Oswaldo Zavala, autor de ¿Los cárteles no existen?

Por: Patricio Cortes / Fotografía Mario Torres

periodista_marzo_01Un libro que está levantando controversia en diversos sectores es Los cárteles no existen. Narcotráfico y cultura en México, donde Oswaldo Zavala pone en duda el discurso oficial que habla de aquellos poderosos señores de la droga.

Entrevistamos al periodista y profesor de The College of Staten Island y en The Graduate Center, City University of New York, quien nos comenta sobre el título de su obra: “Uno pensaría que es como una provocación insólita, pero es una frase que de hecho ha sido dicha muchas veces antes y no soy el primero que lo piensa, quien me lo enseñó a mi fueron los periodistas en Ciudad Juárez, yo tuve la suerte de trabajar ahí en los noventa y mi jefe de redacción Ignacio Alvarado fue el primero que me dijo eso, que los cárteles no existen, ‘no vamos a hablar de cárteles, porque es hablar de lo que dice el gobierno que está pasando’. Los cárteles no son esa organización poderosa o súper armada con ramificaciones en todo el mundo que lava dinero por el sistema financiero global, en realidad son grupos de traficantes que desde luego son un problema para la gobernabilidad mexicana, pero no son un problema de seguridad nacional, sin duda son peligrosos, son delincuentes, pero no ameritan la militarización que nos hicieron sufrir durante los años de Calderón y de Peña Nieto”.

Expone: “Tenemos que recordar que mucha de la violencia en México es el producto del Estado neoliberal, del proceso que transformó las instituciones de Estado en nuestro país desde los años ochenta nos hemos embarcado en esta ideología estadounidense de reducir el Estado, de precarizar la vida, de no permitir que tengamos una buena educación, que tengamos un sistema asistencial digno, que el salario mínimo es una porquería, que no se respeten los derechos laborales y esto ha desencadenado una violencia, un reclamo social de injusticia, claro que esto produce pandillas, extorsión, tráfico de drogas, pero esto no vamos a resolverlo a balazos como pide siempre el Estado liberal ‘militarizó y mató’, sino reconstruyendo un Estado de bienestar, es ir apostando por una reforma de Estado que nos saque de la injusticia social, que mejore la calidad de vida del ciudadano promedio y ayude a combatir la pobreza y que termine con la enorme corrupción del país”.

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La sabiduría popular dice que el mayor éxito del diablo es convencernos de que no existe, por consiguiente cuestiono al autor sobre si no estará provocando dicho fenómeno y refuta: “Esa ha sido la consigna desde el gobierno, haciéndonos pensar que ellos no son el diablo. El gobierno neoliberal construyó enemigos, estos fantasmas, estos hombres y organizaciones que (supuestamente) amenazaban la seguridad nacional, precisamente para que tú no vieras dónde realmente estaban los problemas. Si piensas en un lugar como Tamaulipas y crees que el principal problema es el tráfico de drogas, que los zetas son los que realmente controlan esa región, te tendrías que preguntar al mismo tiempo ¿cómo fue posible que mientras descabezaban gente, despoblaban ejidos enteros, al mismo tiempo el gobierno de Peña Nieto construyera el mayor oleoducto en la historia de la infraestructura energética de México? Es decir, ¿cómo es posible que un estado tomado por narcotraficantes se haga a un lado para que pase el extractivismo, para que lleguen los ingenieros de las transnacionales y empiecen la exploración del gas Sherel?, ¿cómo es posible que en todas las zonas de violencia del país siempre hay un proceso de extracción de recursos naturales? Guerrero, minería; Baja California, gas natural, petróleo; Tamaulipas, lo mismo; Chihuahua, mismo, el Valle de Juárez tiene una de las reservas de gas natural más potentes del norte también, y es ahí donde otra vez los carteles están peleando y llega un ejército federal no de traficantes, a ocupar. Es lo que tenemos que pensar, el diablo no es el traficante, es la clase político-empresarial, que se disfrazó de narcos en las calles para tomarlas”.

Advierte que colocar en el imaginario al narcotraficante como enemigo permite la justificación de dos cosas:

– “Primero del gasto enorme militar que se ha hecho sobre todo desde el sexenio de Fox en adelante, donde se duplicó el tamaño del Ejército y la Policía Federal. Entonces, tú te debes preguntar: cómo es que teniendo el ejército y las policías más potentes de nuestra historia, unos señores de Sinaloa van a poner en jaque al país, las fuerzas especiales de la Marina puede barrer una ciudad entera”.

– “La figura del narco justifica la acción militar, es decir, llega el Ejército hay una matanza de treinta personas y ¿qué dice el discurso oficial?, ‘los narcos se pelearon por la plaza, el Ejército en todo caso vino a combatirlos”.

El texto en cuestión no es producto de la improvisación, el autor refiere: “Es resultado de estas intuiciones que yo tuve en el periodismo gracias a estos mentores que te comentaba en mi trabajo de cinco años como reportero en Ciudad Juárez,  después trabajé como corresponsal de la Revista Proceso en Washington, me fui formando esta idea crítica siguiendo el trabajo de periodistas valientes como Ignacio Alvarado, Dawn Paley y Federico Mastrogiovanni, también académicos muy serios que han avanzado en la misma dirección como Luis Astorga, Fernando Escalante Gonzales. Entonces, gracias al trabajo de este pequeño colectivo, es que yo he podido formularme un discurso crítico para pensar cómo es que llegamos a creer en el discurso oficial en la explicación oficial, como es que nos comimos el cuento de que los traficantes de droga controlaban el país y son ellos los causantes de la violencia. Este libro es un ejercicio crítico para descolonizarnos, para salirnos de ese discurso y pensar quiénes son los culpables de esta violencia, ¿Los traficantes de Sinaloa que no terminaron primaria y que terminan en la cárcel o los presidentes que coordinan la militarización y desatan una matanza por todos los rincones del país?”.

La pregunta siguiente es si los periodistas hemos trabajado de tontos útiles y su opinión no es halagadora: “Claro sí, yo creo que mucho del periodismo mexicano ha sido seducido por la narrativa del narcotráfico, por varias razones, primero porque no cuidan muchos de los periodistas su proximidad con la fuente oficial, se acercan demasiado, dejan que la historia que se cuente pase críticamente a una nota, vas y reporteas una balacera y te dice el vocero de la policía estatal, “mira, son los templarios que se están disputando con las autodefensas”, entonces hubo una guerra entre pandillas y dices ¡ah bueno!. Eso pasó en muchas de las redacciones del país, pero pasó sobre todo entre los periodistas más respetados y supuestamente más críticos, como Anabel Hernández, como Diego Osorno, como Alejandro Almazán y el problema con ellos es que no solo reproducen lo que dice el gobierno, sino que al publicarlo como periodismo crítico lo legitiman, es decir, lo convierten en realidad, si tú dices que cada balacera, cada levantón tiene que ver con un ajuste de cuentas, es lo que la gente cree”.

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Acota que el tema va más allá del conspiracionismo: “Estoy hablando de un discurso que organizada y activamente se construye desde instituciones oficiales, y se va diseminando gradualmente, de una manera muy consistente entre los medios de comunicación, que cuando lo recibe la gente, el conductor de televisión, el que hace un narcocorrido, el que está escribiendo el guión de un programa de televisión, lo recibe espontáneamente, yo no hablo de una conspiración, hablo de hegemonías culturales, de una relación ya espontánea, natural, que tememos ya con esa imaginación fantasiosa del narco, al historizarla, es decir, al hacer una historia del narco, podemos saber que su origen no es algo real, no es que estábamos hablando de cárteles de verdad, el gobierno empezó a hablar de cárteles y nosotros creímos. Eso a partir de una larga cadena repetida a partir de productos culturales”.

“No niego que haya traficantes, lo que digo es que hemos comprendido mal de dónde viene esta violencia. Tendríamos que entender que nuestro principal problema de los últimos dos gobiernos no fueron unos traficantes de Sinaloa sino nuestra propia clase política, nuestros gobernantes y las elites empresariales que se aprovecharon de ese discurso”.