CIUDAD DE FEOS

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

misc_junio_01Hoy desperté con ganas de hacer algo diferente.  Estoy fastidiado de permanecer en este sitio haciendo guardia desde 1910, observando lo que sucede a mi derredor, o hasta donde me alcanza la vista. Pero hoy la paciencia ha rebasado los límites de mi estoicismo y quiero contemplar algo diferente aunque sólo sea por un rato, que rompa el capullo de tedio que está a punto de sofocarme. Estoy hastiado de ver los accidentes de tráfico, a los consabidos “mordelones” luchando por recaudar la cuota diaria, las caóticas manifestaciones de causas perdidas, de escuchar las “mentadas de madre” y pleitos a las horas pico del congestionamiento vial, de observar los ligues entre homosexuales que abundan afuera de las cafeterías y centros comerciales, a las secretarias o edecanes, casi todas teñidas de rubio –perfumadas con esencias de imitación y forradas de poliéster- que a la salida de las oficinas se van con los jefes a tomar una copa o café y después a algún hotel de paso para desquitar las “horas extras”, a los traga-fuego, limpiaparabrisas o malabaristas de cada crucero, que entre alto y alto se atascan de chemo o activo, a los vendedores ambulantes ofreciendo los diversos deshechos orientales, a los turistas de rostros anodinos disparando sus cámaras sin cesar, etc., y bueno, por algo tengo alas y no sólo las de la imaginación. Al cabo estoy seguro de que la gente ni se imagina que me puedo mover de este sitio y además son como autómatas, nunca vuelven la cara hacia el cielo, así que no creo que se den cuenta si me escapo por un rato, pues como mis días de gloria quedaron atrás hace muchísimo tiempo y ahora me he convertido en parte de la escenografía citadina, creo tener el derecho de aventurarme y recorrer otros rumbos aunque sólo sea por una vez.

¡Vaya!, pensé que toda la ciudad sería más o menos igual pero ahora me doy cuenta que no es así.  Como este barrio al poniente hasta donde he llegado. Aquí todo está sucio y deteriorado, excepto un lujoso coche negro en donde veo a una mujer de mediana edad, vestida con elegancia que parece estar esperando a alguien mientras observa acuciosa y displicente a la gente que pasa.  En general son personas muy feas (en eso sí se parecen a las que pululan por mi zona, salvo contadas excepciones). Es más, casi podría asegurar que el 99.9% de la población de esta ciudad es fea y entonces me pregunto si así de feos habrán sido sus antepasados, o esta fealdad es el resultado de tanta mezcla de razas.

Abajo, frente a mí, se encuentra un módulo gubernamental, en donde a pesar de ser tan temprano ya está formada una larga fila de feos, con excepción de una jovencita alta, rubia y curvilínea que sale de contexto entre esa masa insignificante de seres morenos y achaparrados y que tal vez sea la persona a quien espera la mujer del coche negro.  Una funcionaria con aires de suficiencia interroga y da instrucciones a un grupo de muchachos que por su apariencia deben de ser militares y por supuesto muy feos. Más allá en la fila, un par de sujetos llaman particularmente mi atención: parecen ser padre e hijo y amén del parecido físico, tienen un defecto en las piernas que al caminar los asemeja a los pingüinos, rasgo que aumenta más su fealdad. Afuera del lugar, tres religiosas de apariencia masculina interceptan a cuanto transeúnte pueden para hacerles lo que parece una encuesta. Sobra decir que no sólo son feas, sino horrorosas.

misc_junio_02Del módulo sale una pareja muy acaramelada, a quien intuyo son recién casados, seguidos por un “ejecutivo” enfundado en el consabido traje de material sintético y haciendo uso ostentoso de un celular, porque ahora parece que tener un celular convierte a las personas en alguien importante.

Junto al espléndido coche, que por supuesto está fuera de lugar, se detiene un hombre de mediana edad y con los característicos rasgos orientales que predominan en la mayoría de los habitantes de esta ciudad.  Se amarra la agujeta de uno de los zapatos, se rasca la cabeza, se pica la nariz y prosigue su camino, todo esto sin dejar de observar a la mujer que está adentro del automóvil.

Parece ser que el multicitado coche se encuentra estacionado justo en una parada de autobuses pues cada cinco o seis minutos se detienen camiones destartalados, contaminantes y repletos de seres que suben y bajan en un interminable desfile de feos de todas las edades y profesiones, a juzgar por su apariencia.

Casi en la esquina, una señora está fumando,  sentada en un bote de pintura, mismo que no alcanza a contener toda su humanidad, pues sus nalgas cuelgan escatológicamente casi hasta tocar el suelo.  La “dama” en cuestión está acompañada por un galante pepenador borrachín, quien a estas horas de la mañana le convida de una botella disimulada con periódico.  La gorda hace grandes aspavientos en un simulacro de rechazo para enseguida prenderse del pico de la botella y atragantarse durante largos segundos y luego, con mucha propiedad y elegancia, se limpia la boca con el dorso de la mano y le regresa el envoltorio a su feo y sucio acompañante.

A mi izquierda está un taller con varios coches viejos y despanzurrados, en donde un mecánico más ocupado en rascar sus genitales que en su oficio, hace como que trabaja, mientras un cliente desesperado aguarda con cara de enojo a que terminen de arreglarle su vehículo.

De la vivienda situada junto al taller, salen unos niños muy acicalados y que apenas pueden con el peso de las mochilas sobre sus espaldas. Van bastante apurados y comiéndose una torta, porque según me consta, tortas, tacos, tamales o sopes son por antonomasia el alimento de este pueblo y por donde quiera los venden, como en esta esquina donde me encuentro flotando, hay un puesto de tamales y atole y otro de fritangas y casi todas las señoras que pasan por ahí con sus niños rumbo a la escuela, se detienen a comprarles algo y le piden a las vendedoras que se apuren porque si no van a llegar tarde a su destino.  Está por demás decir que tanto vendedoras, mamás y niños son muy feos.

Y así podría seguir horas y horas volando, viendo y hablando de los feos de esta ciudad, pues para donde quiera que vuelva la cara o me desplace, encuentro gente fea.  Ah, pero no vayan a creer que porque critico al 99.9% de los habitantes de este lugar, soy una belleza, ¡no, qué va!, ni siquiera imagino qué apariencia tengo: sólo sé que poseo un par de alas y que provengo de un lugar muy remoto desde donde me enviaron como regalo de buena voluntad a este país de feos, en donde me llaman “El Ángel de la Libertad”.