REENCUENTRO (UN CASTILLO)

Por: María Teresa Rodríguez Almazán

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Irina llegó a la hora acordada, pero para su sorpresa, Sergio vivía en un edificio casi en ruinas. Antes de tocar a la puerta, ésta se abrió y la recibió él, quien le dijo que, como antes, presintió su llegada. Se miraron con fijeza durante largos minutos, como reconociéndose. Torpemente se besaron en la mejilla. Él la invitó a pasar y a que tomara asiento. Irina lo hizo en el único sillón del lugar, frente a un escritorio. Se quitó el saco, depositó su bolso a un lado y empezó a hablar convulsamente, mientras él la contemplaba en silencio.

-Estaba tan nerviosa por volver a verte. No sé ni qué decir. Uy, ¿cuántos años han pasado desde la última vez que estuvimos juntos, quince, dieciocho, más?

-Es curioso cómo transcurre el tiempo, sin embargo, ahora, parece que nos hubiéramos despedido apenas ayer. Es como si regresara a casa después de un larguísimo viaje.

-No, no creo, la interrumpió Sergio –ahora te siento lejana, diferente.  -Ya no hay en tus ojos esa luz que me envolvía y que me hacía desearte, poseerte, fusionarme contigo, con  ganas de borrar de tu piel cualquier huella que no fuera mía.

-Por favor, no empieces…

-Nunca te lo confesé, pero cada vez que nos separábamos, me asfixiaban unos celos de la chingada, sobre todo cuando salías de mi cama con cualquier pretexto, a pesar de mis ruegos para que te quedaras. Nunca aceptaste quedarte a dormir, y era lo que yo más quería. Tenerte toda una noche sólo para mí. Me dolía cuando te ibas; y cada vez que te veía con alguien más, me alejaba para que no vieras mis lágrimas y mi frustración.

-Y entonces, por venganza, salía con muchachas de mi edad, aunque parecía que no te importaba que yo estuviera con otra, pero sólo tú ocupabas mis pensamientos, y en sus brazos, te buscaba. Nunca supe de qué pasta estabas hecha pues no me reprochabas nada. Siempre pensé que el orgullo y los modales ponían un sello en tu boca, pero yo no podía soportar la idea de compartirte con nadie, ni siquiera con los tuyos. Te necesitaba a mi lado, aunque fuera para contemplarte, pero tú, sabiamente me guiabas, y terminábamos entrelazados, tratando de saciar esa sed que parecía que nos iba a consumir, que nos dejaba exánimes y deseando cada vez más. Llenabas mis horas por completo; estaba hambriento de ti.

-Mis amigos me decían que estaba loco, que eras demasiada mujer para mí, que estabas jugando, experimentando con alguien diferente, y de menor edad. Los mandaba a la mierda, ¡y que ni siquiera se atrevieran a mencionarte!

-Déjame hablar Sergio, ¡Cállate y escúchame!

-¿Eras tan tonto para no darte cuenta? ¿Creías que no me importaba que estuvieras con otras?  Mil veces te maldije y aullé de rabia y dolor, pero tienes razón, mi educación nunca me permitió hacértelo saber, no podía ni por asomo dejar que supieras cuánto te amaba, lo que significabas para mí, lo que aún significas para mí.  Es por eso que  acepté venir  hoy.

-¡Eres una mentirosa!, ¡cállate!

-No trates de callarme ni decirme mentirosa. Me enamoré de ti sin darme cuenta, sólo sucedió. Te confieso que al principio me halagaba y me divertía tu insistencia, pero conforme te fui conociendo, nació este sentimiento que ni siquiera el paso del tiempo ha podido consumir. Pero me daba miedo ser vulnerable y quererte tanto. Por eso huía de ti, me apartaba tratando de no amarte, pues era un sentimiento tan fuerte, que me hacía regresar una y otra vez, y además, habían otras causas. Tú sabes…

-Pero, dijo él

-No me interrumpas, escucha. Deja te digo que el momento más bello que viví a tu lado fue en las ruinas de aquel castillo olvidado en medio del bosque, donde, entre la hierba y la lluvia, hicimos el amor como nunca antes. Te confieso que sentí y vi cuando nuestras almas, al igual que nuestros cuerpos, se fundían para formar una sola, y emprendieron un vuelo del que hubiera deseado no regresaran jamás. Fue un momento sobrenatural, mágico, que tú te encargaste de destruir, al decirme que esa noche no estarías conmigo, pues tenías que acompañar a tu “novia” a su fiesta de graduación.   Te acuerdas, ¿no?… ¡Pues yo sí!…  Cómo te odié. Habías convertido algo tan mágico en nada.

-¿Por qué nunca me lo dijiste?

-¿Para qué… hubieran cambiado en algo las cosas? ella lloraba.

Sergio se levantó, llenó un vaso con ron y volvió a sentarse frente a ella, que lo observa con tristeza.

-Irina, ¿te acuerdas cómo nos conocimos?

-No, de verdad no, aunque tengo un vago recuerdo.

-Fue un 19 de octubre, entraste a aquel salón de ensayos y te vi. Llevabas un vestido amarillo y zapatos del mismo color, unas arracadas enormes, y el cabello recogido en una coleta. Estabas tan hermosa que borraste a las demás mujeres. Todos queríamos saber quién eras y por qué estabas ahí. En ese instante me juré que ibas a ser mía.  No tenía idea cómo lo iba a conseguir, pero desde ese momento estuve dispuesto a todo para logarlo. No sabía nada de ti, ni siquiera tu nombre; tenía que averiguarlo, y me di a la tarea. Carlos, el asistente del coreógrafo fue mi fuente de información. Eras amiga de la productora de la obra y venías a ver el ensayo para decidir si te quedabas como asistente de dirección. Y entre otras cosas, casualmente tú y yo éramos vecinos.  Con ese pretexto, al día siguiente me acerqué para pedirte un “aventón”, y así durante los meses que duraron los ensayos-. Cuando terminaron, alguien organizó una fiesta en su casa y te rogué para que fueras, ¿te acuerdas? Tú me comentaste que no acostumbrabas ir a fiestas ni tomar ninguna bebida alcohólica, pero  te convencí para que me acompañaras, y ya en el lugar, a que brindaras por el éxito de la temporada. Tomaste vino blanco, y como al regreso, no te sentías muy bien para manejar, lo hice yo. Me estacioné afuera de tu casa y muy decidido, tomé tu cara entre mis manos y te besé. Pensé que te ibas a resistir.  Creo que tú también querías besarme, aunque después dijiste que no. Desde esa noche nos volvimos inseparables, ¿Ya te acordaste?

Sergio se levantó, le brillaban los ojos.  Fue a la cocina, tomó un vaso y sirvió ron. Se lo ofreció a Irina, quien negó con la cabeza, pero él le acercó el vaso a la boca, la hizo que tomara un trago largo, y se sentó junto a ella. La empezó a besar en el cuello y en las mejillas, hasta llegar a sus labios. Ella permaneció inmóvil, sin corresponder a las caricias.

-Irina, por favor, por favor, musitó Sergio, mientras la incorporaba, sosteniéndola entre sus brazos.

-No vine a esto Sergio, sólo deseaba verte una vez más. No tengo mucho tiempo, ¿sabes?, pero quería llevarme tu imagen en el alma, en mis pupilas. Anhelaba revivir junto a ti, en mi mente, esa magia tan especial que sólo experimenté en el castillo, pero ahora veo que el castillo sólo existió en mi imaginación, que fue un sueño que no podrá volver a repetirse.

-No, dijo él. Todo este tiempo he soñado con regresar contigo a nuestro castillo. ¡Sí existió!… y tenemos que regresar para cerrar ese círculo…

-Ya no hay tiempo, le contestó, mientras se separaba de él.

Tomó su saco y su bolso, él la detuvo, la tomó por los hombros, le besó la frente, luego, la acompañó hasta la puerta.  Sin volverse, Irina partió hacia la noche.