Florentino Ballesteros — Los ruedos le dieron familia y amigos

Por: Rosa María Guevara

torero_junio_01Florentino Ballesteros nació el 11 de enero de 1893 en la calle de Caballo, un lugar tradicional de prostitución callejera, y así como nació, el mismo día fue abandonado en el Hospicio Provincial de Zaragoza, en la casa hogar Pignatelli. A partir de ese momento, pasaría por varios orfanatos durante su infancia como el de Loscos (Teruel) y Calatayud (Zaragoza) donde empezó a mostrar aptitudes para el dibujo y la pintura.

Se comenta que a la edad de 10 años se convirtió en pintor de brocha gorda y a su vez combinaba sus actividades con la banda de música del hospicio, donde aprendió a tocar el clarinete, esto le permitió estar en contacto con la plaza de toros y contemplar las corridas, hasta que por fin tuvo  la oportunidad de vestir su propio traje de luces el 14 de agosto de 1910, pero sería hasta el 14 de agosto del 1912 que pudo debutar en Zaragoza para estoquear dos vacas.

La crítica fue ruda con él, más esto le sirvió para crear una rivalidad con Jaime Ballesteros “Herrerín”, torero que en esos momentos tenía más seguidores que ningún otro, y los medios en esa época echaban a andar comparándolos con Joselito y Belmonte. Llegó a tal grado aquella rivalidad que los tendidos de la Plaza de la Misericordia tuvieron que ser ampliados ante la demanda de entradas… Remodelación que ninguno de los dos alcanzaron a ver finalizada.

En 1913, el 15 de agosto un toro le atravesó la axila derecha que lo dejó un rato fuera de los ruedos; alcanzaría su mejor momento en 1915, cuando en la plaza de toros de Madrid  se le concedió la primera oreja a un novillero. Antes de continuar, para esto, ‘Herrerín’ había fallecido en 1914, en Cádiz.  

torero_junio_02Darío Pérez, de El Heraldo lo describía de la siguiente manera: “la elegancia de su capote parecía cohesionar toda la emocionante sobriedad de la escuela rondeña y la gracia rutiladora de la escuela sevillana”, y que “con la muletilla en mano, tenía indecisiones frecuentes, pero cuando se confiaba de verdad daba todas las notas de los grandes maestros: la soltura de los brazos, el ágil juego de la muñeca, el aguante, el temple, el dominio, la gracia y el valor”… “A rachas subía extraordinariamente su papel de estoqueador; a rachas le duraban los toros más de la cuenta”, “No vuela porque en este mundo nadie vuela, pero cabalga con paso firme y seguro hacia la cumbre en la que posan las grandes figuras”, y así fue, su época de esplendor fue en la campaña 1916-1917.

El crítico don Indalecio, lo describía como “torero de fina escuela, con gracia natural, con una suavidad y una alegría extraordinarias en el manejo del capote y de la muleta, estoqueaba en algunas ocasiones a sus enemigos con excelente estilo”.

El 13 de abril de 1916 tomó la alternativa de manos de Joselito. Ese año Florentino Ballesteros firmó para participar en 63 corridas, el calendario marcaba la cuadragésima quinta en la plaza de Morón donde recibió una cornada en el pecho.

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Para 1917, toreó en Madrid, Barcelona y Valencia, más llegaría el 22 de abril cuando compartiría cartel con Joselito y el toro Cocinero, de Benjumea, sexto de la corrida, le propinó una cornada de ocho centímetros en el pecho, de la que falleció, tras larga y penosa agonía, en la fonda de los Leones, “a las dos y media menos unos minutos, dejó de existir, en tierra extraña y sin ver a sus pequeñuelos, que eran el gran amor de su vida”, añadía el texto llegado desde la capital española. Y es que Ballesteros dejaba huérfanos de padre a dos niños, fruto del matrimonio con su amada Candelaria.

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Su servicio funerario fue impactante, el cuerpo de Florentino salió del Hostal los Leones hasta Atocha. En la estación de Zaragoza, una muchedumbre esperaba a su ídolo, que llegó a las 6:30 del 26 de abril. De la estación fue conducido al Hospicio y depositado en una dependencia que hay frente a la portería, antes de que se celebrasen solemnes funerales presididos por Basilio Paraíso.

El Heraldo publicó: “Probablemente, desde que Zaragoza es Zaragoza no le han hecho a nadie una despedida tan solemne y multitudinaria. Once carruajes llenos de coronas; más de ochenta autos en el cortejo; muchos miles de almas para verle pasar por última vez”.

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Tal fue el impacto que causó Florentino, que el 3 de agosto de 1957, organizaron una corrida con el objetivo de recaudar fondos para la construcción de un mausoleo digno para la memoria del torero, el cual fue diseñado por el arquitecto Marcelo y esculpido por Ángel Bayod y Domingo Ainaga. En marzo de 1958, se produjo el traslado de los restos de Ballesteros desde su antiguo nicho.