Y SE LLAMABA ADELA

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

adela_abril_01No la conocí. Dicen que me parezco a ella, sobre todo en los ojos, pero yo creo que soy más parecida a doña Mercedes, mi abuela materna.

Era el año de 1913. Adela tenía 14 años, aunque parecía mayor. No obstante hiciera mucho calor o estuviera nevando, acostumbraba ir todas las mañanas a misa de siete acompañada por Genoveva, su nana y por las tardes al rosario. Sus hermanas Dora y Margarita la molestaban pues nunca iba a fiestas o reuniones. Ni siquiera al teatro. Le decían que se iba a convertir en monja y que sería un gran desperdicio porque era la más bonita de la familia. Que tal vez estaba enamorada de su maestro de piano, aunque éste fuera un viejito. Y se reían. Adela nunca les contestaba.

Una tarde, al salir de Catedral su vida cambió. Ella y su nana se dirigieron a la Plaza de Armas para repartir entre los indigentes el dinero que le daba su papá. Había estado lloviendo agua nieve y se resbaló. Fue a caer a los pies de un militar, quien se apresuró a ayudarla. Muy caballeroso, se presentó. Se llamaba Abelardo. Era coronel del ejército federal. Había llegado a la ciudad la noche anterior, con la consigna de restaurar la paz social, ya que debido al levantamiento de Venustiano Carranza y la adhesión de Francisco Villa al Plan de Guadalupe, los hacendados, empresarios y mineros,  demandaron apoyo y protección al presidente Huerta.

Fue amor instantáneo. Con la complicidad de Genoveva, todas las tardes se veían en la casa de huéspedes en donde Abelardo había rentado una habitación. Él lograba introducirla haciendo que uno de sus adjuntos entretuviera a la dueña, que era viuda, ya que por la posición social de la familia de Adela, por ningún motivo sería conveniente que la viera. Esa situación se prolongó por espacio de casi seis meses.

Faltaban seis días para que cumpliera quince años y sus padres estaban organizando una gran fiesta para celebrarlo. Doña Magdalena entró a su habitación muy temprano, para decirle que después de misa iban a ir todas con la modista para la prueba final de los vestidos. Para su sorpresa, la encontró todavía acostada. Estaba pálida y muy mareada. Tanto, que no podía levantarse. La señora ordenó a Genoveva que le preparara un té de manzanilla y le pidió a la jovencita que permaneciera en cama hasta que se sintiera mejor. Todo el día permaneció en cama, pero a las cinco de la tarde se bañó y se arregló para ir al rosario, esperando encontrarse con Abelardo.

Casi sin aliento llegó a la Plaza de Armas pero el coronel no estaba. Desesperada y con su nana siguiéndole los pasos, se presentó en la casa de huéspedes. Preguntó a la casera por Abelardo. Ésta la miró burlona y le preguntó para qué quería saber. Fue Genoveva la que respondió que Adela era la prometida del coronel Garza. –Pues no ha de serlo, respondió la mujer. Si lo fuera, entonces él se habría despedido de su prometida.

Anoche recibió órdenes de trasladarse a otro lado para sofocar una revuelta. Dijo que no podía decir a dónde iba ni si volvería a Chihuahua, así que… al momento de decir esto, abrió la puerta para que se marcharan.

adela_abril_02La muchacha se sintió traicionada. Desde esa tarde no volvió a salir de su habitación. Pidió que cancelaran la fiesta. Como se negaba a comer, llamaron al doctor Ramírez que era quien desde siempre había atendido a la familia. Adela pidió que mientras la revisaba, sólo Genoveva estuviera presente. La furia de su papá se desató cuando el doctor les comunicó que la muchacha tenía siete meses de embarazo. Al día siguiente la mandaron a la hacienda que tenían en Villa Aldama junto con su nana, quien a pesar de las amenazas de don Raúl, se negó a decirles quién era el padre.

Los días que faltaban para que diera a luz, sólo lloraba, casi sin probar bocado, a pesar de los ruegos de Genoveva, quien le pedía que se alimentara para que el hijo que iba a tener naciera fuerte y sano. Una calurosa tarde de julio casi dos meses después, entre grandes dolores, Adela empezó con la labor de parto. Siguiendo instrucciones, Genoveva envió un peón a avisarles a sus patrones, quienes llegaron ya entrada la noche, acompañados por una pareja y con el doctor Ramírez. Cerca de las tres de la madrugada y después de casi veinticuatro horas, Adela escuchó por fin el llanto de su hijo. Ya que estuvo en su cama, pidió a la nana que trajera al niño. Llorando, Genoveva salió de la habitación. Enseguida entró don Raúl y cuando Adela le preguntó por su hijo, éste le dijo que en efecto había sido un niño, pero que había nacido muerto. Aterrada y llorando, la muchacha contestó que no podía ser porque lo había oído llorar, que su hijo estaba vivo.  Quiso incorporarse pero se desmayó.

A la semana siguiente estaba de regreso en la casa familiar. No volvió a salir ni a la iglesia. Siete meses después, el abogado que se hacía cargo de algunos negocios que don Raúl tenía en el sur, le pidió la mano de Adela en matrimonio. Éste le explicó la situación de la muchacha. Aun así, insistió en casarse. La boda fue privada, se celebró en la capilla de la casa. Esa misma tarde partieron a la Ciudad de México en donde radicarían. Justo a los diez meses nació su segundo hijo. Adela murió en el parto. Aún no cumplía los dieciocho años.