ME CONFUNDEN Y ME DETIENEN ANTES QUE AL DELEGADO

Por: Arturo Ríos Ruiz

personajes_sep_01Llegaba a la Delegación Coyoacán, eran las ocho de la noche, tenía chofer y me acompañaba mi ahijado Mariano Orbe, al que le había prometido trabajo. Habíamos recorrido varias delegaciones y de acuerdo al programa de trabajo, Coyoacán era el cierre de la jornada, vivía en San Ángel y me quedaba cerca la representación de lo fue Departamento del Distrito Federal.

Sabía que Jorge Flores Vizcarra, el delegado, no estaba, se había ido a su natal Culiacán, en tanto, Antonio Toledo Corro, era el gobernador, presentaba su Tercer Informe de Gobierno y el joven político hacía presencia en el evento. Su brillante carrera le exigía estar en su terruño, de acuerdo a los pronósticos, podría figurar como aspirante a la gubernatura del estado.

El lugar destinado para el vehículo del delegado estaba desocupado, ordené: “Estaciónate en el lugar de Jorge”. Me dirigí a la Oficina de Comunicación Social, de la cual estaba al frente Ignacio Gutiérrez, “El Teniente”. Rumbo al edificio delegacional vi a un hombre gordo parado junto a la pared de la entrada, simulaba leer un periódico, pero observaba a todo el que cruzaba el umbral. Dije para mis adentros: “Parece un detective de los años veinte”. Platiqué un rato con Nacho, lo conocí como ayudante de Enrique Alfaro en Comunicación Social del DDF en los tiempos de Carlos Hank González. Me despedí de Nacho Gutiérrez y pasé a saludar a Antonio Montero -es mi paisano- y hablamos otra media hora, me retiré y me dirigí hacia mi carro.

Era hora de regresar a casa, así le indiqué a mi chofer, me recosté sobre el asiento, estaba un poco cansado… El sentido de la calle es hacia el Norte, dimos vuelta por la vía Belisario Domínguez hacia la izquierda y a media cuadra, me dice mi chofer ¡aguas con ese cabrón, Arturo! Volteé y vi un Gran Marquís, en el interior, uno de varios individuos me mostraba una credencial metálica que no identifiqué, a la derecha estaba otro vehículo igual, de cuyas ventanillas salían varias metralletas e instintivamente vi hacia el frente y estaba otro automóvil igual y cuatro mal encarados salían del mismo, todos con armas largas que apuntaban amenazantes hacia nosotros. Pensé: “¡Ya me mandó matar Mota Sánchez!”. El general Ramón Mota Sánchez, era el Director de la Policía Preventiva, diariamente le señalaba sus errores y los de sus colaboradores en mi columna de Últimas Noticias de Excélsior “Expediente X”.

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Le dije a los muchachos, ¡Tranquilos! Intuí que nos matarían, pues eran como 12 hombres perfectamente armados y con cara de asesinos. Estábamos rodeados, salí del automóvil, me temblaban las piernas y aparenté ecuanimidad. Las personas observaban espantadas la escena, era impresionante tanta arma y tantos hombres en actitud amenazante. Pasé la vista sobre todos y sólo vi rostros criminales, imponentes y siniestros, cuyas manos blandían poderosos rifles cortos que en mi pueblo eran conocidos sólo en poder de los narcotraficantes.

Luego descubrí al gordo, el del periódico, recordé quién era, dónde lo había conocido y a qué se dedicaba y ello me dio tranquilidad, deseché que se tratara de un secuestro o que fueran a matarme.

Él preguntó: ¿Es usted el delegado?

-No, pero tú eres “Juan Broncas”, estuviste en el grupo de la DIPD y ahora estás en la Judicial del Distrito, el gordo se descontroló un poco y reaccionó rápidamente.

– ¿Trae usted alguna identificación?

Saqué mi licencia de conducir en medio de la mirada pesada y terrible de los demás agentes que acuciosos observaban el diálogo.

Buscó un rayo de luz, leyó el diminuto documento y preguntó: -¿Trabaja usted en la Delegación, señor Ríos? Recobré el aplomo, el temblor de las piernas disminuía y comenzaba a salivarse mi boca que estaba tan seca como la de los loros. -No mi amigo, soy periodista, ésta es mi tarjeta, yo escribo la columna Expediente X en Excélsior, te conocí en la oficina de Sahagún Baca…

Se puso nervioso, los demás bajaron sus armas y sus rostros terribles pasaron a una sonrisa estúpida de la pena. El gordo expresó: ¡Chin ya la cagamos!, discúlpenos señor Ríos, no era con usted…

-Bien don Juan, ¿Qué hizo el delegado? -No sé, sólo que la cagó…, váyase y perdónenos…

-¡Nada de eso! me dices qué hizo o mañana público en mi periódico esto que pasó, y no creo que te vaya muy bien.

-Mire, si algo hizo, yo sólo tengo instrucciones del Procurador de detenerlo, sé que la orden viene desde arriba, nada más, déjenos ir, nosotros somos tropa…

Decidí no indagar más, el miedo aún no pasaba y emprendimos la retirada, había tiempo para investigar sobre el asunto, Jorge era mi amigo, Ignacio y Toño Montero también, así que conocería todo. Me despedí de mano de “Juan Broncas” y de los demás policías.

En casa, ya frente a mi máquina de escribir para preparar la columna del día siguiente, enfrentaba una batalla mental: como noticia, el hecho era una bomba, tenía la exclusiva, pondría en ridículo a la Judicial del Distrito y adelantaría lo que le pasaría al delegado. Pensé, mi amigo es primero, así que tomé el teléfono, le marqué a Toño Montero y le dije: “Háblale a Jorge, donde esté, dile que es urgente que llame a mi casa.

-¿Qué pasó? -Lo van a detener… ¡Háblale!

No habían pasado 15 minutos cuando llamó del delegado. -Quíubo hermano, me dijo Toño que te hablara…-Sí Jorge, no sé qué hiciste, pero te van a detener.

– ¿A mí, por qué?

-No sé, pero me confundieron contigo, me detuvieron, eran como 14 judiciales armados con metralletas, me pidieron me identificara para comprobarles que no era tú ¿no serán tus problemas con Antonio Álvarez Corona?

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Antonio Álvarez Corona fue quien vendió terrenos en la zona de los Culhuacanes, estaba apoyado por Manuel Gurría Ordóñez, secretario general de Gobierno y hacía desmanes en la zona de Coyoacán. Más tarde fue encarcelado.

-Pues no sé, ¿Pero estás seguro que era para mí la detención? -Mira, como dicen los policías, fue “piquete derecho” muévete, algo va a pasar…

-Bien, gracias, déjame ver, luego te hablo.

-Volví a llamar a Montero.

-¿Qué pasó?

-Quién sabe, ya nos llevó la chingada, cayó la Contraloría, todas las oficinas han sido selladas, quién sabe qué ocurrió.

Me fui a la Delegación y vi otro panorama, la Contraloría se apoderó de todas las áreas, rostros adustos, actitudes prepotentes y dueños de las instalaciones, asustando a todos, colocaban sellos por doquier. Al día siguiente me enteraba por la televisión de la detención de mi amigo, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

Supe que después de mi llamada, él habló con un alto funcionario de la Procuraduría del Distrito, que preguntó qué había en su contra y que le dijeron que era algo intrascendente, que se viniera a México y arreglarían en unos minutos.

Ajeno a que los agentes vigilaban su domicilio de Culiacán, viajaron en el mismo vuelo y al llegar a la Capital lo detuvieron en el pasillo de salida.

Dicen que fue así.

-¿Licenciado Flores Vizcarra?

-A sus órdenes.

-Está usted detenido…

-¿Por qué, ya hablé con…

-¡Cállese hijo de la chingada!, son órdenes del Presidente!

Ramón Aguirre, se encontraba en España, desde ocho días antes del suceso, es seguro que ya sabía lo que iba a ocurrir.

Fui a ver a Jorge al Reclusorio Oriente, platicamos en el asqueroso comedor, había varios amigos y no pude preguntarle nada, era momento de la solidaridad.

Salieron versiones, como: 

a) Que tenía una relación amorosa con la secretaria de Banca Cremi, cerca del edificio delegacional y la calle Marcos Carrillo, que la chica tenía otro “novio”, influyente que movió hilos para encarcelarlo.

b) Otros aseguraron que la señora Paloma de De la Madrid, primera dama y vecina de la Delegación, se quejó con el delegado sobre unas obras que se ubicaban cerca de su casa, que no le agradó la respuesta del funcionario y que de ahí resultaron los problemas para el joven político.

Pero cuando le pregunté a Jorge, qué fue lo que ocurrió, sólo respira hondo y me dice, “todo fue culpa del ojete de Ramón Aguirre”. No dijo más. Varios meses pasó detenido, sufrió el acoso de los medios de comunicación, el peso del sistema se le echó encima, lo utilizaba como ejemplo de la promesa de campaña: “moralizar a la sociedad”.

Cuando platicábamos en el penal, Jorge tenía la esperanza de que todo se arreglara, pero pasaron los meses y varias veces, Ignacio Gutiérrez, los hermanos de Jorge, otros y yo, nos quedamos en las afueras del reclusorio, frente al portón por donde salen los liberados esperando al amigo y regresábamos tristes.

Finalmente, recobró su libertad, le organizamos una fiesta en la casa de Manuel Olivares “El Pupy”, lo abrazamos y nos congratulamos de que estuviera libre. Jorge puso un despacho en la colonia Cuauhtémoc para subsistir, siempre transmitió seguridad, tranquilidad y alegría, aunque por dentro sufría. El drástico corte de su carrera política que iba en ascenso, no sólo le trastornó su modus vivendi, sino que también su situación personal, resintió el divorcio y perdió negocios que tenía en Guadalajara y Tepic.

Construía su casa de campo en Xochitepec, Morelos, acudió con su nueva compañera a pagar a los albañiles, éstos, atacaron a la pareja, mataron a la señora y al él le dieron un balazo en la columna vertebral. Huyeron con el dinero. El hombre estuvo una semana tirado en el piso, se desangró y ya se imaginan el sufrimiento. Hasta que una persona lo encontró y llamó a sus familiares.

A raíz de ese ataque, Jorge quedó atado una silla de ruedas y duele pensar en el terrible cambio de su vida exitosa al de la pesadumbre, la desgracia y el sinsabor. Su recuerdo está vivo para muchos de los que fuimos sus amigos. QDEP.