Escenarios

Por: María Teresa Rodríguez Almazán / TOMÁS URTUSÁSTEGUI

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BESOS Y CEREZAS

TOMÁS URTUSÁSTEGUI

2007

escenarios_dic_01Me extraña de ti. Creo que te estás volviendo loca con los años. No me puedes salir ahora con que te quieres ir, que quieres ser libre, vivir tu vida. Ya estás vieja, entiéndelo. Vieja y enferma. ¿Quién crees que te va a recibir? ¿Tus hijos, tus nietos? ¡Ilusa! Te recibirán por una semana cuando mucho. ¿O acaso quieres vivir sola? ¿De qué te vas a mantener, vas a trabajar? Si no sabes hacer nada. Además piensa que yo te necesito y tú me necesitas a mí. ¡Reconócelo! Por algo tenemos ya cincuenta y un años de casados. Esto que quieres hacer está bien para los jóvenes… ¿Pero nosotros…? Nosotros lo que tenemos que hacer es prepararnos para aguantar los últimos años sin sufrir mucho. Además, eso de que te separas porque ya no te doy besos… ¡No seamos ridículos! Que se besen nuestros hijos, nuestros nietos… ¿Pero nosotros?

Fíjate que me hiciste pensar y creo que tienes razón. Los besos han marcado nuestra vida. Cuando te conocí te cantaba la canción que dices era la preferida de tu mamá: Besos y cerezas. “Deja que bese, chiquilla, tus labios rojos, como cerezas, deje que sacie en tu boca mi sed de amores y de ternezas: quiero beber en tus labios la sangre roja de las cerezas, tus besos son mi alegría, ¡Ay vida mía y mi ilusión!”. Nos volvíamos locos cuando lo hacíamos a escondidas. De ahí pasé a la opereta: “Por favor, por favor, dame un beso y verás…”, ¿te acuerdas?

En mi primera serenata -después de que nos casamos-, te canté seis veces seguida la misma canción: Bésame mucho. Es nuestra canción: “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez; bésame, bésame mucho, que tengo miedo perderte, perderte después”.

Los años que pasamos viviendo en el campo te cantaba de la mañana a la noche “Bésame morenita”: “¡Ay, ay, ay! Mírame, mírame, quiéreme, quiéreme, bésame morenita, que me estoy muriendo por esa boquita, tan jugosa y fresca, tan coloradita. Como una manzana dulce y madurita, que me está pidiendo: no muerdas tan duro, no seas goloso y chupa que chupa que es más sabroso, así me lo dice mi morenita” 

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Tú me cantabas “Besar” de Bruno Terrazas ¿Te acuerdas? A mí eso no se me olvida. Olvido dónde dejé mis lentes, los nombres de mis nietos, pero esa canción no. 

“¿Quién no lo sabe, que nada sabe cómo el besar? ¿Quién me lo niega, si es de la vida punto inicial? Te besaré las manos como el rocío besa los lirios. Te besaré la frente con tibio beso del corazón. Y bajaré mis labios hasta los tuyos donde me espera el beso más ardiente, el beso intenso de la pasión. Te besaré con ansias, con fiebre loca que da tu boca, no contaré los besos porque no hay cifras en el besar. Y así seguir viviendo, seguir amando, seguir besando, hasta que el sueño venga y luego en sueños besarnos más”.

¿Con qué nos contentamos la otra vez que querías separarte? Fue la única vez hasta hoy que lo vuelves a hacer. Fue porque yo quería dejar mi trabajo para irme al campo. Tú no querías. Dijiste que me fuera solo. Lo que te convenció fue el verso de Luis G. Urbina que te recité con lagrimas en los ojos: “Era un cautivo beso enamorado de una mano de nieve, que tenía la apariencia de un lirio desmayado y el palpitar de un ave en agonía. Y sucedió que un día, aquella mano suave de palidez de cirio, de languidez de lirio, de palpitar de ave, se acercó tanto a la prisión del beso, que ya no pudo más el pobre preso y se escapó, mas con voluble giro, huyó la mano hasta el confín lejano, y el beso, que volaba tras la mano, rompiendo el aire se volvió suspiro”.

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Las ganas de hacer el único viaje que hicimos a Europa fue para darnos el beso español: “El beso, el beso, el beso en España, lo lleva la hembra muy dentro del alma, la puede besar en la mano o puede darle un beso de hermano, pero un beso de amor, no se lo dan a cualquiera”.

De tanto que nos besábamos nuestros hijos nos pusieron de apodo Los mil Besos, como la canción. Ahí vienen los mil besos, decían riendo y cantaban el estribillo de esa canción. 

Ven, acércate, te voy a dar un beso para que estés contenta. Un beso muy distinto al que nos dimos con los besos y las cerezas. Ahora ninguno de los dos tenemos dientes pero en cambio tenemos mucho amor, mucho. Ven, “bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”.

F I N

LA JABONERA

María Teresa Rodríguez Almazán

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Eran los tiempos convulsos de la revolución. La calma había desaparecido para dar paso a la violencia, al miedo, la zozobra y la inquietud. Haciendas saqueadas, furia incontenible, terratenientes asesinados, mujeres violadas y todo lo que conlleva el rencor agazapado en el alma de los subordinados.  El descontento estalló sin control, convirtiendo el odio y la sumisión atávica en furia brutal.

Mi bisabuelo, don Juan Almazán tuvo noticias que para seguir a Villa, como lo estaban haciendo casi todos los habitantes del Valle de Zaragoza, y los peones con sus familias saquearon La Jabonera. Destruyeron parte del mobiliario, quemaron las trojes, llevándose ganado vacuno y caballos. Sólo los más antiguos y leales servidores decidieron quedarse. 

Para constatar el estado en que había quedado  la hacienda, mi bisabuelo mandó a su hijo mayor, mi abuelo Ascensión a que fuera a revisarla y le pidió que se llevara a cuatro peones de Santa Rosa para que lo apoyaran.

La distancia de Parral hacia La Jabonera era de más de 80 kilómetros. Tardaron casi dos días en llegar, evadiendo a los revolucionarios. Cuando arribaron, el portón estaba desvencijado y abierto. Por todas partes se veían restos de carretas y mobiliario quemados, vidrios rotos de los ventanales y ropa de la familia, esparcida y pisoteada por los caballos.

El lugar parecía estar desolado.  Al revisar las habitaciones, debajo de una cama encontraron a don Epifanio, que era ya el único que quedaba y quien se había escondido al escuchar los cascos de los caballos. Estaba aterrado. Les relató que regresaron algunos revolucionarios y mataron a sus muchachos Inocencio, Benito y Rafael porque se negaron a seguirlos y se llevaron a las esposas de éstos y a los niños. A él lo golpearon hasta que se desmayó.  Lo dejaron creyendo que estaba muerto.

Lo ayudaron a enterrar a sus hijos y recomponer el portón de entrada.  Siguiendo instrucciones de su papá, mi abuelo fue a la oficina a revisar si habían encontrado  la caja fuerte, que afortunadamente seguía oculta en su lugar. Sacó los documentos que le había indicado para llevárselos de regreso a Parral

Cenaron carne seca y sólo bebieron agua porque decidieron no encender fuego por si había revolucionarios cerca. Esto, a pesar de que mi bisabuelo don Juan tenía cierta “amistad” con Francisco Villa.

Mi abuelo había llevado a su fiel e inseparable Indio, un San Bernardo que tenía desde que era un cachorro. Al anochecer, ordenó a los peones que se repartieran en las habitaciones, que atrancaran las puertas y que estuvieran alerta por si regresaban los villistas.  Él se quedó en la recámara principal acompañado sólo por el Indio.

Los nervios y el cansancio lo vencieron. No supo cuánto tiempo durmió. Lo despertaron los gruñidos del perro y un grito aterrador que parecía venir de la sala.  Dos de los peones que lo acompañaron y don Epifanio también acudieron aterrados al sitio de donde provenían los alaridos. La sala estaba cerrada por dentro. Tuvieron que romper una de las puertas para entrar. Moribundo, el otro peón estaba cubierto de arañazos y con el torso y vientre destrozados. La sangre salía a borbotones de su cuerpo. Estaba agonizando. A las preguntas de mi abuelo, sólo alcanzó a responder: “Los pasos”… “Los pasos”.