Hace 100 años murió el autor del poema

La suave patria, que nunca lo vio publicado

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México cuenta, desde 1854 con su Himno Nacional, y desde 1921 (en el mes de junio) con el poema “La suave patria”. Han transcurrido 167 años del primero y cien años del segundo. Del primero, el autor de la letra fue el nativo de San Luis Potosí, Francisco de Paula González Bocanegra; y de la música Jaime Nunó Roca, hijo de San Juan de las Abadesas, Gerona, en Cataluña, España. Del segundo, acaba de cumplirse —en el mes de junio pasado—, el primer siglo de su publicación, que coincide con los primeros cien años del fallecimiento del poeta zacatecano (nacido en Jerez, Zacatecas, el viernes 15 de junio de 1888), Ramón López Velarde, cuyo nombre “completo” es más largo, de acuerdo como lo transcribe Guillermo Sheridan, el biógrafo del poeta, en su libro Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde y otros ensayos afines, publicado por Tusquets Editores, Ciudad de México, 2021. 410 páginas. Tanto el himno, como el poema, son piedras miliares de la historia de México, simpatías y diferencias aparte. El nombre del niño cuya vida escribe Sheridan es el siguiente: Ramón Modesto López Velarde Berumen Díaz Valdez Lozano Félix Aguayo Martínez Flores Llamas Morán Escobedo Chaparro. En el Introito de esta biografía se cuentan las razones de tan largo apelativo.

 

Un Corazón Adicto 

 

Un corazón adicto no es una biografía al uso. Sheridan explica en la Advertencia del volumen que cuando el Fondo de Cultura Económica lo convocó para escribir una biografía del poeta jerezano-zacatecano, dijo que aceptaría el encargo siempre y cuando “se tratara de una vida y no de una biografía”, porque la biografía, dice, “aspira a la objetividad documentada, a tomar aliento tanto de la caligrafía como de la radiografía”, mientras que “la vida acepta de entrada que escribir una biografía es imposible y prefiere crear, como quería Mariel Schowb, desde el caos de rasgos humanos que deja tras de sí, como una estela, toda existencia”. Esas son las razones de Sheridan para pergeñar Un corazón adicto. Yo, a diferencia de Groucho Marx, no tengo otras. Modestia aparte, tampoco cuento con “otros datos”. Eso lo dejo para el que se autonombra “Yo el Supremo”, el que todo lo sabe, y que nunca se equivoca.

 

Guillermo Sheridan se conforma, dice, con la aspiración expresada por José Blanco en su resumen para lidiar con el problema de leer o escribir vidas: “alcanzar vicariamente la amistad de un escritor”. Así, manifiesta: “Creo que la verdad de una vida narrada puede limitarse a eso, a proponer cómo fue la vida de alguien que nos interesa, con quien simpatizamos, y observar si nuestra necesidad de su amistad resiste el proceso.

 

Cuenta el narrador de la vida del poeta que pergeñó La suave patria que recurrió a toda la bibliohemerografía que tuviera que ver con la vida de López Velarde, y que encontró “una vida gris que permitía atisbar, sin embargo, sólida articulación con el drama interior que su literatura delata. La vida de un poeta son sus poemas, claro, y aquella sustancia pálida que amalgama a los poemas entre sí se antoja nimia o subsidiaria. No pretendo haber modificado esa realidad con mis pesquisas”… “Quise, en pocas palabras (las de Virginia Woolf cuando habla de los objetivos de la biografía) trabajar con la piedra de los hechos y el arcoíris de la ficción; pero ni escondo la mano ni pretendo hallar la olla de oro. Anoto por igual lo probable y lo posible y no escatimo ni contundencias veraces ni posibilidades etéreas”.

 

Por eso estoy convencido de que el volumen de Sheridan sobre López Velarde proporciona más “vida” del jerezano que otros que presumen de “biografías perfectas”. Por lo mismo, su “error” para informar que López Obrador había nacido en “Jerez de la Frontera”, no lo es tanto, sino puesto al propósito para “jugar” con el nombre de la patria chica del cantor de “Diré con una épica sordina// la Patria es impecable y diamantina”.

 

A las veces, como acostumbraba decir don Alfonso Reyes, López Velarde tiene la fama de haber escrito el poema más “nacionalista” de la literatura mexicana, pero, al mismo tiempo, los políticos de este país lo han usado (cínicos y desvergonzados) como mejor les complace. Gabriel Zaid, en un corto artículo titulado “Fama póstuma” ubica el tema: “Después de su muerte, Ramón López Velarde fue canonizado en el santoral revolucionario. Sin embargo, lo importante no fue eso, sino la cuidadosa edición de su obra, a cargo de José Luis Martínez. El mejor homenaje posible y un modelo editorial a seguir”. Y, va más allá: “La poesía de RLV no es menos importante que el muralismo mexicano, del cual es antecedente. La resonancia nacional (y nacionalista) ha sido amplia en ambos casos. Pero la resonancia internacional ha sido muy distinta. Es cierto que Neruda celebró sus poemas y Beckett (por encargo de Octavio Paz) tradujo algunos al inglés; que Borges y Bioy Casares se sabían de memoria “y La suave Patria”. Pero las personas cultas del mundo occidental saben del muralismo mexicano, no de López Velarde”.

 

La verdad, dada la corta vida del poeta (33 años, la edad de Cristo, y sus empeños juveniles y la situación que privaba en el país, los primeros tiempos postrevolucionarios, amén que nadie podía prever el futuro de la pintura mural), no creo que a López Velarde le importara poco o mucho que el muralismo mexicano llegara a ser más conocido que su obra poética, ni que un chileno comunista le celebrara sus versos, por muy Nobel de Literatura que un día llegara a ser, ni que Beckett los tradujera al inglés por encargo de Paz o de quien fuera, mucho menos que un Jorge Luis Borges o un Bioy Casares se supieran de memoria La suave Patria. De hecho, que Borges o Casares memorizaran los versos de La suave Patria —algo que no trago sin repelos—, al zacatecano no le habrían movido las entrañas como si lo hacían sus suspiros por Fuensanta.

 

La Suave Patria

 

Dice Zaid que el poeta jerezano “nunca salió del país y militó en el bando equivocado: el Partido Católico Nacional. Tal vez porque, como dijo Darío de Bioy, Hello y Barbey (en Los raros): “La fama no prefiere a los católicos”… “Su fama en México no está asociada al catolicismo, sino al nacionalismo revolucionario, que hasta hace poco fue la doctrina oficial de los gobiernos mexicanos. Asociación equívoca, pero no arbitraria, que se produjo el año de su muerte (1921), poco antes de que apareciera “La suave Patria”, el poema que fue su consagración”. “El nacionalismo de López Velarde era el de la nación creyente, perseguida por la Revolución francesa en Europa y por las leyes de Reforma en México. Un nacionalismo de estirpe romántica que afirma los valores locales y tradicionales frente a la imposición violenta del progreso desde la capital”… “Tanto en Europa como en México, la cultura católica, destronada como cultura oficial, se repliega a la provincia: su Arca de Noé mientras pasa el diluvio”.

 

La existencia de RLV a semejanzas de muchos de sus contemporáneos se regía por parámetros caducos que tardarían algún tiempo en desaparecer. Su catolicismo, su paso por el seminario y sus incursiones casi furtivas en la política postrevolucionaria lo marcarían en los pocos años de su edad adulta. La esencia de su ser (personal) y su visión del mundo que le tocó vivir, se patentiza en las palabras y los versos de su poema. Hasta el momento, hay quienes se esfuerzan por tratar de entender lo que quiso transmitir en La suave Patria. Y, a un siglo de distancia, hay muchos que no lo entienden, no por el lenguaje empleado, sino por lo que significa. Por eso los poemas velardianos, a diferencia de los de un Salvador Díaz Mirón, y de otros, no son populares en sentido estricto de la palabra. Para el que este EX LIBRIS signa, nunca pudo memorizar La suave Patria, con la facilidad que lo hizo con las obras de otros poetas. No sé si esto es bueno o malo, lo que sí sé es lo que sucedió con la poesía de López Velarde.

 

Lo cierto, como dice Zaid, es que “Vasconcelos convirtió la muerte de López Velarde en un acontecimiento nacional. Hizo llegar “La suave Patria” a todas las escuelas en la revista El Maestro (con un tiraje de 60,000 ejemplares). Convirtió de hecho el poema en el paradigma de la cultura nacional mexicana. Más aún: invitó a los muralistas a que hicieran algo semejante. Hizo venir de Europa a Diego Rivera… y lo conminó a visitar la provincia y abrir los ojos a la realidad nacional. El paradigma estaba claro”… “En su corta vida, López Velarde tuvo mala suerte amorosa (de otra suerte, no hubiera sido una ejemplar víctima poética, BGS), económica y política. Pero (sí) fortuna literaria: fue reconocido por escritores de las tres generaciones que entonces convivían… De ahí que lo reclutara Vasconcelos y promoviera su fama política póstuma. Con el “suntuoso entierro” ordenado por el presidente Obregón (éste sí memorizó el largo poema velardiano porque le fascinaba su poesía, BGS) y los tres días de luto en las cámaras legislativas (que en algunas ocasiones sirven para algo, BGS) fue canonizado en el santoral revolucionario. La Revolución lo exaltaba y se exaltaba en su muralismo poético, en su búsqueda de una nueva patria”.

 

 

Sheridan presenta con honradez la presencia de RLV en el escenario postrevolucionario mexicano: “pergeñé esta vida con información originada afuera del poeta y con la que mi propia vida me dictó sobre la interioridad suya. Toda vida tiene varias vidas y yo sólo espero que, después de esta lectura, la de López Velarde así se preserve”. Lo demás corre por cuenta de los lectores que tengan a bien adentrarse en Un Corazón adicto… De no ser así traicionaría lo esencial: leer por el mero gusto de leer. En los tiempos que corren —que ojalá terminen pronto—, así hay que hacerlo. El que quiera entender que entienda…VALE.

 

CULTURA

Núm. 264 – Noviembre 2021

noviembre 28, 2021
Protección del Patrimonio Cultural

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