A TUS SEIS MESES DE PARTIDA

Los dos ahijados

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Diego y Santiago, son dos jóvenes que no se conocen entre ellos, lo único que tienen en común, es que ambos son mis dos únicos ahijados de bautizo. Curiosamente los dos tienen la misma edad, 23 años. Sus mamás, son de las personas más importantes en mi vida. A pesar de que no se conocen entre ellas, tienen tantas cosas en común que parece difícil de creer.

Son chavos apuestos, buscadores y muy, pero muy inquietos. Ambos han sacado algunas canas verdes a sus mamás… Hace no mucho y casi al mismo tiempo, los dos conocieron respectivamente a una chica, e iniciaron una relación. No transcurrió mucho cuando se embarazaron, para los dos fue una sorpresa, pero para sus mamás, las futuras abuelas primerizas, mucho más. Bueno y para mí, ¿qué les digo? yo más sorprendida. No solamente porque fueran a ser papás, sino porque los dos estuvieran viviendo la misma situación casi al mismo tiempo. 

Los ahijados enamorados decidieron afrontar la responsabilidad de ser papás. Las dos parejas sentían esa sensación que va desde el miedo a la alegría, y ¡cómo no! Si un nuevo bebé es como el comienzo de todas las cosas maravillosas, esperanzas, sueños y posibilidades. 

Las abuelas sintieron de golpe esa emoción de ser abuelas, dicen que es una de las más bonitas noticias que puede recibir una madre. La mamá de Diego, organizó baby showers al “modo pandemia” para apoyar a la futura pareja de padres primerizos. Les acondicionó e hizo remodelaciones en casa, para crearles un lugar a los tres. La ilusión de la próxima abuela. Hizo milagros, dejó una casa hermosa para ellos, pues no cabía en sí de la emoción.

 

Karla Aparicio

 

Pues llegó el gran día. Los bebés estaban a punto de nacer y aquí el suceso toma un rumbo inesperado; quizás injusto e inexplicable. Aquí las historias de mis dos ahijados, ya no son iguales, ahora son como el agua y el aceite. Les cuento.

El primero que nació fue él bebe de Diego. Nació muy bien. Fue parto natural. Pesó más de tres kilos, grandote y chapeteado el muchacho, y al día siguiente ya estaban en casa. La pareja estaba feliz con el bebé en casa. En cambio, para Santiago y Luisa no corrieron con la misma suerte. Luisa, tuvo un trabajo de parto durísimo, muy complicado, de casi diez horas. La futura mamá se sentía sumamente agotada. Sus gritos se escuchaban hasta la calle donde esperaba entusiasmada la futura abuela. Por los tiempos de Covid no podían entrar al recinto. Fueron las horas más difíciles de la vida de Luisa, pero el bebé, a unos instantes de nacer, ya coronando, murió.

Luisa, lo supo de inmediato, de repente todo se vino abajo. Los doctores se miraron unos a otros en un silencio sepulcral y el bebé nunca lloró. Estaba exhausta y con una terrible noticia a cuestas, casi enloqueció, así que la sedaron para que durmiera y se recuperara un poco, aunque fuera físicamente. Mi comadre, desde donde estaba escuchó a un bebé nacer, se puso feliz, ¡seguro era su nieto!, pero al entrar al hospital, supo enseguida que ese bebé era el de otra mamá afortunada, más no era el de Luisa.

Él bebe de Santiago y Luisa, murió poco antes de nacer. Muy crudo, muy difícil de entender. ¿Cómo era posible?, si todo venía bien, si en las visitas al ginecólogo, todo estaba perfecto. ¿Cómo llamar a esto? Podría llamársele acaso ¿Injusticia Divina?

Así como ustedes lectores, me imagino, están sin habla… Ahora imaginen al nuevo papá a sus 23 años, con esta escena: su bebé sin vida, su pareja consumida. De lo más difícil de afrontar.

 

Aquí no podemos terminar esta historia, porque había que resolver algo que jamás pensaron. Me cuesta trabajo seguir escribiendo… Los papás de Santiago estaban ahí para apoyarle, pero estaban desconsolados, se movieron como pudieron, en pedazos, para arreglar todo lo que se tiene que hacer para despedir a un ángel a pesar del dolor. Primero bautizarlo y después conseguir todo lo necesario, por crudo que fuera, para el funeral de su nieto.

La abuela sigue asimilando lo inasimilable, agradeciendo infinitamente el paso fugaz de un ángel, que blindó la unión de amor con su hijo, porque nunca habían estado más unidos como hoy. Me comenta haber conocido también el sentimiento más hermoso que jamás había sentido, el de “ser abuela”.

La pareja no pudo seguir unida, experimentaron lo inimaginable y algo se rompió, y se rompió para siempre. Mi ahijado es un alma libre, lleno de amor. Es un buscador. Se está sobreponiendo con la ayuda de terapia, profundizando en su ser. A él, su bebé le dejó mucho amor y un regalo inolvidable: ver a sus papás juntos, abrazados y sin pelear.

 

Karla Aparicio

 

Luisa no pudo con la noticia, aún no se recupera, ¿Cómo superar esto?

Una madre con brazos vacíos, que todos los días reconoce su dolor y sigue su camino. Claro está que sigue siendo mamá, pero no tiene a su hijo con ella. Hace unos días apenas la felicitaban y hoy no tiene a quién abrazar. ¿A qué horas perdió el papel de madre?

Honremos a Luisa y a todas las madres que atraviesan este caminar. Honremos la fuerza y resiliencia de todas las mujeres que viven el duelo silencioso de una maternidad invisible, porque la sociedad difícilmente las reconoce como madres al no tener a sus hijos físicamente con ellas. Este tipo de duelo es poco entendido. 

 

Una madre sigue siendo madre, desde la vida y hasta después de la muerte. Una abuela, también

Escribo mi artículo como ofrenda y mucho respeto a mi ahijado, a mi amiga, a Luisa y a todas las madres que pasaron o están pasando por un duelo por muerte gestacional, perinatal o neonatal, esa muerte de la que nadie habla, y que causa un duelo con un profundo dolor silenciado, en esta sociedad en la que nos tocó vivir, cada día más indiferente.

 

Y a ti, nuestro ángel, solo el saber de tu existencia, fue suficiente para grabar tu recuerdo en nuestras almas. Te llevaremos por siempre.

Soy Karla Aparicio y soy de Jalisco

 

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Núm. 263 – Octubre 2021

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