Ana Elisa Mena, primera bailarina

Por: Kury Galeana

bonita_nov_01

Está en el selecto grupo de primeras bailarinas de la Compañía Nacional de Danza; es decir, la posición más alta que se puede tener dentro de la interpretación dancística en nuestro país, viviendo un dulce, pero duro sueño: Ana Elisa Mena.

Prácticamente nació con las zapatillas puestas, nos confiesa: “Comencé oficialmente a la edad de tres años, pero yo digo que desde siempre porque mi mamá es maestra de ballet”.

Nunca pensó dedicarse a otra cosa, a pesar de que no es una carrera sencilla: “Es durísima, si no nos gustara tanto no lo hacíamos. Es de mucho sacrificio y dolor, pero es un amor tan grande que le tenemos que aquí andamos, desde chiquita siempre supe y toda la gente a mi alrededor sabía que yo me iba a dedicar a eso. Era lo único que tenía seguro en la vida, no sabía cómo, dónde, ni cuándo, pero sabía que era el ballet”.

Nos narra cómo llegó a la Compañía Nacional de Danza: “Cuando me aceptaron no me la creía. Estaba terminando de estudiar en Miami, cuando mi mamá me dijo que viniera a hacer la audición, éramos alrededor de 150 niñas, tanto que tuvieron que dividir la clase en dos grupos. Entonces, yo vine sólo a hacer la audición y me tenía que regresar porque, en Miami, me tocaba hacer el papel de Cenicienta y teníamos funciones. Regreso y me dijo un amigo de aquí, ‘¡oye pasaste a la siguiente etapa!’ y yo ‘hay que padre, pero no puedo’. La siguiente etapa era tomar clases con la compañía como dos semanas, dije ‘no, ya valió…’ Como al mes, dos meses, me llama mi mamá y me dice que me llamaron de la Compañía que te aceptaron y yo dije ‘¡no, no puede ser!, pregunta bien’ y sí. Entonces fui muy feliz, mi primer trabajo en la compañía más grande y entre tantas niñas, eso para mí fue un logró muy grande”.

En tan sólo cuatro años pasó a ser la primera bailarina, por lo que se muestra emocionada: “Estoy muy agradecida con la vida, tengo más de lo que pedí. Nunca imagine que iba a ser tanta mi fortuna, poder interpretar obras como Giselle, Julieta, Manon, han sido cosas… una felicidad tan grande, que la verdad no puedo describir”.

Al cuestionarla sobre qué papel le ha llegado más al alma, se ilumina su rostro y comenta: “Manon tiene ese, Giselle siempre fue como un sueño desde chiquita, a parte que lo pude interpretar con mi pareja Roberto Rodríguez, siempre fueron una funciones mágicas. Giselle tiene mucho requerimiento técnico, como bailarina debes tener todo, actuación, giros salto, adagio, ¡todo! Ha sido un reto muy grande, a parte que me dieron la oportunidad de hacerlo muy chica, entonces lo tuve que trabajar muchísimo. Manon es una cosa que ¡Dios mío, esa música!, nada más de escucharla se me ponía la piel chinita, decía: ‘no puedo creer que voy a hacer esto’ y la historia es otro tipo de ballet, se me quedaron marcadísimos en el corazón. Ahora, Julieta es el rol que todo mundo soñamos, actrices y bailarinas. El drama es lo que me gusta”.

bonita_nov_02

La danza mexicana pasa por un gran momento, algunos de sus ejecutantes han sido reconocidos con los máximos galardones internacionales, sobre esto Ana Elisa opina: “¡México puede! ¡Hay talento! Aparte, la cultura también está creciendo y eso me hace muy feliz. Hace muchos años la cantidad que había de públicos no era la misma de ahora, ni la gente interesada en la danza, entonces se agradece”.

Nuestra entrevistada tiene un bebé de siete meses, más su trabajo, esto hace que su vida sea aún más intensa: “A las ocho de la mañana ya dejé a mi bebé en la guardería. Me levanto como a las cinco de la mañana y ya para tener todo listo, mamilas y lo demás, bañar bebé; salimos de la casa a las siete de la mañana, máximo. Estoy aquí desde las ocho (en la Compañía), a veces hago algo de caminadora, o correr, barra al piso, me estiro; cuando de plano es mucho el sueño, me echo una pestañita, y la clase la empezamos a las diez de la mañana clase de ballet de hora y media, diario. Después, dependiendo como esté la temporada, ellos administran el día para los ensayos, cuál ensayo necesita más, en qué salón, ensayamos hasta las cuatro, es nuestra hora de salida, el bebé también sale a las 4; llegamos a la casa, me dedico uno poco a mi bebé, a la casa y a dormir como a la siete y media u ocho ya me tengo que dormir y en la noche, con bebé, no se duerme bien”.

Si bien, las responsabilidades familiares crecieron también las herramientas de interpretación, la bailarina reconoce cambios en su sensibilidad y por lo consecuente en su interpretación: “Te cambia totalmente, ahora hasta ver una película me es diferente, todo te pega muy cabrón. Yo acostumbro ponerme en el papel de quien esté sufriendo el drama y te pega muy muy cabrón. Es otra madurez, siento, ya pisas el escenario de otra manera. A los tres meses de haber dado a luz ya estaba yo en Bellas Artes y si te da otra sensación de pisar el escenario, tenía un poco de nervios, es muy diferente, como que valoras más tu carrera. No sé la verdad como explicarlo, pero es diferente, padre”.

Actualmente, está presentando Romeo y Julieta en el Palacio de Bellas Artes, siguen varias galas y reacondicionar el físico: “Seguirme entrenando porque es pronto para volver al cuerpo al régimen. Me ha costado, no tanto como pensé, pero la verdad sí cuesta. Si dejas el ballet dos semanas, las sensaciones que tienes en el cuerpo te lo echa en cara luego, luego; ahora dejarlo nueve meses, tras tres mesecitos más, sí se siente”.

Reconoce que el éxito en el mundo del arte es una suma de talento y trabajo: “Siento que sí se tiene que nacer con algo, para estar en un foro frente a tanta gente haciéndole sentir; pero además de eso, si no hay trabajo tampoco. Si hay mucho trabajo y no tienes la estrella que se necesita, nomás no”.

bonita_nov_03

La imagen que muchos tienen de una bailarina proviene del cine, de películas como el Cisne Negro (Darren Aronofsky, 2010), con una sonrisa comenta la escasa cercanía entre ficción y realidad: “Para nada, habrá una que otra que estén loquitas así, pero exageran con el ballet, por lo mismo que hay mucho dolor, que necesitas el cuerpo para bailar. Hay mucha competencia sí, pero no es como en las películas”. 

A ello, se suma que es una profesión de corto aliento: “Es una carrera que dura muy poquitos años, si el cuerpo te aguanta y tú lo trabajas para que no te lastime tanto y te dé lo que tú quieras, será unos cuarenta y piquitos de años como mujer, como hombre mucho menos, empiezas a bailar a los 19 ya profesionalmente”.

Es necesario iniciar a temprana edad: “Entre más chicos siempre es mejor. En México, como varones, empiezan ya muy tarde, la verdad, por lo mismo que no hay un cultura de que una familia meta al niño a ballet. Entre más grande al cuerpo le cuesta más, idealmente sería entre los 10 y los 13 años, por muy tarde, para llegar a ser profesional (ella empezó a los tres). Ahora, ya por gusto, cuando sea se puede hacer”.

Recomienda a los aspirantes: “Que trabajen y que les guste, que se apasiones y, si no van a llegar profesionalmente, que lo disfruten. Al fin que es eso, expresión con el cuerpo, y es lo que te hace sentir a ti y lo que expreses, lo que hace sentir al público y a los demás, pero que trabajen por eso”.

Al preguntarle qué le gusta bailar fuera de los escenarios, confiesa: “¡Soy salsera, pero duro! y como mi marido es cubano ¡imagínate! En una fiesta pregunta y veras que no paramos de bailar”.

Para despedirnos se describe: “Soy una mujer muy alegre, desde chiquita lo he sido, ahora ya con más responsabilidades. Muy agradecida y muy dramática, para bien y para mal; muy trabajadora y muy intensa”.