Revolución o ¿Involución?

Por: Juan Danell Sánchez

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Hasta por sentido común, fuera de teorías e ideologías y corrientes de pensamiento, hablar de revolución es hablar de un movimiento renovador que trasciende la realidad económica, política, social y tecnológica, que impulsa el desarrollo de la evolución humana para alcanzar un mayor equilibrio y armonía en la convivencia entre sí y con la naturaleza, para mejorar la condición de vida de las personas a través de una justa distribución de la riqueza y esto último se logra cuando se termina con la desigualdad socioeconómica, política y de género, así como con la concentración de la riqueza en unas cuantas manos, y se termina con la miseria en que viven las masas trabajadoras.

En México la historia anecdótica habla de tres cambios o transformaciones de las estructuras del país, aunque sólo a la tercera se le catalogó como Revolución con todas sus letras, las dos anteriores fueron la Independencia y la Reforma. En esos tres sucesos, la bandera que sirvió de estandarte de lucha para impulsar los movimientos para terminar con la opresión y la explotación de los sectores pobres y más pobres de la sociedad. Con ese argumento se convenció a la masa social, que sirvió de carne de cañón, para levantarse en armas, aunque irónicamente la mayoría carecía de ellas.

Justicia y libertad, entiéndase con esto acabar con la pobreza y la desigualdad desde aquellos aconteceres, fueron, como son en la actualidad, los artificios y promesas de los caudillos, dirigentes y gobernantes para incentivar la participación, en las autonombradas transformaciones, de quienes carecían y carecen de estos derechos fundamentales.

El rezago en esa materia es tan profundo y la necesidad de obtenerlas tan grande, que a pesar del desgaste al que se ha sometido a la sociedad en esos términos, a la que se le promete permanentemente el cumplimiento de ambos derechos en los discursos, que terminan como simples cartografías de la demagogia coyuntural de los gobiernos, la masa aún les cree a los políticos que prometen llevar al país en esos cauces y alcanzar dichas metas.

El caso es que la miseria sigue arraigada en la mayoría de los hogares, a tal grado que en la historia del país el índice de pobreza nunca ha bajado de 50 por ciento, es decir uno de cada dos mexicanos subsiste en esa condición.

En este tema, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias cita en su página web que “existen diferentes maneras de medir las condiciones de vida de las personas para así determinar y definir una situación de pobreza, pero más allá de los indicadores y las definiciones, la pobreza es un problema de dignidad y derechos humanos, con consecuencias negativas no sólo para quienes se encuentran en ella, sino para la sociedad en conjunto.

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“Las muchas facetas de la pobreza hacen necesario establecer un estándar de medición que no necesariamente refleja las condiciones individuales pero que nos permite sentar una referencia. Actualmente la línea internacional de pobreza está fijada por el Banco Mundial en 1.90 dólares por día y es el umbral utilizado por la ONU para los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, pero cada país establece sus propios umbrales, de acuerdo a sus circunstancias particulares”.

En México, el organismo encargado de definir, identificar y medir la pobreza es el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), y éste ha establecido dos diferentes umbrales basados en canastas de consumo – alimentaria y no alimentaria – para  las zonas urbana y rural. La línea de bienestar refleja la suma de ambas canastas y la canasta alimentaria por sí sola representa la línea de bienestar mínimo.

“El número de indicadores utilizados por el CONEVAL hace que el umbral nacional de pobreza sea más alto que el umbral internacional y de ahí que los porcentajes mostrados por diferentes organizaciones difieran ampliamente. De acuerdo al Banco Mundial, el porcentaje de población en condición de pobreza extrema en México en 2014 era ligeramente mayor al 3%, cuando el CONEVAL la contemplaba en 9.5%. Se estima que en 2016, el número de mexicanos viviendo en condiciones de pobreza era de 53.4 millones, de los cuales 9.4 millones se encontraban en situación de pobreza extrema”.

Recientemente, ya en los días del actual gobierno, se manejó la cifra de 57 millones de mexicanos en pobreza a los que urge atender sus necesidades para que superen esa situación y puedan gozar del bienestar que hoy es botín y privilegio del llamado “pueblo malo” o “sociedad fifí”, como califica la Presidencia de la República a sus opositores.

Y esa masa de personas que históricamente han vivido en la pobreza es precisamente en lo que se apoya el nuevo régimen para controlar y someter al resto de la sociedad a sus propósitos y caprichos.

Y aquí bien vale reproducir lo que en este tenor aprecia el CEEY: “cuando la desigualdad de oportunidades persiste, como es el caso en nuestro país, se genera una baja movilidad social que incide en la permanencia de la pobreza a través de diferentes mecanismos que contribuyen, entre otras cosas, a generar ‘trampas de pobreza’. Estas trampas obedecen a diversos factores de carácter educativo, sanitario, laboral, financiero, institucional, regional, etc., que mantienen reducida la capacidad de los individuos para ascender en la escalera socioeconómica”.

“Las propuestas de programas de combate a la pobreza, deben contemplar la necesidad de evitar estas trampas de pobreza mediante una evaluación adecuada de las características de los apoyos ofrecidos y las condiciones bajo los que estén regidos. La correlación que existe entre la pobreza y factores como la mortalidad infantil y materna, el número de hijos por familia, la esperanza de vida, la desnutrición infantil y el bajo desarrollo psicomotriz que ésta conlleva, tiene consecuencias importantes en el corto y largo plazos, que deben ser atendidas de manera puntual, bajo un plan de conjunto que coadyuve al desarrollo y la justicia social en México”.

Y esto, aún sin mencionar a la revolución, pero es parte de los objetivos que se trazan en un movimiento de esa envergadura. Y en ese objetivo, el desarrollo se estructura como proyecto de largo plazo entendido esto como al menos para los próximos cien años y para ello se debe contar con estrategias bien definidas, analizadas, realizables y aplicables.

Pero no, esto no está presente en la actual y pretendida transformación, puesto que hasta ahora los anuncios, planteamientos y decisiones gubernamentales se limitan a programas para los próximos tres años, en que serán revisados y en caso positivo de su desempeño, repetirlos. Algo así como prueba y error, el problema es que con la sociedad como materia de trabajo, eso resulta descabellado.