La Güera Rodríguez, una mujer adelantada a su tiempo

Por: Arturo Ríos Ruiz

personajes_abril_01María Ignacia Rodríguez de Velasco, que pocos conocen por su nombre de pila, más sí por el que la historia le dejó, “La Güera Rodríguez”, fue una mujer singular, adelantada para su tiempo, cuyo nombre quedó plasmado en su conducta, pues domina en la historia para los tiempos que vivió, pegajoso apodo, más que su indiscutible belleza.

Esposos cuyos nombres están prácticamente sepultados, amantes famosos cuya actuación en el pasado los ha hecho eternos aparte por su relación con La Güera… Hasta Miguel Hidalgo aparece entre sus amistades y se dice, que aportó dinero para la Independencia. No faltan los maliciosos que aseveran que tuvieron que ver. De ese tamaño, es su fama.

Fue hija de Antonio Rodríguez de Velasco y María Ignacia Osorio Barba y Bello Pereyra. María Ignacia creció en el ambiente de alta sociedad. Desde joven destacó por su belleza, inteligencia, bondad y carisma.

Cuenta Antonio del Valle Arizpe: “Doña Ignacia canta, danza con facilidad y destreza admirables, tiene dulce parlar, mímica expresiva y mil otras cualidades que sería superfluo enumerar”. María Ignacia, manejaba la pluma con la misma soltura que cantaba y tocaba la guitarra. Esa era la personalidad de La Güera.

En 1794 casó con José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil. Nacieron cuatro hijos, en tanto que el 4 de julio de 1802, acusó a su esposo de intento de asesinato, la golpeó y quiso disparar presa de los celos; él acusaba a su esposa de tener amantes. El marido falleció en 1805 antes de declarar nulo el matrimonio.

Volvió a casarse con Mariano Briones, un anciano inmensamente rico. Fortuna que heredó María Ignacia meses después de la boda al quedar viuda. Vino el tercero, con Manuel de Elizalde, con quien permaneció hasta su muerte. Elizalde soportó sus devaneos y al fallecer Ignacia, abrazó la vida sacerdotal.

María Ignacia, financió la insurgencia, fue acusada de herejía por defender la independencia y por su trato con el cura Miguel Hidalgo y Costilla, llevada ante el tribunal de la Santa Inquisición, el 22 de marzo de 1811, donde también le acusó el obispo Juan Sáenz de Mañozca, de inclinación al adulterio.

Después de su audiencia, el Virrey Francisco Javier de Lizana y Beaumont. la exilió a Querétaro por un corto tiempo. Se levantaron por falta de pruebas, Ella expuso- en su defensa la moralidad y orientación sexual del inquisidor.

La relación entre doña María Ignacia y el joven Simón Bolívar, a quien llamaba “mi caraqueñito”, por Caracas, el jovencito de poco más de 15 años, comenzó cuando llegó a la Nueva España en el “Buque San Ildefonso”. Fue un tórrido romance, apenas entró al mundo del amor carnal antes de continuar a Europa. Después de haber pasado poco tiempo en la ciudad virreinal, Bolívar fue expulsado de México por el virrey José Miguel de Azanza, por expresar públicamente ideas libertarias y nunca volvieron a verse. Expulsado el “caraqueñito”, a Ignacia, durante mucho tiempo la pena le desgarró el alma.        

El Barón Alexander Von Humboldt, llegó el 11 de abril de 1803 a México proveniente de América del Sur y se dirigió a Estados Unidos. Tenía 34 años de edad, serio, callado, siempre estaba pensativo en sus aspectos científicos, incluso era muy huraño. 

Humboldt, fue a visitar a la mamá de La Güera Rodríguez, ya que se enteró que la señora tenía cochinillas y el alemán estudioso se interesó en el insecto. Le pidió permiso para acudir a su propiedad donde se cultivaban.

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“Nosotros lo llevamos” se escuchó una voz femenina y al voltear, el teutón se quedó petrificado ante la belleza de la María Ignacia Rodríguez de Velasco, “La Güera Rodríguez” que lo veía con el dominio de su hermosura.

Desde entonces Von Humboldt, se olvidó de sus estudios, andaba con La Güera, en todos lados, los aparatos de sus profesiones, animales y muestras estaban olvidados: él vivía para la dama.

La relación fue más que formal, un día, repleta la plaza de la más fina sociedad de la Nueva España, bulliciosa y alharaquienta. “Allí se encontraba el barón de Humboldt del brazo de María Ignacia llena del destello de joyas y derrochando sus mejores palabras”, mientras el sabio resaltaba el mérito y belleza de la estatua, sin distraer la atención de la “perspicaz y bella mujer”.

La Duquesa Calderón de la Barca, escribió: “Alexander Von Humboldt, dijo que Ignacia, La Güera Rodríguez, es la mujer más hermosa que haya visto en todos mis viajes; pero la admiro más por su inteligencia que por su belleza”.

Incluso, tal vez, producto de su amor por La Güera, Humboldt, dijo cierta vez que se establecería en México, que la ciudad lo había conquistado. Siempre del brazo de ella, Humboldt alababa a México, calificó al palacio de Minería y sus enseñanzas como de las mejores del mundo, el Jardín Botánico y Bellas Artes…Y, la estatua de Manuel Tolsá, el famoso Caballito”, elogió a su amigo, el escultor de aquella época.

La Güera Rodríguez, la belleza de aquel México, le cambio el carácter agrio a la alegría, al famoso científico que dejó huella en varias partes del mundo.

Humboldt, debía irse, tenía una misión que aún no cumplía para su país; salió de Veracruz rumbo a Europa, y se sabe que siempre recordó a la Güera con tristeza que se dibujaba en su rostro… ¡La amó!

La Güera tenía mucha experiencia en los juegos de poder que adquirió en la corte del Virreinato, fue una mujer notoria, en una época en que la única opción de las mujeres era la casa o el convento.            

María Ignacia se comportaba más como una aristócrata ilustrada que como una intelectual, preocupada antes que nada por la felicidad. María Ignacia, La Güera, no solo inspiraba el deseo carnal de los hombres, también fue exaltada en una imagen sacra para ser venerada como la Purísima Concepción, por uno de los escultores más prominentes, Manuel Tolsá. Figura en madera tallada y policromada, al estilo rococó que en la Iglesia de La Profesa.

En ese lugar, se llevaron a cabo reuniones secretas de un grupo de miembros del alto clero, nobles, ricos propietarios, algunos oidores y militares; todos fieles partidarios del absolutismo, a ese círculo también acudía La Güera Rodríguez. La Profesa, lugar donde se ideó proclamar la Independencia y una vez libre la Nueva España se ofrecería su gobierno a un infante español, que gobernaría como soberano absoluto.

Queda claro que la “La Güera, fue una mujer adelantada a su tiempo, siempre contrastó su manera de ser ante todos, las mujeres se sonrojaban ante ella y los hombres, la deseaban.

Su extrema libertad y mucho de notoriedad, la llevó a encargar un retrato de ella desnuda de medio cuerpo, siguiendo la moda adoptada por otras mujeres de finales del siglo XVIII europeo, como la maja desnuda pintada por Francisco de Goya como Dios la trajo al mundo.

Ignacia contrató al reconocido artista de la época colonial Francisco Rodríguez famoso por sus ceras: retrato que le hizo ganar una segunda acusación ante el comisario de la Santa Inquisición Juan Bautista Calvillo, por el conde de Santa María de Guadalupe del Peñasco de acuerdo Artemio del Valle Arizpe.

Cuando Agustín de Iturbide entabla amistad y relaciones con doña María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba se les veía juntos por toda la ciudad presos de amor, dice el descendiente de La Güera Rodríguez, don Manuel Romero de Terreros y Vinent, marqués de San Francisco:

“Contrajo, Iturbide, trato ilícito con una señora principal de México, con reputación de preciosa rubia, de seductora hermosura llena de gracia, de hechizo y de talento, y tan dotada de un vivo ingenio para toda intriga y travesura, que su vida hará época en la crónica escandalosa del Anáhuac.

Hechizó a Iturbide, lo cegó hasta cometer la mayor bajeza de un marido; para divorciarse de su esposa, fingió una carta, hay algunos dicen que el mismo la escribió, falseando la letra y firma de su señora que escribía a uno de sus amantes; lo presentó Iturbide solicitando el divorcio, el que consiguió, haciendo encerrar a su propia mujer en el convento de San Juan de la Penitencia”.

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El escritor Artemio del Valle Arizpe relata: “Una vez proclamada la Independencia se llamaría a Fernando VII para ocupar el trono, pero que si este no se presentaba personalmente en México a jurar la Constitución que habían de dictar unas cortes, serian sucesivamente llamados los infantes sus hermanos y, a falta de estos serenísimos señores, el archiduque Carlos de Austria u otro individuo de casa reinante a quien eligiese el futuro consejo”. Al rey se le dificulta venir a México y así se nombra emperador a Iturbide.

El emperador tuvo como consejera política a La Güera, sin descuidar la parte sentimental que los unía: las cartas que le enviaba, las firmaba Agustín con el seudónimo femenino de Damiana.     

La Güera Rodríguez, fue el enlace entre Iturbide, el virrey Juan Ruíz de Apodaca y unos emisarios secretos llegados de España para negociar la Independencia de México.

Firmado el Tratado de Córdoba y a la entrada  del Ejercito Trigarante, Ignacia pidió a su amado pasar frente a su casa, cerca de la iglesia de La Profesa, vestido como jefe del ejército; Agustín bajaría del caballo, entraría al jardín, cortó una rosa blanca, subió al balcón y de rodillas le entregò la rosa y una pluma tricolor que adornaban su sombrero, ella la tomó con delicada finura entre el índice y el pulgar, y con cínico descaro se la pasó por el rostro varias veces, lenta y suavemente, acariciándoselo con voluptuosa delectación.

La Güera Rodríguez, fue una dama única, su forma de ser, aún asombraría en esta época que ya nada asusta; ella sería igual de famosa y admirada mujer.

Fuentes:

Historia.com, La Güera Rodríguez de Artemio del Valle Arizpe, Apunte de la Dama, Viajera, Fanny Calderón de la Barca, Retrato de Medio Cuerpo de Alberto Venegas Pérez 12 de Julio de 2010.