PARA DETENER EL TIEMPO

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

tiempo_agosto_01Acabó de pasar en limpio los memorándums del licenciado Peña, y con eso dio por terminado un día más de labores.  Antes de irse revisó la agenda.  Para el día siguiente sólo tenía 2 llamadas pendientes: una con la secretaria del señor Martínez, para confirmar la comida de su jefe, y la otra para pedir cita con el peluquero.  En realidad, ese trabajo no estaba tan mal aunque ganara poco. Total, con la ayuda que le mandaba Rocío, le alcanzaba para irla pasando sin apuros. Afortunadamente no tenía que pagar mucho de renta, y sus gastos eran mínimos. Había aprendido a prescindir de cosas que ahora, por necesidad, consideraba superfluas.

Los demás empleados se despidieron de Amanda. Por fin estaba sola. No le gustaba salir a la misma hora que los demás; así evitaba alternar con ellos. Tampoco le agradaba que la llamaran por su nombre. Exigía que le dijeran “señorita Unzaeta”. No se consideraba igual a ellos, que trabajaban para mal vivir, en cambio ella… cierto que en estos tiempos su economía no era la de antes, más eso era pasajero…  En cuanto regresara Adrián, todo iba a ser diferente, aunque aún no tenía noticias suyas. Sólo Dios sabía por las que estaría pasando.

Salió del edificio por la puerta que daba a Reforma. Las luces del tráfico y los bocinazos la hicieron perder su seguridad. Caminó volviendo la cabeza a todos lados para ver si la seguían. Era una costumbre que tenía desde niña. Paró un taxi y le pidió al chofer que arrancara rápido. El hombre le preguntó a dónde la llevaba, y ella le dijo que sólo avanzara, que después le indicaría a dónde debía llevarla. El coche enfiló por la avenida y dio vuelta en Hamburgo, hacia Chapultepec. Amanda se acomodó en el asiento y miró por la ventanilla.

Ella no era culpable del fraude, sin embargo todas las pruebas estaban en su contra.  Adrián le pidió que, si en verdad lo amaba, no lo delatara. Le juró que nunca la abandonaría, y le dijo que tendría que alejarse por un tiempo, hasta que las cosas se calmaran. Además, también debía tramitar su divorcio para casarse con ella. No, no le importaba que Amanda fuera 15 años mayor que él.  Eso era “pecatta minuta”, le decía.  -Cuando el amor es verdadero, la edad no importa- le decía, mientras la envolvía en sus brazos para hacerle el amor.

Purgó 7 años de cárcel y salió libre por buen comportamiento. Adrián nunca la visitó, pero de vez en vez, le llegaban postales de lugares exóticos, de los que nunca antes oyó hablar. Su hermano Gabriel se negó a recibirla en su casa cuando salió; también sus primas Lucía y Elvira, pero su sobrina Rocío le dio dinero para que se fuera a México. Donde nadie la conocía. Entre los gastos de los abogados y el juicio, había perdido todo el patrimonio que le habían heredado sus padres al morir. Sólo poseía una maleta con sus escasas pertenencias. Cuando llegó, se hospedó en una casa de huéspedes humilde, en la colonia Guerrero y los días siguientes los dedicó a buscar trabajo, como era muy buena secretaria, a los tres días encontró uno, aunque no muy bien pagado. Le ayudó que tenía una carta de recomendación de su eterno enamorado, Don Silvestre, el presidente municipal de Jalapa, quien siempre creyó en su inocencia.

Cada semana escribía a Rocío, preguntándole si tenía noticias de Adrián. La respuesta, que llegaba junto con unos billetes, siempre era la misma. Nadie había vuelto a verlo ni siquiera su esposa. Pero Amanda vivía esperando su regreso. Adrián le prometió regresar y lo cumpliría. A fin de cuentas, lo único que la sostenía era esa promesa para seguir viviendo, para detener el tiempo.

Bastante molesto, el taxista le preguntó si al fin se había decidido a dónde quería ir.  Amanda reaccionó, y le indicó una dirección en la Colonia Guerrero. Llegó a la casa de huéspedes, dio las buenas noches a la dueña, y se metió a su habitación.  En el tocador, estaba un sobre tamaño oficio de papel manila. Dudó antes de abrirlo. Rocío siempre le enviaba cartas en sobres pequeños. Tuvo un presentimiento y lo abrió con prisa. Adentro venían varios recortes de los periódicos de Jalapa, con la foto de Adrián, y una carta de Rocío. Leyó los artículos. Decían que durante un enfrentamiento con la policía, había muerto Adrián Perales, peligroso maleante, buscado por las autoridades de todo el país.  Amanda no daba crédito a lo que leía. Lo mismo decía la carta de Rocío, pero que también, al enterarse que Adrián había regresado a Jalapa, lo había buscado para decirle que Amanda lo seguía esperando, que después de siete años de haber estado en la cárcel, había salido, y que ahora trabajaba y vivía en México; que Adrián se burló de ella y le dijo que estaba loca, que él no conocía ni había conocido nunca a una mujer llamada Amanda, que se largara y no volviera a molestarlo. Amanda no quiso seguir leyendo.  Rompió los recortes de periódico y la carta, y los arrojó al cesto de basura. De golpe la espera había terminado. Con pasos vacilantes, se dirigió al ropero, sacó la gastada maleta y la poca ropa que tenía; empacó, y salió a la quietud de la noche.