Ya llegaron nuestros muertos…

Por: Lala Noguera . / Casa Azteca México

lala_nov_01Sin temor a equivocarme podemos decir que la fiesta máxima -además de la Independencia en México-, es sin duda, la llegada de nuestros amados difuntos. Esta tradición se ha conmemorado por muchos siglos por los habitantes de nuestro país y por mexicanos radicados en otras latitudes, quienes lo celebran con gran entusiasmo y cuyo origen data de la época prehispánica; es conocida como el día de los Todos los santos, es decir de los difuntos pequeños, en tanto que el día de Todos los fieles, está dirigida a los adultos. Se cree que los espíritus de los muertos regresan a visitarnos los días el 1 y 2 de noviembre, quienes recorren un largo camino desde el inframundo hasta llegar con sus seres queridos, cabe señalar que el Inframundo es el Mictlán, la región donde esas almas se quedan y reposan en la cosmogonía prehispánica.

Anteriormente estas festividades duraban 40 días, la primera veintena estaba dedicada a los niños difuntos – Tlaxochimaco (ofrenda de las flores) o Miccailhuitontli (pequeña fiesta de los muertos)– y la segunda a los adultos –; tiempo en el que se hacían ceremonias y danzas, además de altares u ofrendas a los muertos, con las cosas que les gustaban en vida, objetos preferidos, utensilios, figuras de barro, imágenes de Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl –el señor y la señora del Inframundo–, sahumerios con copal, alimentos, bebidas, sin olvidar la apreciada xempoalxochitl, que hoy conocemos como cempasúchil o flor de los muertos.

También en estas celebraciones y en toda la ofrenda majestuosa que se les hace a nuestros difuntos está esa agüita de vida que siempre les encantó a los grandes, esa agua de las verdes matas que los tumbó y los mató, pero también los hizo andar a gatas como a nosotros. En las diversas ofrendas de tierras con enorme tradición, donde aún sobreviven poblaciones originarias, como es el caso de Oaxaca, donde podemos ver en los altares de Día de muertos, un destilado aperlado que en los últimos años ha sido un imán para las preferencias de mexicanos y extranjeros.

En Michoacán, tierra también de tradición, destaca que en Pátzcuaro se llevan a cabo enormes celebraciones en honor a quienes regresan, y así desde Mixquic en la Ciudad de México -que pareciera que no celebra-, aún se sigue llevando a los muertos en el alma y en la ofrenda.

No podemos negar que en nuestros muy amados pueblos sus pobladores beben pulque, tequila, mezcal, raicilla, bacanora, tuxca, refino, comiteco, etc. Y más en los momentos de alegría y también de tristeza, inclusive en los funerales se prepara una versión especial conocida por los pobladores como ‘amarguito’, destilado al que se le añaden hierbas aromáticas muy especiales.

En esa relación con la muerte que al mexicano no le espanta, en las vastas ofrendas no puede faltar una botella, una xoma, jícara o vaso de todo aquello que emana del majestuoso maguey por si el difunto tiene sed y desea lo que en vida tanto le encantó y compartía con sus amigos y familia.

Algo que hay que tener en cuenta en relación a la historia cultural de las tradiciones de día de muertos, es que los evangelizadores peninsulares jamás pudieron reprimir por completo estas celebraciones -hoy tradiciones- que son basadas en los conocimientos ancestrales. Las tradicionales ceremonias se quedaron en tan solo dos días, pero anteriormente duraban más de una semana incluso un mes completo; a nuestros altares se les introdujo algunos elementos católicos. Con la modernidad, vemos ahora papel picado de colores y figuras alusivas a las calaveras sobre todo, los nuevos dulces sustituyen a la clásica calabaza en tacha y otros más, pero en esas casas tradicionalistas de las ciudades, aún podemos encontrar los elementos únicos que las hacen ser un Patrimonio Cultural de la Humanidad a esta, nuestra magna fiesta de México para el mundo. 

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Sin embargo, con todo y estos cambios por la modernidad y consumismo, ese misticismo  festivo, reunido cada año en una de las celebraciones mexicanas más conocidas en el mundo, sigue siendo un orgullo de nuestros pueblos originarios y tradicionales.

Celebremos con todo aquello que les gustaba a nuestros difuntos, pongamos esos manjares que hacen a nuestra gastronomía una de las más reconocidas, y que no falte la bebida del maguey que es un compendio de sabidurías y habilidades. Mole en todas sus variedades al igual que los tamales, aguas de sabores, panes deliciosos elaborados con pulque y maíz de todos los colores, frijoles preparados de tantas maneras, dulces para los niños y trago para los mayores.

Reza en las pulquerías:

“Pulque bendito dulce tormento, que haces allá ajuera? Métete pa´ca adientrito.”

Salud por ellos y jamás los olvidemos.