Alejandro Rosas, divulgador de la historia

Por: Patricio Cortés

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Charlé con uno de los historiadores más reconocidos de nuestro país: Alejandro Rosas.

Entre sus obras destacan Mitos de la historia mexicana, Sangre y fuego, Erase una vez en México y más recientemente México Bizarro. Es, además, uno de los titulares del El refugio de los conspiradores, programa transmitido por ADN 40 donde analizan pasajes de nuestra historia.

Sobre su popularidad, el historiador comenta: “Sí tengo un buen cartel, pero tiene que ver con que me acerqué a la divulgación de la historia. Tenemos una gran academia de historiadores, hemos tenido grandes historiadores, pero lo que ha faltado a ese ámbito es sacarlo a las calles. A mí me gusta la divulgación, porque me parece que hay que llevarlo a cualquier tipo de público. Te tienes que acercar al ama de casa, al abogado, al médico, a toda esa gente que le gusta la Historia que está ávida de conocer, pero que no pueden pasarse ocho años leyendo un archivo. Entonces, la divulgación es democratizar la historia, ese ha sido el éxito de que la gente ahora se acerque a leer novela histórica o al ensayo histórico”.

Sobre el Siglo XX refiere: “Existía en las universidades y ahí se hacía muy buena investigación histórica y se debatía; pero el ciudadano de a pie, ¿cuáles eran las únicas formas de conocer la historia?, a través del libro de texto gratuito desde 1959, quizá alguna representación de esas que se hablaban durante la Hora nacional, el discurso cívico y párale de contar. No había manera de que alguien fuera a la librería por una versión que no fuera la oficial”.

“Era una cosa totalmente soviética, la gente aprendió historia así, por eso tenemos tan arraigados los mitos. Entonces de pronto viene la transición democrática y ahí mismo se abrió la historia. Creo que los pioneros que la ponen un poco más cercana a la gente son Krause, Lorenzo Meyer, Jean Meyer, Héctor Aguilar Camín, pero siempre estuvo muy cerrada y la gente se educó con una sola versión de la historia, que era la que daba el Estado”, complementa

Sobre el tema de los falsificadores de la historia, opina: “De pronto puede ser una discusión bizantina, porque al final la historia es interpretación, no hay una Verdad histórica, porque la gente siempre te pregunta, por ejemplo, ¿cómo era el verdadero Hidalgo?, nunca lo vamos a saber. Igual va a haber gente que lo estudie desde una perspectiva y va a haber otros que lo interpreten desde otra, puedes tener diez interpretaciones del mismo personaje. Imaginemos un velorio, tú te acercas a las distintas personas que asisten y cada una te va a dar una versión distinta del muerto, no obstante que lo conocieron. Ahora, hablar de que si son falsificadores… Yo creo que aquí lo que no se vale es hacer pasar la novela histórica como historia”.

Expone: “Me da mucho gusto que haya mucho éxito en la novela histórica, mas hay que verla como lo que es. Si el lector cree que leyendo una novela histórica ya sabe de historia, ¡falso! ¿Qué te debe motivar la lectura de una novela histórica? Curiosidad. Por ejemplo, si ahorita yo leo la novela de Maximiliano y me atrapa el personaje, muy bien me gustó mucho la novela, pero yo lector no sé donde el autor está inventando y donde no; entonces, ¿qué hago? Voy a la bibliografía, a la crónica o al ensayo del historiador. Ahora se complementa. Muchos historiadores ya desarrollaron una muy buena pluma y puedes confiar; insisto, si el lector se queda con una versión nada más y afirma que esa es la ley…”, pues no.

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Caso similar es el séptimo arte: “El cine histórico debe hacer lo mismo que la novela histórica. O sea tú vas a ver Gladiador y el emperador jamás se bajó a la arena al Coliseo a pelear, pero seguramente despertó mucho interés de la gente para acercase a la historia de Roma”.

No obstante, no es sencillo saber lo que realmente ocurrió, por ejemplo, si revisamos los periódicos del 2006, no necesariamente sabremos que pasó, le comento y responde: “Ese es el punto, al final ¿cómo reconstruyes una historia o un personaje con lo que había en la época? Todo lo tienes que cuestionar, entonces lo que haces es juntar las piezas que puede haber de un personaje de un hecho histórico y armas un rompecabezas, te van a faltar diez piezas, entonces ahí no inventas, deduces, supones y lanzas teorías. El novelista no hace eso, dice: Zapata era gay porque fue caballerango de Nacho de la Torre que sabemos que sí era gay. Ahora,¿importa saber la sexualidad?, pues no, es solamente lo que había del personaje y a la gente le encanta eso. Para aprender historia hay que ir a donde los divulgadores, los historiadores, hacemos el trabajo.

Reconoce que se han politizado estos temas: “Como cualquier rama de las ciencias sociales, son susceptibles de ideologizarse.Hay muchos estudios de la Revolución Mexicana que están hechos bajo la idea del materialismo histórico,del marxismo, otros de la derecha, eso es normal.Creo que ahí el lector es el que tiene que hacer su trabajo”.

“Yo como divulgador de la historia de México hice un estriptis intelectual, ya me canse de que si unos eran buenos y otros eran malos o si eran estos los mejores, sino más bien tratar de entenderlos dentro de su contexto, cómo era el momento histórico y comprenderlos; no agarrar y decir ‘es que era el maldito’, quitándonos los prejuicios, ni buenos ni malos, ni héroes ni villanos”, expone.

Pasando al tema de la objetividad, Alejandro Rosas opina: “Se puede aspirar a ser crítico, pero esa pureza de objetividad, esa, no existe. Siempre vas a estar marcado por tu formación intelectual, por tus lecturas, por tus maestros. Quizá un  extranjero podría ver la historia nacional con una perspectiva más fría, porque realmente a él no lo marca nada, a nosotros por un lado está toda esta idea de la carga ideológica del siglo XX, que si los españoles, que si los gringos. Entonces, aquí en México sí estamos muy sesgados. Pero también contar la historia necesita pasión, entonces el inglés o el alemán no se apasionan tanto cuando te cuentan. Creo que puedes contar una historia muy apasionada sin tener que caer en tomar partido”.

Ejemplifica: “Los enemigos de Juárez te dicen que quería vender al país. Entonces tú te imaginas a Juárez en su escritorio diciendo ‘ñaca, ñaca, ja, ja, ja, voy a vender el país y con esa lana me voy a comprar una casa blanca’. ¡No! Ya plantearlo así ya traes un sesgo ideológico jodido. O sea Juárez si firmó un tratado que le pudo haber resultado muy mal a México por las circunstancias porque necesitaba el apoyo, lo que quieras, pero no puede pensarse así y decir ‘Juárez es un vende patrias’, ya cuando caes en las descalificaciones, creo que ya no hay manera de discutir la historia”.

Sobre cómo sacan adelante El refugio de los conspiradores, donde interactúa con personajes de diversas formaciones e ideologías (Eugenio Aguirre, Benito Taibo y Francisco Martín Moreno), nos dice: “Es algo muy importante y tenemos que procurar y reproducir, la tolerancia y el respeto. El hecho de que a ti te guste más Maximiliano y a mí más Juárez, no quiere decir que tú seas un tonto o que yo te pueda insultar; si tú crees que era bueno tendrás tus razones porque has leído y puedes argumentar. En El refugio de los conspiradores podemos debatir, bromear, molestarnos, pero al final hay un respeto porque todos, cuando menos, hacen un trabajo intelectual”.

Llega a colación la frase “el que no conoce la historia está condenado a repetirla”, con la que nuestro entrevistado difiere completamente: “Esa es la peor frase y también ha hecho mucho daño. La historia no se repite, parece que se repite porque al final las pasiones que mueven a la humanidad son las mismas, pero las circunstancias son totalmente diferentes. Lo importante de conocer la Historia es saber de dónde venimos, porqué se tomaron decisiones, cómo tomamos ciertos caminos, creo que eso es lo importante; pero no para decir, va a suceder esto, la historia no es cíclica”.

Brincado al presente, afirma: “Estamos viendo la peor versión de los políticos en México. En el Siglo XIX, fueran liberales o conservadores, tenían una cosa que aquí se perdió desde hace años: ¡coherencia! Morían defendiendo lo que creían que era lo justo. Aquí uno puede ser por la mañana, amarillo; a medio día, tricolor; en la noche, azul y a media noche, moreno. ¡Se perdió totalmente la vergüenza, el pudor, la ética política! Casi todos los hombres del XIX tenían eso, hasta los conservadores que dices ´los traidores de la Patria’, ellos murieron porque creyeron que el proyecto que ellos defendían era el que más le convenía a México”, concluyó.