EL OTRO

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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Bartolo tenía una flauta

con un agujero solo

y vamos a dar la lata

con la flauta de Bartolo.

Recordó que a veces su mamá solía cantarle esa rima.

Cualquiera que se hubiera aventurado a esa hora por la playa, habría huido despavorido al descubrir el aspecto de ese hombre desaliñado, que, sin inmutarse, permanecía sentado en la arena donde las olas lamían sus pies. Con una rama se empeñaba una y otra vez en trazar un nombre, que las aguas jabonosas hacían desaparecer antes de que las palabras estuvieran terminadas. Más, hubo alguien que se acomodó a su lado en silencio, mirando fijamente el mar. El hombre apenas reparó en la presencia del recién llegado y sin prestarle atención, continuó con su tarea infructuosa.

Buenas noches dijo el desconocido, que apenas era un muchacho. –Parece que tu empeño no tendrá recompensa si no te alejas de la orilla. El hombre, sin contestar, siguió escribiendo.  

Fíjate, el nombre que escribes también es el mío: Bartolo Samperio Vargas.

Como despertando de un mal sueño, el hombre reaccionó: No puede ser, Bartolo Samperio Vargas soy yo, dijo y se volvió tratando de distinguir los rasgos juveniles en la obscuridad, mientras un estremecimiento recorría su cuerpo.

El muchacho, que continuaba con la vista fija en el mar, dijo: cómo me gustan las noches de invierno de Oaxaca, no hay nada más bonito que una noche a la orilla del mar.

Usted debe estar equivocado, no estamos en Oaxaca, sino en Mazatlán y no es invierno, repuso el hombre. ¿De qué se trata… se está burlando de mí? Murmuró, al tiempo que se levantó con brusquedad.

Bartolo Samperio Vargas. ¡Presente! Respondió el preso número cuatro mil quinientos setenta y siete. Tiene visita. ¿Quién? preguntó con recelo. Nadie viene nunca a verme. Es su abogado y más vale que no lo haga esperar. El tiempo está corriendo, apúrese! 

La maté por infiel, por mala mujer. Y no voy a decir más. Mejor pregunte a los vecinos que siempre estaban pendientes de todo. Eres como una aparición del cielo. No tienes idea la alegría que me das, Ifigenia. Hasta tu nombre es diferente… No bonito, sólo diferente, como tú.  

A la mejor viene mi compadre Longino a recoger las botas de jardinero que me pidió prestadas pa’ su nueva chamba. No le vayas a hacer la plática. Ya sabes que siempre anda pasado de copas y es muy manchado. Que se vaya pronto.  Es más, ni el paso le des.

fuístes la única culpable de lo que pasó. Al compadre, pus lo perdoné, al cabo es hombre, pero tú, tú…

No, por más que me lo pidas muchacho, no me arrepiento ni quiero cambiar nada.  Mejor vete. El mar me está llamando. Déjame solo. 

Bartolo tenía una flauta

con un agujero solo…