LOS TOROS FUERA DEL CORRAL 

A un año del intruso

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La plaza de toros México amaneció el pasado sábado 5 de febrero en silencio.

La braza de los comales no ardió, ni se encendió la hoguera de la pasión por algún torero. No hubo tacos para la fiesta, ni algún trasteo, pase o momento inolvidable como alimento para la memoria. Tampoco se extendieron los manteles de los puestos que exhiben carteles, libros, discos y recuerdos alrededor del arte taurino. El cemento fue testigo de la tristeza humana ante un intruso que nos separó. Amigos, familias, compañeros de trabajo, a los unos de los otros, incluso aquellos que no pueden verse porque tienen posturas diametralmente distintas, quedaron sin mirarse.  

Un frío, menos intenso que en enero, cubrió la ciudad el día más importante para el mundo del toreo. En algunas banquetas de los cafés cercanos se reunían los que año con año están en contra. Las filas para los boletos fueron inexistentes ante las taquillas cerradas. Aquel día, en las calles desiertas frente a la plaza, sin su contraparte, se presentaron los que conjuran por el fin de la tauromaquia. No hubo testigos de los gritos, los cánticos y las consignas que sonaron más fuerte que nunca ante el silencio del vacío. El bicho que vino de China no dio tregua. El luto fuera de la plaza obligó por vez primera en años, a la separación de muchos núcleos de la sociedad. También víctima de la afrenta virulenta fue el aniversario de la Plaza México. En el ruedo no se pudo representar la dualidad primigenia del ser humano, la lucha entre la vida y la muerte.

 

Raúl Antonio Caballero

 

Hace 75 años Luis Castro “El soldado”, Manuel Rodríguez “Manolete”, y Luis Procuna, “El Berrendito de San Juan de Letrán”, tres de los más grandes toreros que han pisado el ruedo de los insurgentes, hacían el paseíllo inaugural en la plaza que albergó a más de cuarenta mil almas. Aquella tarde de fuertes vientos hubo incluso quienes pagaron hasta 50 pesos por una entrada que costaba 3 en la taquilla. Fue un evento que ni mexicanos ni españoles se querían perder. Aquella inauguración ha dado para artículos en la prensa, discusiones radiofónicas, programas de televisión y documentales, suscitando alrededor del toro y el torero un sin número de expresiones artísticas y pasiones entre generaciones de aficionados. Las huellas plasmadas desde entonces por la expresión taurina en México, dentro y fuera de la plaza, están en el inconsciente de casi todos. Los tres toreros de aquel sonado evento del año 46, llegaron en diferentes producciones a la pantalla grande. En una cinta que se tituló “Torero”, producida por Miguel Barbachano Ponce, de gran calado estilístico, donde documental y ficción dan voz a Luis Procuna que en un momento álgido de la historia cuenta su miedo antes de ir a la plaza, dice que el torero tiene tres enemigos: El toro, el público y al torero mismo. Hoy en día aplicaría algo semejante para el mexicano, en relación con la pandemia, sus enemigos son: El bicho, los sanos y los que nos ponemos en riesgo. Una forma de jugarse la vida, pero sin trofeo alguno más que seguir en la brega del camino. 

 

Tomar un riesgo por conseguir comida, por salvar al otro, o porque sí, son algunas de las justificaciones que nos damos para salir con o sin el famoso cubrebocas, todas, más que válidas, son un acto de responsabilidad individual. Seremos resultado de la historia, nadie nos inventará el futuro. Dice José Alameda, en el prólogo del libro Las Cornadas: “El riesgo en el toreo no ha sido puesto, viene en la naturaleza de las cosas, pues el toreo no es un espectáculo inventado, sino un resultado histórico.” Así se puede simbolizar nuestro encierro por la pandemia. El miedo parece ser la conclusión de nuestras nuevas soledades ante el cierre de casi todo. Tal sentimiento es natural al hombre y se multiplica en la guerra, en los desastres naturales, sin embargo, hay que convivir con él para poder disfrutar de la existencia. En algunas profesiones el miedo está al límite, como en el toreo. Los aficionados al espectáculo taurino traen los suyos propios y se agrega la incertidumbre de la vida. Hace un año que llegó a México “el bicho” como algunos le llaman, y con ello, nos retrajimos para dejar espacios vacíos, soledades sin sentir y sobre todo paisajes desoladores de un nuevo porvenir. Aunque recuperar la ilusión de que salga un buen toro domingo a domingo parece una posibilidad lejana, existe un público que quiere regresar a los tendidos para volver a vivir el miedo, la posibilidad de la muerte en el ruedo, la fiesta y el arte provocadas por los que visten de luces.

 

La esperanza de que el otro bicho sea vencido en los laboratorios es cada vez más grande, pero los resultados no se verán pronto. Sin embargo, el toro camina lento. Poco antes del 5 de febrero hubo una virulenta respuesta de los toreros, ganaderos, empresarios y aficionados, en los cortijos del país se celebraron novilladas y una que otra corrida interesante, con aforos reducidos y con las precauciones del caso. Los diestros siguen preparándose en las ganaderías con encerronas y tientas, además están activos en las redes sociales en defensa del toreo, no sólo en el caso de Puebla, donde quieren prohibir una expresión de libertad.

 

Raúl Antonio Caballero

 

Un coso vacío como la plaza México, no por el entretiempo de una temporada y otra, sino por lo que nos atañe en estos días, es un monumento que se erige recordándonos la alegría de la vida, pero también se podría levantar, de ahora en adelante si lo permitimos, como un mausoleo que nos recuerde lo que fue la vida con libertades. Toca por tanto a los ciudadanos abrirse paso para hacer respetar las leyes que expresa la carta magna, toca los taurinos no destruir su propia fiesta y toca a los mexicanos reconstruir un país en armonía.

  

Febrero tuvo tres aniversarios que nos atañen porque marcan el pasado, el presente y futuro de los taurinos en México:

El 5 se conmemoraron los 104 años de la promulgación de la Constitución Política de 1917, ese mismo día se celebró el 75 aniversario de la inauguración de la Monumental Plaza de Toros México, más adelante, el 27 se cumplieron 365 días del primer caso oficial de Covid-19. 

Tres fechas que se unen en una interrogante: ¿Qué nos depara como mexicanos, como taurinos, como personas lozanas el presente? La respuesta la tiene cada lector con las ganas y la ilusoria esperanza de no llegar al primer aniversario del encierro, encerrado. Ojalá la ilusión de volver a la plaza nos haga mejores ciudadanos, mejores aficionados y personas más responsables con el otro. Juntos, taurinos y antitaurinos pasaremos el trago amargo que implica la pandemia en curso. Volver a conversar en las plazas de toros para vivir la fiesta, el arte y a veces sufrir la frustración del fracaso en la arena, sería lo mejor que nos podría pasar.  

 

Entierro por primera vez el pie en el ruedo de la palabra escrita.

Espero que mi incursión despierte el interés por lo que gira alrededor de los toros y las plazas, el arte, la fiesta, la cultura y el pensamiento. Olé por la vida.

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