LA INSPIRACIÓN CREADORA EN LA TERCERA SINFONÍA DE BEETHOVEN

Por: Rodrigo Calvillo

beethoven_feb_01Hoy me desperté con aquel rito cotidiano que se despliega en un nivel que no es el de la conciencia, es el pasado que vuelve sobre sí mismo cargado de sensaciones que se repiten una y otra vez sobre la luz de la memoria. Es lo que certeramente Octavio Paz ha llamado: la encarnación de las imágenes. Lentamente me fui incorporando, pero otra vez una sensación: un dibujo me invadía, una serie de flechas negras disparadas contra un blanco papel que revela una vida en otro tiempo, un lenguaje simbólico que el músico comprende: geometrías obscuras y sensibles. En ese momento supe que debía buscar una inmersión en un pasado que es, simultáneamente, la recuperación de las estructuras de obras sepultadas para reintegrarlas en un presente. Beethoven, ahí estaba, lo tenía de frente con las partituras de la Tercera Sinfonía lista para demostrar que al escucharla y estudiarla nuevamente, no tan solo es el regreso de la antigüedad: es la posibilidad que cada individuo tiene de recobrar un pequeño pedazo del pasado. Al terminar de estudiar la sinfonía, me di cuenta que la sorpresa que me produjo su lectura no viene de la novedad – aunque cada vez que se escuche o lea contenga muchas cosas nuevas o desconocidas – sino de la complejidad y complicidad. Leerla es participar en la función creadora, escucharla nos enseña la otra cara de la libertad.

Redescubrir el estilo audaz y traumático de la “Eroica” es encontrarse ante una infinidad de temperamentos ideológicos y pasionales convertidos en el filo de una espada salvaje, encarnando con ello, una nostálgica extrañeza en la verdadera intención libertaria de la sinfonía. Lo heroico deja de ser heroico, la realidad es invisible ante los ojos de Beethoven, cada nota es una división profunda de los gloriosos principios republicanos y de la autonomía sin límites coartados por la falsa esperanza de una Europa liberada a manos de Napoleón Bonaparte. La obra a pesar de las vicisitudes del porqué creativo es inminentemente triunfal, el heroísmo de los sonidos tiende a convertirse en una épica musical excepcional, en una movilidad de signos que representan una belleza que no puede ser sustituida por otra igual, donde cada acorde se escucha en notas múltiples y cambiantes, en frases únicas e insustituibles. La sinfonía inmersa en el movimiento de la música, en ese continuo ir y venir, se convierte en el objeto del lenguaje inamovible de los sentidos.

La musicalidad de la “Eroica” se abalanza a una inspiración sin variaciones que hacen perfectamente reconocible el motivo principal de la obra. Composición y significado se vuelven operaciones idénticas. Por una parte, la creación es muchas veces indistinguible de la realidad personal; por la otra, hay un incensaste flujo de sincronía instrumental que imita la intención del significado. Al escuchar esta imitación la hacemos nuestra, la cambiamos a nuestro sentimiento para recrearla de manera exacta en nosotros mismos. Las diferentes tonalidades y tempos crean pasajes violentos, sobrios, tensos, taciturnos, que lanzan con naturalidad la sensación de gloria y combate. El resultado sensorial está regido por la sublimación de la inspiración a la realidad, y a medida que la expresión heroica se retira de la razón, aumentan las emociones auditivas convirtiéndose en un rito de placer ceremonial.

La ola romántica de Beethoven lleva en sí misma una complejidad implícita, una virtud pasional que a pesar de estar representada por signos elegidos, el mismo instante los desparece y aparece en una recompensa invisible que no se guarda, se escurre por el espacio y el tiempo hasta que otro instante la sucede. La belleza es el signo del romanticismo; si a veces la hiere, no vacilan sus principios creativos, tiemblan agitados por la violencia, no desaparecen, se van pero siempre regresan. El tránsito melódico es la tradición incorruptible de su creación musical.

Existe una relación entre la revolución y la desilusión en la “Eroica”, ambas  apuntan contra un blanco: la realidad agredida. La revolución por un lado, es una figura innovadora en los elementos de composición clásica que separan a Beethoven de Mozart, Haydn, Bach, gracias a la intención principal de la obra: enaltecer la búsqueda de la libertad; por el otro, la desilusión representa la agitación final en la consumación de los nuevos valores estéticos musicales. La tercera sinfonía contiene otra cara: una relajación imperturbable que habita en la sensibilidad de la obra, un tránsito de la tranquilidad a la furia. La calma nos ofrece una visión instintiva de nuestra condición de seres armónicos, el paso a la ferocidad nos llena de convulsiones que destruyen la inmovilidad. La calma en este tenor no está exenta de la agresión, es un paso necesario de la exaltación de los sentidos. El placer y la furia colaboran absorbiendo y transformando los instintos, son un sistema de alteración, un impulso en la encarnación musical. No obstante las transiciones emocionales ofrecen una subordinación de la música ante los sentidos.

Otra vía de asimilación sensorial en la “Eroica” es la inmersión del arte en el instinto creador de Beethoven, es decir, que la agudeza de su composición se torna en una sensual vehemencia que crea un mundo heroico alejado de la realidad histórica. A medida que la sinfonía avanza las notas emisoras de símbolos nos llenan de un lenguaje cambiante que se torna en real, no por la historia palpable por los ojos, sino por la historia fijada por el deseo. La agudeza de la obra se manifiesta, entonces, en la creencia, en la unión y la separación que constituye la narración de su creación en la manifestación exaltada de la ideología racional del compositor. No se revela en el hecho, sino en el instante mismo donde se transforma la realidad en idea. Posee un doble significado: primero, ser un himno a las hazañas napoleónicas, y segundo, el pensamiento republicano de la época.

El engrandecimiento y la expulsión de la figura heroica tiene una recompensa: se cuenta una hazaña muda que trasciende a las emociones humanas, y se continúa con la misma sensación de grandeza sin un nombre que la abandere. La sinfonía de Beethoven tiene un interés político más inmediato que el musical, es una serie de movimientos de sus propios deseos y atrevimientos. En este sentido, la búsqueda de un bien colectivo nos llena de un fuego demasiado luminoso.

Independientemente del pensamiento rebelde de Beethoven, las formas con las que expresa el sentimiento de grandeza es un elogio implícito a los valores de la libertad humana. Con lucidez se contempla la sangrante agonía de la República. La sinfonía se convierte en canto fúnebre que tiende a la conciencia de la función crítica, la reflexión cobra sentido, nos contemplamos en ella, no como reflejo, sino como una extensión del chispeante cambio del mundo.