo en el mismo lenguaje discursivo), de ver la paja en el ojo ajeno y negar la viga que se tiene en el propio.

Y si bien es cierto que las sociedades no son homogéneas por sí mismas, porque el pensamiento mismo tampoco es, ni podrá ser lineal, también lo es que el Estado y los gobiernos tengan en la función y obligación la de fomentar y mantener la cohesión social sin violentar los derechos a la libertad de pensamiento y expresión de las ideas, toda vez que esto constituye el debate mediante el cual se puede nutrir y alimentar la conformación de un orden equilibrado en la convivencia de la sociedad con pleno respeto a la justicia y felicidad a que todo ciudadano tiene derecho.

Repetir día con día el discurso cargado de encono y aludir a una elocuencia que sólo existe en la intención del orador que se presume protagonista único de la “realidad buena” y sataniza todo aquello que le estorba o evidencia sus limitaciones, calificándolo como el lado oscuro, malo, al que tienen que combatir los buenos, y no ser él, el que lo haga, puesto que tiene el poder del gobierno y cuenta con la maquinaria y los recursos necesarios para hacerlo, crea un proceso de fragmentación de la sociedad que será muy difícil revertir una vez que pasen las calenturas del transformador.

Y el peligro de esto es mayor porque el predicador mañanero, azuza a la masa que sea quien “haga justicia” con propia mano, sin importar que esa masa humana carezca de los elementos más básicos, materiales e intelectuales, para realizar esa tarea.

Y así las mañanas del poder de gobernar, se transforman en lamentos, acusaciones y un permanente atizar a los demonios más rezagados de la sociedad, con la firme convicción de que a través de esa estrategia se alcanzará la eternización en la conducción de los destinos de México.

pasaporte_marzo_02En ese discurso aflora la inconsistencia para combatir con acciones reales, tangibles, lo que tanto se pregona que es la corrupción que carcome todas las estructuras gubernamentales y de la propia sociedad desde que el país existe como tal, y no desde los últimos seis sexenios, como se presume. Pero, además, esa situación revitaliza el clima de impunidad y simulación en que se han desenvuelto los gobiernos, sin importar sus colores partidarios.

Y en todo esto se han diluido los temas que revisten la mayor importancia en la agenda nacional, como la pobreza, la alimentación y el desempleo que son lastre histórico de México al que los gobiernos, todos sin excepción, se han comprometido a erradicar y han fracasado, y esto por una simple razón: porque nunca han abordado esa problemática, como tampoco se hace actualmente, desde la perspectiva adecuada. Es decir, de la realidad.

El número de pobres aumenta sexenio con sexenio, porque la concentración de la riqueza aumenta, y eso es un indicador claro de que la distribución de ésta cada vez es más precaria. Con la pobreza crece la malnutrición no sólo por la limitación económica para adquirir los productos básicos, sino porque la producción de alimentos en el país también ha caído y se ha privilegiado la importación de los mismos, toda vez que ello representa el gran negocio de unas cuantas empresas confabuladas con los gobiernos.

La falta de empleo no sólo es producto del relajamiento de las leyes laborales y políticas públicas que lo combatan, sino de la ceguera y desmedida ambición de los empresarios que sólo ven por sus intereses de obtener la mayor ganancia al menor costo.

Es absurdo que en un país como México, donde existen más 35 millones de hectáreas cultivables, alrededor de cien millones de hectáreas para practicar la ganadería, más de once mil kilómetros de litoral, 70 millones de hectáreas con potencial minero, anualmente recibe 1,488 miles de millones de metros cúbicos de agua en forma de lluvia, y más de 50 millones de hectáreas de selvas y bosques con una biodiversidad de las más importantes del mundo; prevalezcan índices como la importación de alrededor de 60 por ciento de los alimentos que se consumen, que uno de cada diez mexicanos presente desnutrición, que de 54 millones de personas que conforman la población económicamente activa, sólo 36 millones sean asalariados y del resto se cuenten 2.5 millones que no reciben pago por su trabajo.

Más allá de estos números y estadísticas que pudieran revelar la tragedia económica de México, acumulada y sostenida a lo largo de la historia del país y que vista hacia el futuro inmediato implica una mayor polarización de la sociedad, en lo que fundamentalmente el discurso del Gobierno en funciones actúa como combustible en hoguera apocalíptica; está la inexistencia de un proyecto de nación que impulse la producción y el crecimiento de manera consistente, con pasos firmes, planificados y organizados, de tal suerte que se fortalezca de manera integral y equilibrada.