LINAJE DE PLATA

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

santo_feb_02-“¡Mira nada más, muchacha del demonio… ya volvistes a lastimar al pobre Angelito… vas a ver… vas a ver cómo te va en cuanto te agarre!”

Desde la puerta que daba al jardín, escuché los gritos de Josefina, que se acercaba amenazadora, blandiendo una vara de membrillo, que cortaba el aire con movimientos torpes. Angelito la seguía, moqueando.

De nuevo era el momento de darme a la fuga, o aún mejor, de llamar a El Santo para que acudiera a mí rescate. Cerré los ojos con fuerza tratando de imaginar la luna llena (eran más o menos las 7 de la tarde pero el sol brillaba en todo su esplendor). Lo logré en cuestión de segundos, y entonces apareció mi héroe, quien ante la mirada aterrada de mi nana, y la sorpresa de Angelito, sin esfuerzo alguno, me levantó con sus musculosos brazos, brincó la reja que se interponía entre el jardín y su coche, me depositó con suavidad en el asiento del pasajero, y  se acomodó frente al volante de su potente bólido.

Así daba inicio una nueva aventura con el famoso Santo, el ídolo de los niños de México, al que todos emulaban y querían conocer en persona. Mientras el convertible atravesaba la ciudad con su piloto atento a cualquier llamada de auxilio, mi pensamiento se remontó al momento en el que lo conocí.

Era una noche de verano, de esas con sofocante e irrespirable calor norteño.

Aunque lo teníamos prohibido, Angelito, Quique, Willy, Poncho y yo, nos aventuramos hasta el terreno baldío de la Veinte de Noviembre. Sin que nadie nos viera, saltamos la barda, y en cuanto estuvimos adentro, comenzamos a juntar piedras para empezar la guerra.  Poncho y yo formábamos equipo, y Quique y Willy el suyo. Angelito era mi hermano pero no contaba,  nadie lo quería en su equipo porque era muy llorón.

Enfrascados en plena batalla, no nos dimos cuenta cuando se acercaron, Saúl –un retardado mental y el Piquis, un raterillo que había estado varias veces en la correccional.  De un salto, Saúl agarró a Quique por los cabellos, mientras de un empujón, el Piquis tiró a Willy al suelo.  –“Me la debías, pinchi bato… ora si me las vas a pagar todas juntas”. Y acompañó sus palabras con unas patadas que hicieron gritar de dolor a Willy. Angelito sólo lloraba, y cuando Poncho y yo nos disponíamos a lanzar piedras al par de cholos, aparecieron tres chavalos que no conocíamos. A Poncho le cayeron encima y le comenzaron a pegar. Yo salí corriendo como liebre para esconderme, pero uno de ellos me siguió.  -“Párate lepa chirisca… que te pares te digo… méndiga…”  Logré ocultarme adentro de una pila de llantas que los de la gasolinera guardaban en el terreno, y mi perseguidor pasó de largo sin descubrirme. Ya había empezado a obscurecer. Estaba tan asustada que sólo atiné a concentrarme en la luna y a pedirle que mandara alguien en mi ayuda. No quería pensar en lo que me harían si me atrapaban. Oí un ruido y me asomé. Entre las gotas de sudor que caían de mi frente, y las lágrimas que trataba de contener, pude distinguir una figura hercúlea que con paso felino y seguro avanzaba hacia mí.  Primero no lo reconocí, luego no daba crédito a lo que veía. Hasta me tallé los ojos con las manos sucias, para cerciorarme de que quien acudía en mi ayuda era El Santo, El Enmascarado de Plata.

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-“Escuché tu llamada y aquí  estoy para auxiliarte”, dijo, mientras me ayudaba a  salir de mi escondite.  -¨¡Uyyyy… El Santo!… Graaacias”…  apenas alcancé a balbucear, ya que como si lo hubiera presentido, y con una rápida marometa hacia atrás, limpiamente golpeó en plena mandíbula a uno de los tunantes que por fin me había encontrado. El barbaján cayó de espaldas y ya no se movió. El Santo me tomó de la mano y juntos llegamos hasta donde la manada de rufianes seguía golpeando a mis amigos. Al percatarse de la presencia del enmascarado se lanzaron al ataque.  El Santo literalmente voló y con sus potentes manos tomó las cabezas del Piquis y Saúl, chocándolas entre sí, mientras con la pierna izquierda lanzaba una patada que derribó a otro de los atacantes.  El Santo, con agilidad sorprendente cayó sobre el último aplicándole una quebradora que lo hizo aullar de dolor. Atónitos por el asombro, mis amigos huyeron del terreno, seguidos por Angelito, que seguía llorando. Aquella había sido una verdadera batalla, y el Enmascarado de Plata y yo, éramos los vencedores.

A partir de entonces, cada vez que estaba en aprietos, con sólo mirar la luna, o pensarla, El Santo acudía en mi ayuda. Como aquella vez en que me mandaron de vacaciones a San Juanito, “El París del Bosque”, en plena sierra tarahumara, y salí a explorar los alrededores con mis primos Santiago y Gil René.

Poco a poco nos fuimos adentrando en el bosque, hasta que al atardecer nos percatamos que estábamos perdidos. Empezó a hacer mucho frío, mientras el viento aullaba filtrándose entre las copas de los gigantescos pinos y en nuestros cuerpos ateridos. Mis tíos nos habían advertido que no nos alejáramos del pueblo porque una banda de asaltantes estaba asolando la región y pese a los esfuerzos de La Acordada, no habían logrado atraparlos.

Tratamos de salir del bosque pero sin darnos cuenta caminábamos en círculos para regresar al mismo lugar, que Santiago había marcado formando un montículo con piedras y ramas.  Cayó la noche y el frío era insoportable. La luna iluminaba el bosque como un enorme fanal. Gil René fue el primero en escuchar unos ruidos. Nos dirigimos al sitio de donde provenían, buscando calor y ayuda.

Llegamos a un claro pero no se veía a nadie.  En el centro ardía una fogata. Tan rápido como pudimos, nos acercamos a la hoguera para desentumirnos, y sin que nos diéramos cuenta, nos rodearon 7 u 8 tipos con facha siniestra. El más alto y mal encarado tenía una cicatriz que le cruzaba toda la frente. Era un bigotón al que todos llamaban “El Notable”.

-“Órale Notable, mira lo que nos cayó del cielo”. Éste se paró enfrente de nosotros, se me acercó, y sobándome la cara, dijo: “-Ah qué chula chamaca… qué bonitos ojos de agua puerca tienes… y ya estás en edad de merecer… se me hace que ya fuimos dándole gusto al gusto esta noche… pa que se nos quite el frío, muchachos…”  Todos  rieron.

Mis primos se le abalanzaron tratando de defenderme, pero el resto de los hombres los inmovilizó. En medio de palabras soeces y risotadas, el Notable me arrastró hasta un pino cuyas ramas más bajas formaban una especie de tejabán. Las agujas de los árboles y las piedras raspaban mi piel. Desesperada, alcé la vista, y mis ojos se toparon con el ruedo plateado que clareaba la noche. Cerré los ojos pidiendo ayuda y segundos después, El Santo estaba aplicándole un tope al desalmado forajido, ante la estupefacción de sus compinches, quienes, cuando reaccionaron, se le dejaron ir en montón, pero el Enmascarado, con la agilidad asombrosa que le caracterizaba, zurcó los aires cortándoles el paso, y con un antebrazo puso fuera de combate a dos de ellos. Otro de los maleantes trató de sorprenderlo llegándole por la espalda, pero El Santo reaccionó rápido agarrándolo de un brazo, haciéndolo volar hacia adelante.  El malvado cayó de espaldas y al instante quedó desmayado porque su cabeza se estrelló contra una piedra. Se le abalanzó otro rufián, y el Enmascarado, en un santiamén lo tomó por la cintura y el cuello, levantándolo a la altura de su cabeza, y lo arrojó sobre los dos últimos forajidos, que  automáticamente quedaron fuera de acción.

Unos minutos más tarde, apareció un grupo de La Acordada, que desde hacía varios días venía siguiéndole los pasos.  Mi heroico amigo pidió a los guardias que se encargaran de llevar a mis primos hasta su casa, mientras él y yo nos dirigíamos hacia el aserradero Cuevas Blancas, para llegar más rápido a la Cascada de Basaseáchic. Un tramo del camino lo hicimos en su coche. Luego tuvimos que continuar a caballo. Nos los prestaron en el albergue del padre Ramiro. Cuando llegamos al “alto reino de la clorofila y la nieve” –como diría don Fernando Benítez- sólo se escuchaba el bramido de la portentosa cascada, que con sus traslúcidas aguas semejaba una cortina mágica al ser alumbrada por los rayos lunares. El Santo me pidió que lo aguardara y se adelantó unos pasos. Su capa, henchida por el viento armonizaba con el majestuoso paisaje de verdes, ocres y amarillos, que la luz de luna magnificaba. La silueta de mi amigo me pareció la de un titán, cuya sombra se agigantaba tanto como la admiración que sentía por él. Dándome la espalda, el Enmascarado de Plata levantó sus brazos hacia el enorme espejo, y de su boca salieron palabras, que el sonido del viento y del torrente, me impidieron escuchar, pues era un diálogo secreto. La luna parecía responderle con caricias de plateados destellos que lo envolvían, fundiéndose en su vestimenta para transferirle fuerza.

Así estuve largo rato mientras él seguía con su letanía, pero el cansancio me fue venciendo.  Me recosté en una roca y me quedé dormida.

A través de los años cambié de ciudad varias veces, pero cada que lo necesité, mi inolvidable amigo acudió en mi ayuda.

A raíz de esa amistad nació en mí la afición por la lucha libre. La semana pasada me dirigí al Gimnasio Juan de la Barrera, donde esa noche se enfrentaban El Hijo del Santo, Eddy Guerrero y Konan contra Cien Caras, Máscara Año Dos Mil y Universo Dos Mil.

Llegué más tarde que de costumbre y no encontré donde estacionar el coche. Tuve que dejarlo como a ocho cuadras. Las calles estaban desiertas. Apenas había caminado unos  pasos, cuando me di cuenta que me seguían dos tipos con no muy buenas intenciones.  Me apresuré, más pronto me dieron alcance. Grité pidiendo ayuda pero no había nadie.  Mientras forcejeaba, mis ojos se toparon con la luna que empezaba a hacer su aparición entre las nubes. Sin esperar respuesta, le pedí que mandara a alguien en mi auxilio, como cuando era niña, allá en Chihuahua. De pronto, quién sabe de dónde, surgió un coloso, que en el primer momento no reconocí.  Era el Hijo de El Santo que acudía a salvarme, como antaño lo hiciera su padre. Con una patada a la filomena tumbó al primero que se le enfrentó, para rematarlo luego con una terrible doble Nelson, que en cuestión de segundos lo puso fuera de circulación. Con el segundo, que trató de huir al ver que su compañero estaba inmóvil, mi héroe se trenzó en un buen duelo en donde salieron a relucir patadas, golpes y topes durante un buen lapso de tiempo, pues su contrincante, poseedor de un cuerpo musculoso que se adivinaba debajo de la camiseta que parecía adherida a su torso, también hacía gala de una excelente condición física, respondiendo a los ataques del Hijo del Santo con malabares, que iban desde topes, hasta intentos de huracarranas, logrando inclusive aplicarle un candado de cabeza, del que con bastante esfuerzo logró zafarse mi paladín, para luego imponer su habilidad mediante un martinete que dejó sin sentido a su oponente.

Luego de haber vencido a mis atacantes, y de cerciorarse que estuviera bien, consultó su reloj y me dijo: -“Señorita, ya casi es hora de la presentación. Me esperan mis compañeros. Permítame escoltarla”.  Le agradecí su ayuda con un abrazo efusivo. Un poco turbado, el caballeroso luchador me tomó del brazo y me acompañó hasta el Gimnasio, en donde, como siempre, me senté en la séptima fila.