EDGAR ALLAN POE, EL LENGUAJE DEL TERROR.

Por: Rodrigo Calvillo

allanpoe_dic_01Probablemente los tres mejores poemas de Edgar Allan Poe son “The Raven” (El Cuervo), “Annbel Lee”, y “The Bells” (Las Campanas). Resulta imposible leerlos sin entusiasmo o, mejor dicho, sin esa pasión ávida e inclemente que Poe tenía como poeta. Con poderosa fantasía apoyado por la cólera, el terror y la tristeza crea en su obra una potencia sobrenatural.

“The Raven” es uno de los pocos poemas que contiene un monólogo dramático. El narrador al momento de contar la historia transfigura aquello de lo que habla: la extraña visita de un cuervo a media noche en un periodo de luto por el fallecimiento de su amada Leonora no es una alegoría, o al menos no una intencional, es un conflicto. El sentimiento de separación enfrenta el deseo de recordar contra la pretensión de olvidar; la melancólica narración ilumina la verdadera intensión del poema: la devoción; la historia siempre cruel se resume a una respuesta incesante: “Nevermore” (nunca más) que lleva a profundizar al narrador sobre la pérdida de Leonora y un encuentro que jamás sucederá:

 

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!

 

En “Annabel Lee” encontramos una de las características recurrentes en la poesía de Poe: el sentimiento lírico y taciturno del deceso de una hermosa mujer. La historia se centra en un amor intenso que continua hasta la muerte –único estado donde el narrador puede idolatrar a su amada-. Los celos angelicales son el motivo por lo que Annabel pierde la vida, esta repetida aseveración infantil sugiere la racionalización de los apabullantes sentimientos de pérdida:

 

Nuestro amor era más fuerte que el amor de los mayores


que saben más como dicen de la historia de la vida.


Ni los ángeles del cielo ni los demonios del mar

separarán jamás mi alma del alma de Annabel Lee.

 

No luce la luna sin traérmela en sueños

ni brilla una estrella sin que vea sus ojos

y así paso la noche acostado con ella,


mi querida hermosa, mi vida, mi esposa.

 

La finalidad del poema podría parecer similar o, más bien, idéntica a la de “The Raven”; sin embargo, existe una diferencia significativa: en Annabel Lee ambos estarán nuevamente juntos, en El Cuervo, el narrador “nunca más” se reunirá con Leonora.

“The Bells” es el poema de Poe que mejor representa la correspondencia de la poesía entre la música, el metro y la rima. El sonido del constante campaneo se escucha en las palabras:

 

-To the swinging and the ringing

of the bells, bells, bells,

of the bells, bells, bells, bells,

bells, bells, bells-

 

El balanceo y repiqueteo

de las campanas, campanas campanas (…)-

 

El eco es la silueta nocturna que oscurece verso a verso la trama y el desenlace del poema: la conversión del melódico toque de campana en una angustiosa cuenta del tiempo, en una serie de visiones que se transforman en monótonos lamentos.

El fundamento de la poesía de Allan Poe es trágico, su fuerza ó energía es capaz de cambiar la realidad. Por una parte veía un sistema de signos tétricos, una suerte de obscuridad personal; por la otra, concebía la nostalgia como la visión de su psique. La atracción entre lo tenebroso y su obra puede entenderse por un lado, por la influencia de los góticos alemanes como Ernst Theodor Amadeus Hoffman y el barón Friedrich de la Motte Fouqué, los góticos ingleses Horace Walpole, Charles Maturin entre otros; por el otro, el impulso pasional y el anhelo de soledad con el que Poe vivía. La muerte y el terror son eróticos, la muerte del amor es al mismo tiempo el amor a la muerte, lo que produce la macabra tendencia de su obra, y precisamente es este horror el que nace y muere en el alma. Esta visión se encuentra dentro de nosotros, en el pensamiento y sentimiento humano, en la violencia que amenaza la consagración de los enamorados. La razón del temor es empírica, su idioma la poesía. El vértigo de la revelación necrófila cumple con el romanticismo oscuro desgajado en los retratos dramáticos de su naturaleza poética. El sadismo emocional fascina al proyectarse a sí mismo, su percepción y sensación es el lenguaje de identidad. Con frecuencia se dice que los poemas de Poe crean una atmosfera que se enfrenta a lo desconocido, a la voluntad del innegable fin de la vida, acción restringida a la existencia.  El anhelo es pasional, lo siniestro se dice a sí mismo. La poesía salva a nuestro poeta al disolverlo en el ejercicio de la ilusión. A medida que la relación entre la estructura poética y el lúgubre e íntimo significado se vuelve más estrecha aparece un orden mágico, una fuerza capaz de cambiar la realidad dotada de poder propio. Poe es revolucionario porque su fin es el principio, suscita la aparición de la doble voluntad, lo que esconde el deseo y la resurrección en la palabra.

Su obra pasada siempre se refleja en la nueva, es el lóbrego sentido de su naturaleza. Su poesía nos exalta porque todo nace y todo muere varias veces, es un instante que siempre comienza. Su pensamiento va más allá  del yo, lo que ahora es vida se ladea irresistiblemente al adiós. Sus muertes son instantes poéticos, experiencias que el poeta recuerda y reencarna negando al tiempo. Este delirio es violento, es la concepción del amor verdadero: el dolor. Para Poe esta idea fue el eje de su pensamiento y el centro de su vida. Sus palabras no son insensatas, es un lenguaje en perpetuo movimiento, su finalidad es una aterradora insistencia de signos -la maldición, la muerte, el desasosiego, etc.- que se combinan abandonando la pasividad ante lo luctuoso. Poe al crear un mundo asesina otro. Su verdad se refleja en el adiós mismo, en la única certeza real del hombre: la muerte.