EX LIBRIS — Llega el final para Harold Bloom, Autor del Canon Occidental

Por: BERNARDO GONZALEZ SOLANO

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Cuando la genialidad acompaña a un personaje, nada impedirá que su grandeza sea reconocida por propios y extraños, no importa que durante sus primeros años de vida únicamente se comunicara en Yiddish y hebreo literario, por haber nacido en una familia judía asquenazi procedente de Ucrania —en la que no se hablaba inglés que apenas farfulló después de su primer lustro de vida—, en el South Bronx de la ciudad de Nueva York, hijo de William Bloom y Paula Lev, el 11 de julio de 1930. Harold Bloom, se convertiría en un icono del idioma inglés. El lunes 14 de octubre pasado, Boom falleció en New Haven, EUA, a los 89 años de edad.

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La tarjeta de presentación de este singular personaje dice: historiador de la literatura, escritor, catedrático (prácticamente hasta las últimas horas de su vida, tanto en la Universidad de Nueva York como en la de Yale), crítico literario (pese a lo que digan sus innumerables enemigos) y periodista. Autor de más de 40 volúmenes, el primero en 1959, veinte de ellos de crítica literaria, otros de religión y una novela. Editó centenares de antologías y escribió innumerables prefacios para otros tantos volúmenes de la Editorial Chelsea House (sobre todo por necesidad de dinero para pagar médicos y medicinas por la enfermedad de uno de sus hijos). Sus obras han sido traducidas a más de 40 idiomas.  

exlibris_nov_02Al morir Bloom el “canon occidental” pierde una señera institución. No es fácil encontrar otra vida que tan incansablemente se dedicara a las letras y a la propagación de las obras de los autores verdaderamente sobresalientes en la literatura. Para él, William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra fueron la cúspide en inglés y en español, respectivamente. Decir Bloom, es decir civilización. Uno de tantos panegiristas escribió: “Generoso, teórico y de una gentileza particular, dibujó un mapa universal de la escritura, desde el Antiguo Testamento hasta Jorge Luis Borges; desde Charles Dickens hasta (Fiodor Mijailovich) Dostoievski y (Antón Pavlovich) Chéjov”.

How to Read and Why (Cómo leer y por qué), —uno de sus principales títulos publicado en el año 2000 por la neoyorquina casa Scribner—, nos recuerda que éste es uno de los retos más ambiciosos en la promoción de las grandes obras de la humanidad. La noticia de la muerte de Bloom causó dolor “en las bibliotecas personales, públicas y privadas”. Su gran libro sobre Shakespeare permanecerá como uno de los grandes compendios sobre el más influyente dramaturgo de la modernidad. “Su crítica le hizo acreedor al respeto hasta de sus detractores, que no fueron pocos”. 

Bloom ocupa un lugar exclusivo en la vida de los lectores —millones—, que se embebieron en sus libros para encontrar pistas bibliográficas cuando no había más que oscuridad en las vitrinas. Infinidad de estudiantes comenzaron leyendo sus reseñas para aventurarse en lo más sublime de la tradición. Su tarea fue altruista y bien intencionada. Procuró que los noveles lectores llegaran a apreciar lo verdaderamente valioso de lo popular, de lo esencial a lo efímero, en una época donde lo segundo se impone a lo trascendental. 

Para este maestro en el pleno sentido de la palabra —magister, sin soflamas—, el centro del “canon occidental” se encontraba en inglés, en Shakespeare, en castellano, en Cervantes. Al paso de los siglos, alrededor de estos dos monumentos literarios se agruparon otros gigantes de las letras como Walt Whitman, Frank Kafka, Marcel Proust, James Joyce o Virginia Woolf, y otros. Todos, o casi todos, conformaban lo que caracterizó como el canon literario de occidente. En 1994 Bloom irrumpió con la publicación de El Canon Occidental, con sus veintiséis autores imprescindibles. Esta recopilación, tildada entre otras cosas, de “masculino” y “blanco”, levantó ámpulas entre los representantes de las corrientes, tanto de derechas como de izquierdas, a las que el crítico acusaba de politizar los estudios literarios. Pese a todo, en 2002 fue reconocido con el Premio Internacional Cataluña y, al año siguiente, con el mexicano Premio Internacional Alfonso Reyes.

En el centro del Canon, Bloom sitúa a Shakespeare, cuya influencia fue tal que el resto de genios literarios, de Jean-Baptiste Poquelin (Moliere), a Samuel Becket, se definieron por su posición frente al bardo, incluso a través de sus intentos de romper con él. En su lista de autores canónicos hay también mujeres, Jean Auster, Emily Dickinson, George Eliot y Virginia Woolf. De hecho, Bloom llegó a afirmar que partes del Antiguo Testamento fueron escritos por una mujer que formaba parte de la corte del rey Salomón. 

Una de las grandes aportaciones de Bloom al mundo de la crítica literaria fue el concepto de la “angustia de la influencia”, detallado en un libro con ese mismo título (The Anxiety of Influence. A Theory of Poetry. Oxford University Press, 1973.). Desde Shakespeare, el canon ha ido heredándose, mientras los discípulos han tratado de mantener un angustioso equilibrio entre el homenaje y la ruptura, la tradición y la originalidad. 

exlibris_nov_03Según escribió Bloom, “la influencia es simplemente la transferencia de la personalidad, un modo de obsequiar con lo que es más precioso para uno mismo: su ejercicio produce un sentido y, quizás, una realidad de pérdida”. Hay que decir, sin embargo, que más de uno de sus contrarios juzgaba que su “idea” de la literatura era elitista y dejaba fuera a amplios sectores del universo literario, ignorando juicios de orden político, social, o que se atenían a criterios como la identidad étnica o el género. Bloom los desdeñaba refiriéndose a ellos representantes de lo que dio en llamar la “escuela del resentimiento”. 

De una sabiduría portentosa, Harold produjo dos tipos de obras. Algunas eran consideradas muy especializadas como La ansiedad de la influencia en la que desarrolló una sofisticada hipótesis sobre la génesis de los grandes momentos de la historia de la poesía, como cristaliza en la obra de los mayores poetas del canon, que gestan su producción como reacción a los genios que los precedieron. Esta fue una de las tesis de Bloom destinadas a tener mayor impacto en los círculos académicos. En su trabajo, El libro de J (1990), incluyó la audaz hipótesis de que el dios judeocristiano era un personaje literario inventado por una mujer que había vivido en tiempo del rey Salomón. Otros de sus libros, por el contrario, eran buscados con avidez por amplios sectores del público, que esperaban de él que sancionara con su autoridad los títulos de la historia de la literatura que valía la pena leer. 

Como cualquier otro ser humano, Harold Bloom sufría escasez monetaria y tuvo que escribir más de un libro enfocado en ganar dinero, como la popular Genius: A Mosaic of One Hundred Exemplary Creative Minds (Genios, un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares), en 2002, por la que recibió un adelanto de 1,2 millones de dólares. Dinero que le ayudaba a sufragar los elevados gastos médicos de uno de sus dos hijos, afectado de una dolencia crónica. 

En esencia, Bloom era un elitista confeso y un provocador que un buen día llegó a proclamar: “Yo soy el verdadero crítico marxista, pero seguidor de Groucho, no de Karl, ya que como él mi lema es que me opongo a todo”. El solo hecho de que el genio de Groucho Marx, el hombre del bigotón, haya ordenado que en su lápida se inscribiera: “Perdón por no levantarme”, ejemplifica muy bien de qué quería hablarnos Harold Bloom. 

Sin duda, quizás para Bloom lo peor de la muerte seguramente es que al morir nadie puede llevarse a la otra vida un libro, propio o ajeno. Por lo mismo, de acuerdo a su consejo: “La vida es tan corta que hay que saber qué leer y por qué”. Quién como él que se jactaba de solo necesitar una hora para asimilar un libro de 400 páginas. Sin duda, la vida es corta y no hay que leer tanta pendejada impresa. Así, el “canon sirve para romperse: hay que quebrar el vidrio de emergencia y sentarse a leer a un verdaderamente grande del lenguaje”. Requiescat in pace: Descanse en paz (RIP). Vale.