Escenarios

Por: Tomás Urtusástegui

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JORGE LUIS CRISTAL

escenarios_agosto_01Por supuesto que no me llamo así, más bien no me apellido de esta manera. Es un apodo que yo mismo me puse. Primero pensé en Jorge Luis Vidrio pero se me hizo muy vulgar, un cristal es mucho más elegante y si es cortado mejor. Creo que es la única cosa en la vida en que cortado vale más que entero. Pero ya estoy divagando, como siempre. Alguien como yo que no tiene amigos, ni familia ni nada, no le queda otro remedio que hablar consigo mismo y eso es lo que yo hago. Sé que miento, sí tengo familia y amigos, pero es como si no los tuviera. Después se los explico. Ahora quiero hablar de mi apodo. Normalmente los demás nos ponen apodos que se basan en algún defecto: El Gordo Martínez, el Cuatro ojos, el Negro, la Chapis, el Transa, el Barrotes, la Perica, el Nerd, etc., etc. Creo que yo soy el único que se pone un apodo, pero eso sí, a nadie se lo hago saber, es para mi uso particular. Por otro lado me gustó, hubiera preferido este apellido al Hernández que tengo, y no porque sea feo, pero ya está muy choteado. Existimos miles y miles de Hernández en el país y en el mundo. Mi mujer se llamaría Estela Núñez de Cristal, mis hijos Darío Cristal y María Elena Cristal. Suenan bien ¿no creen?

Por supuesto que tengo que explicar el por qué de este apodo. Repito que todos tienen que ver con algo nuestro. No podría ponerme uno como puede ser Brillante porque yo no lo soy, tampoco Palillo pues estoy llenito. ¿Me van siguiendo?

Empiezo, no esta historia pues ya llevo muchos renglones, empiezo a explicarme. Todo se inició con el Facebook que un familiar me insistió en que me inscribiera, es muy divertido, me dijo. Y sí, en momentos lo es. Ahí vi una moda que no sabía que existiera y que veo está muy extendida no sólo en México sino en todas partes. La moda de quejarse. De cada cinco notas del Face al menos tres se usan para eso: Mi marido me maltrata, mis hijos no me obedecen, no me alcanza el dinero, hace mucho frío o mucho calor, el gobierno es una porquería, deberían colgar al ministro de Hacienda, qué mala película, la televisión enajena, los periodistas mienten, este refresco te produce cáncer, dormir con tu perro te llena de granos, todas las comidas producen colesterol alto o diabetes, los hombres son machos, yo tenía más méritos para ese premio, el gobierno no nos apoya en nada, le quitaron a la mala el campeonato al América. La lista es gigantesca. Quejas políticas, deportivas, culturales, de especie, económicas, de salud, de clima, de religión, de historia. Se quejan del presente pero también del pasado y hasta del futuro: En pocos años nos vamos a morir de sed, en unos años más sólo unos cuantos tendrán con qué vivir.

Veo también que nadie busca una solución a su queja, todos la disfrutan. Ocasionalmente le dan la responsabilidad de arreglar lo que está mal a un ser divino: Diosito, haz que se acabe esta maldita lluvia; a un gobernante: Ahora sí el presidente tendrá que poner fin a esta serie de abusos. Pero nada más. Me gustaría que alguien dijera: yo voy a luchar por la justicia, voy a trabajar más para que el dinero me alcance, voy a ser más cariñoso con mi vieja.

¿Me estoy alargando mucho? Creo que sí. Voy con lo mío. Mi defecto, o quizá cualidad, es que soy transparente. No hablo, como pueden ustedes pensar, en que nada oculto. No, no es eso. El caso es que nadie me ve y todos me ven. Lo aclaro. Si nadie pudiera verme sería yo invisible, pero no es el caso. No me ven, aunque esté yo presente, por eso lo del vidrio o el cristal. Te paras ante un aparador a contemplar los productos que están en venta. Ves a todos ellos pero no al vidrio que los separan de ti. Ahí está pero no lo tomas en cuenta. Si estás dentro de un edificio y quieres salir a la calle te paras frente a un enorme vidrio para asegúrate que no esté lloviendo o para calcular el tráfico en ese momento. Tampoco ves al cristal. Eso es ser trasparente. Qué estés y nadie se fije en ti. Yo desde niño fui transparente: en la escuela donde el profesor elegía a decenas de alumnos para el desfile, el coro o cualquier otra cosa, a mí nunca me tocó. En la casa: mis padres daban regalos a mis hermanos, los llevaban de paseo, a mí no. En las fiestas: a los demás les pedían pasar a la mesa, bailar con la anfitriona, romper la piñata. Jamás supe lo que era eso. Mi mujer me vio muy poco tiempo, el de noviazgo y el tiempo en que nacieron los dos hijos. Después les hablaba a ellos en la comida, viendo la tele, saliendo a la calle. Yo ya no existía, ni existo actualmente. Y lo mismo me pasa en el trabajo, en la sociedad, en cualquier cosa. Ya estoy muy acostumbrado a eso. Y si creen que me estoy quejando eso es cierto. Repito que hay que estar a la moda. También aclaro que aunque no me vean, tengo derecho a entrar en el juego.

Para terminar les relataré mi esperanza mayor. Que un día venga la muerte y tampoco me vea, que pase de lado. Sería mi mayor premio por ser transparente.

Tomás Urtusástegui

Nov 2016

 

LA HISTORIA DE WILL ASTON

escenarios_agosto_02Nací, tal como debe ser, en Inglaterra. Los paraguas nacemos ahí del mismo modo que los humanos vienen de París. Nuestro fabricante es Fox. Al poco tiempo me adquirió Sir Charles Morton, hombre elegante como pocos. Por algo me eligió a mí. Yo soy un adminículo fino, mi tela es hecha a mano, las varillas son del mejor metal mundial y el mango de madera lo trajeron de la India. Lo mejor en mí es la figura: esbelta, elegante, distinguida. Con Charles acudía a Buckingham, a los museos, a las óperas. Como buen aristócrata él montaba a caballo. De uno de estos animales cayó al piso, no de nalgas como debió ser, sino de cabeza. Murió un día después. Sus herederos pusieron a la venta todas sus pertenencias, yo incluido. Fui a parar con un español que se hacía pasar por conde. Don Gil de Barrangoicoechea. Un hombre ya viejo, ya había cumplido sus 43 años. Y sí, era viejo, pero además verde.  A mí me usaba para todo. Para detener los autos de alquiler, para taparse la lluvia, para recargar su pesado cuerpo mientras esperaba a las modistillas en la calle, para asustar a los perros que le ladraban, para amenazar a los niños traviesos que se cruzaban en su camino. Todo esto se lo perdoné porque me empezó a llevar al teatro a ver a las vedettes de moda. Fue cuando oí una canción donde se nos nombra. El “Duo de los paraguas”, “¿No sería muchísimo mejor cerrar un paragüitas de los dos y así juntitos y agarraditos marcharnos al café de San Marcial?”.

Confesaré algo que nadie sabe de mí. Durante los 24 años que tenía en esas fechas permanecí virgen, virgen de cuerpo y alma. Les recuerdo que soy inglés, si hubiera sido francés o latinoamericano…

Sigo, mi conde me llevó al teatro a ver una zarzuela llamada “Luisa Fernanda”. Ahí la contemplé por primera vez. Casi me caigo del palco donde estaba. ¡Qué belleza, qué colores, qué coqueta con su gran moño! Supe que no era paraguas aunque lo parecía. Era ni más ni menos que una sombrilla. Y sí, imposible que llovieran cántaros de agua sobre ella, tan grácil, tan etérea; en cambio el sol la acariciaba cuando salía a pasear. La canción me la aprendí rápidamente. “A la sombra de una sombrilla de encaje y seda, con voz muy queda canta el amor”. Y sí que cantaba, yo nomás me sacudía de la emoción. Por discreto no voy a relatar nuestro amorío. Es algo muy personal, sólo les diré que fue muy bello.

Dicen que después de una gran alegría viene un gran tristeza. Lo mío fue más bien un gran coraje, una gran decepción. El imbécil de mi conde por beber en un mismo día varias manzanillas, unas seis copas de oporto, media botella de jerez y otra media de brandy salió a caminar… y que me pierde. ¿Se imaginan? Me dejó botado por ahí. Horas después me recogió un barrendero que al verme tan manchado y maltratado no me quiso llevar con él. Me dejó sobre una banca. Y ahí empieza mi dolor. Pasé de una mano a otra, ya nadie me presumía, me dejaban tirado en cualquier parte. ¡Qué vergüenza! Mis iguales presumían que ya aparecían estelarmente en el cine como en las películas Mary Poppins y Bailando en la lluvia. Es más, una película famosa lleva como título Los Paraguas de Cherburgo. ¿Y yo qué? Puras penas. Al fin fui a dar a una granja, el propietario me sacó porque llovía y me dejó tirado en el campo cuando escampó. Y ahí quedé días, semanas, meses.

En un atardecer del mes de octubre llegó el viento, leve al principio para ir tomando fuerza minuto a minuto. Una ráfaga me elevó, abrí mi tela. Disfruté enormemente ir de un lado a otro. En un momento aprendí a moverme por mi cuenta, mi vestimenta negra se transformó en alas brillantes, hermosas. Mi mango se convirtió en cuello y cabeza. Acabé por ser un Cisne. Un Cisne negro.

Los ballets de todo el mundo me recuerdan después que desaparecí en medio del mar.

Tomás Urtusástegui

2015