UNA HISTORIA DESAFORTUNADA

Lo que no mata, fortalece.

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Karla Aparicio, Fabs Aldrete

Su acto más valiente fue tener el coraje de salir de su refugio para ir en busca de sus sueños

Quiero compartirles una historia, quizá desafortunada, pero podría haberse puesto mucho peor, y aquí es donde encaja perfectamente la frase: “La fuerza y el crecimiento llegan sólo de la mano de la lucha y el esfuerzo continuo.”

 

La anécdota es de ella, que aún tiene el corazón más bonito que jamás he conocido. Tenía una vida, podríamos decir que bastante cómoda, sin excesos ni lujos, no le faltaba nada. Tenía 23 años cuando decidió dejar su casa en Guadalajara para mudarse a Ciudad de México. No tuvo miedo de renunciar a lo bueno para ir en búsqueda de lo grande, y decidió apostarlo todo para pasar a otro nivel en su segunda carrera: la actuación. Con pocos pesos en el bolsillo, pero concentrados de ilusiones, se armó de valor e inició la aventura rentando un cuarto de un departamento con el apoyo de su madre. Se contactó con todo lo que tuviera que ver con el tema de la actuación: escuelas, managers, casas productoras y demás. Como sabemos, todo comienzo en nuevas tierras tiene un costo muy alto, así que después de unos meses los gastos la sobrepasaron, le llegaron hasta el cuello, más no quería que en casa se preocuparan por ella, que ya bastante hacían con el apoyo, pero no le alcanzaba. Tenía una salida, dolorosa, pero al fin una salida: vender su cámara profesional, y con esto poder sobrevivir unos meses más. Era un obsequio de su hermana, que con mucho esfuerzo se la había regalado; con ella había ganado un extra en algunos momentos de su vida, haciendo sesiones en estudios fotográficos. No podía partirse en dos, tenía que elegir, si seguía con la fotografía o dedicaba sus veinticuatro horas a acudir a todos los “castings” y cursos posibles, para esto, tenía que prepararlos, estudiarlos y trasladarse: le demandaba tiempo completo. Optó por entregarse de lleno a la actuación.

 

Sin darle vueltas y sin comentarlo con nadie, pues le dolía hasta el alma deshacerse de su cámara, la anunció en Marketplace, ¡puso precio, fotos, especificaciones y la subió! Ya no había marcha atrás, la decisión estaba tomada. Preguntaban mucho por ella, pero no se cerraba la venta, hasta que la contactó muy amablemente una dentista, una “señora bien” de Polanco, que le pidió más fotos y detalles. Le dijo que era justo lo que buscaba, que la necesitaba para fotografiar a sus pacientes, que la quería, que sólo tenía que verla su técnico para checarla y que, si todo estaba bien, ahí mismo se la compraba.

 

Todo sonaba muy bien. La citaron al día siguiente en un Starbucks de Polanco, cerca del consultorio. Ella llegó un poco antes de la cita, y como faltaban algunos minutos, aprovechó para trabajar en su laptop, esperando a la dentista. Recibió una llamada, era ella. Le marcó para disculparse, le daba mucha pena pero no alcanzaría a llegar, por lo que iba a mandar a su asistente, en compañía del técnico. Le dijo que ya estaban en camino, que todo seguía en pie.

 

Y así fue como llegó la supuesta asistente, se presentó, se sentó, revisó la cámara y le comentó que ya estaba por llegar el técnico, que no tardaría, y a los dos minutos apareció. La asistente le pidió a la chica que le mostrara la cámara, y ella misma se la entregó en propia mano al técnico.

 

El supuesto especialista en cámaras la revisó mientras la asistente la distraía a ella, haciéndole varias preguntas, pero ella comenzó a incomodarse y de pronto le brotó ese sexto sentido, ese que sale de la nada cuando hay un foco rojo, el que avisa cuando algo no está bien. El técnico comenzó a alejarse lentamente, hasta que lo perdió de vista, mientras que la asistente seguía con un “bla bla” envuelto en engaño. Ella, al no ver ya al técnico, gritó muy asustada: “¡¿Dónde está el muchacho?!”. La asistente fingió sorprenderse, y dijo: “¡Ay, Dios! ¡No sé!”, y se levantó apresurada a buscarlo. ¡Ella no sabía qué hacer!, si correr tras el sujeto o cuidar sus cosas en la mesa, pero en eso, un mesero se acercó y le dijo: “¿Sabes? Esto le pasó igualito hace unos días a un chavo con un lente, le hicieron lo mismo. Mejor corre a alcanzarlo, nosotros te cuidamos tus cosas, ¡no te preocupes!”.

 

Confió en la amabilidad del chico de la cafetería y se echó a correr, pero ya era imposible alcanzarlo. Justo en eso, como si estuviera planeado, pasó una patrulla. Ella pensó que estaba a salvo, le contó lo ocurrido a los policías y la asistente, al ver la patrulla corrió, gritando que iba a alcanzar al supuesto técnico. Y así corrieron los dos, huyendo de la escena, con motín en mano.

 

Los policías nunca fueron tras ellos, se hicieron los sorprendidos, y en lugar de perseguir a los ladrones, los dejaron ir y se detuvieron a interrogarla, como si ella hubiese sido la culpable. Le hicieron mil preguntas que no venían al caso, ella lo único que quería era recuperar su cámara. ¡Hubiera sido tan fácil! Pero eso nunca sucedió, seguían insistiendo con más y más preguntas. Qué impotencia sintió. Le preguntaron si el robo había sido con violencia con tono burlesco, a lo que ella respondió: “No”.

 

Los policías pudieron alcanzar a la asistente por insistencia de ella y la citaron a declarar, pero jamás aceptó conocer al técnico. Comentó que estaba muy sorprendida al igual que la afectada. La “señora bien”, la dentista de Polanco, nunca contestó el teléfono, bloqueó sus redes y desapareció. Después de unos días ¡fuaaaa!, la policía le dijo que no había delito que perseguir, porque ella le había entregado en la mano la cámara al técnico, sin ser forzada, sin una pistola, las cámaras de la cafetería lo confirmaban.

Y ¡tan-tan!, esta historia terminó aquí para la policía.

 

Ahora ella ya no tiene cámara y ganó un indescriptible dolor, porque no puede creer en lo que nos hemos convertido los humanos, siente coraje e impotencia al comprobar que todo está coludido con la policía. Como bien mencionó el mesero, lo mismo había sucedido apenas un par de días atrás.

 

No fue el primer robo en su vida, pero sí el que más le dolió, pero eso no la derrumbó, sino todo lo contrario: fue como si la hubieran podado, como si su centro de poder tuviera más potencia que nunca, porque resurgió con un corazón más fuerte. Esa enorme nobleza que la caracteriza sigue intacta, además, la fuerza de sus sueños ha sido mucho más poderosa y sigue habiendo una magia real en su entusiasmo, y hoy ha obtenido con mucho esfuerzo trabajos de actuación que nunca imaginó.

 

Karla Aparicio, Fabs Aldrete

 

Robo y hurto

Esta historia, como muchas, no entra en las estadísticas de la delincuencia, porque las leyes no lo llaman robo, lo llaman “hurto”, pues no hubo violencia. El robo es el delito en el cual alguien se apropia de algo de otro usando la violencia o la intimidación en las personas o la fuerza en las cosas (como romper una ventana). Si la apropiación de algo de otro se hace sin violencia, intimidación o fuerza en las cosas, es un hurto.

 

En 2020 hubo 21.2 millones de mexicanos mayores de 18 años víctimas de algún delito como robo, fraude o extorsión, reveló la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2021. Estos datos arrojaron solo de las personas que denunciaron, ¿Cuántos más no denuncian? Quizá otro tanto.

Y cuántos casos no forman parte de esa estadística, porque no hubo violencia. Porque ahora resulta que esta nueva modalidad es la favorita de los amantes de lo ajeno y es la que más predomina, porque como no hay violencia no hay delito qué perseguir. Nuestra sociedad se ha visto afectada por la delincuencia y en este caso los asaltos, robos, extorsiones, se han convertido en una experiencia casi obligada para la mayoría de las personas.

 

Es lamentable ser víctima de esta gente que llega y te arrebata tu patrimonio, así tan bajo, y nosotros, no solo perdemos bienes materiales, también sufrimos daños más profundos, perdemos la confianza y la tranquilidad, y a cambio adoptamos el miedo. Nos sentimos vulnerables y desprotegidos. El impacto emocional que desencadena el vivir en un país tan inseguro se vuelve un obstáculo para el desarrollo del mismo. Lo peor de todo esto, es que no se vislumbra un mejor futuro, porque cuando alguien actúa en impunidad, significa que sus acciones no tienen consecuencias.

 

Libres y sin miedo

Lo que sí hay en el fondo de todos nosotros, es una gran esperanza de vivir libres, seguros y sin miedos, aunque esto parezca una utopía. No nos demos por vencidos, podemos lograrlo desde el amor y cuidándonos entre nosotros. Luchemos, hombres y mujeres, por un cambio que nos permita ser libres a todos, y que podamos sentirnos orgullosos de la sociedad en la que vivimos, porque lo merecemos, ¿o no?

 

Karla Aparicio, Fabs Aldrete

MISCELÁNEO

Núm. 266 – Enero 2022

enero 26, 2022
Comisión de Gobernación

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