LOS RECUERDOS DE MARIAN

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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La mañana presagiaba lluvia y nieve, tal vez por eso las calles estaban vacías. El reloj de la presidencia municipal marcaba las 6:25. Había llegado demasiado temprano, o quizá el reloj estaba atrasado o descompuesto. Pero no, pensó, a esa hora las beatas acostumbraban ir a misa, entre ellas su tía Alicia. Necesitaba hablar con ella, lejos de la casa.  No quería que su tío Miguel la viera.

Marian acababa de despertar. Se abrió la puerta de su recámara y entró Alicia, una mujer que parecía sacada de alguna pintura de Rubens, sólo que vestida de negro, con una ridícula cofia en la cabeza, que únicamente se quitaba para dormir, y abrió los postigos de las ventanas para que entrara luz. –Eres una floja Marianita, ya levántate… ya pasan de las 10 mijita… –Sabes que me molesta que me digas Marianita, me llamo Marian, y no soy tu hijita, gracias a Dios…

Sin hacer caso, la mujer siguió abriendo ventanas, acomodando la ropa que estaba dispersa por el piso. Al levantar unos vestidos, encontró un libro, lo hojeó y dijo: -ay Marianita, si tu tío Miguel se entera que sigues leyendo estas cosas, ahora sí te manda al internado de Chihuahua… pues qué tienes en la cabeza, muchachita… esto es obra del demonio… mira que leer estos pasquines… ¡Ave María Purísima!…

Marian la miró con desprecio.  –Por favor, tía; entrégame el libro y sal de inmediato… me choca que siempre vienes a esculcar… ¡eres una metiche!… ¡sí, claro,… ahora llora para que se te ponga la cara como tomate y todos te pregunten qué te pasa, y tú vayas con el chisme!  No eres más que una solterona chismosa y amargada.  ¡Ah, y no creas que me trago el cuento que no te casaste porque tuviste que cuidarme cuando murieron mis papás!… lo que pasa es que siempre has estado enamorada del esposo de tu hermana Federica… ¡sí…!  ¡No te hagas! La cara de Alicia se ensombreció y le temblaron las manos. Sin decir palabra, depositó la ropa y el libro sobre un baúl, y salió, mientras Marian se reía.

Ya estaba harta del internado. ¡Malditas monjas!, siempre la vigilaban. Su único aliciente eran las visitas permitidas el último sábado de cada mes. Con indolencia esperaba que en la próxima sí viniera Enrique, el hermano de Esperanza, su compañera de habitación.  Una muchacha flaca y pecosa que tartamudeaba al hablar, y que se había convertido en el centro de sus burlas. ¡Cómo le gustaba la forma en que Enrique la miraba y le apretaba la mano al saludarla! Parecía que sus labios estaban hechos para besar, como los protagonistas de las novelas que leía a escondidas. Además, era un buen partido.  Ya tenía 20 años y acababa de salir de la academia militar. Ahora sí estaba decidida a entregarle la carta que le había escrito hacía casi un mes, donde le decía que le gustaba, y que deseaba ser su novia. Estaba segura que Enrique le iba a corresponder. No importaba lo que dijera Esperanza, al fin y al cabo, Marian estaba consciente del impacto que causaba en los hombres, incluyendo al confesor del colegio, que tartamudeaba cuando ella se confesaba, y en Hilario el jardinero, al que visitaba en la casita del fondo cuando lograba evadir la vigilancia de las monjas. Sus juegos se tornaban más audaces cada vez. Ya no sólo le permitía que la besara y la tocara. La última ocasión se había quitado la blusa y el refajo para que le acariciara los senos, y le había prometido que la próxima vez iba a dejarlo que la viera toda desnuda. Lo único que le molestaba de Hilario era que rara vez se bañaba.

Nunca pudo entregarle la carta a Enrique, ya que una tarde, Sor Emilia la sorprendió con el jardinero. Estaban desnudos. Marian montada encima de Hilario. Ni siquiera la presencia de la monja la hizo detenerse. Siguió moviéndose frenéticamente hasta llegar al clímax. Al jardinero lo corrieron, y Marian fue expulsada del colegio.

Sus tíos Miguel y Federica fueron por ella. Entre lágrimas les pidió perdón y les dijo que Hilario la había obligado a hacer esas cosas tan feas y tan sucias, mediante amenazas. Que estaba muy avergonzada. Que entendieran que ella, a sus 14 años era una niña inocente, que no había sido su culpa.

La llevaron de regreso a la casa, pero no la dejaron salir de su habitación, y sólo la tía Alicia le podía llevar sus comidas. A los tres meses le levantaron el castigo, y volvió a compartir con sus tíos los alimentos en el comedor. Su única salida era a misa los domingos, acompañada por la familia, y vistiendo horrorosos ropajes negros. No le permitieron regresar a la escuela. Su tía Federica le daba clases de francés y de piano, y Alicia de matemáticas, literatura e historia.

Para Marian no pasaban desapercibidas las miradas de su tío, y todas las noches, al despedirse, como no queriendo, lo rozaba con su cuerpo; así que no le sorprendió cuando, una tarde en que sus tías habían salido de compras, se presentó en su recámara.  Al menos Miguel olía mejor que Hilario. Su tío estaba enloquecido con ella. De algo le habían servido las visitas al cuarto del jardinero. Más esta situación no pasó desapercibida para la tía Alicia, que estaba en todas partes.

Repentinamente Federica enfermó, y Miguel pensó que era un castigo divino por su comportamiento. No volvió al cuarto de Marian. Federica murió a los tres meses, consumida por el vómito y la fiebre.  Marian pensó que con la muerte de su tía, se iba a convertir en la señora de la casa, pero pasado el novenario, su tío la corrió, y le pidió que no regresara nunca.  A pesar de los ruegos de Alicia y las lágrimas de Marian, Miguel no cedió. Su tía le entregó sus ahorros y una carta para una amiga viuda que vivía en El Paso, Texas; que tal vez la podría recibir en su casa.

Quince años pasaron para que Marian regresara a Parral. Su vida no había sido fácil.  Estaba cansada y enferma, y los recuerdos la atormentaban. Caminó unos pasos. Se sintió muy débil y se sentó en una banca del parque a esperar a que pasara su tía Alicia, mientras una lasitud la fue envolviendo. Cerró los ojos. La nieve comenzaba a caer.  Más tarde, algunas personas que pasaron por ahí, se sorprendieron al encontrar a una pordiosera muerta.  Atraídos por la noticia, llegaron más curiosos.