EL JUEGO DE MASCARADAS
- REPORTE POLÍTICO
- Juan Danell
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Impunidad y cinismo constituyen una fórmula destructiva inminente en el destino y acontecer cotidiano del país. Los demonios del crimen, corrupción, violencia, inseguridad e injusticia cabalgan con toda libertad hasta en los rincones más apartados del territorio nacional -como siempre lo hicieron, sí-, aunque su presencia ahora se percibe más acentuada, prácticamente sin límites. Su expresión en la reproducción social, política y económica de los mexicanos se antoja a ser la fase superior de la descomposición de un sistema y un Estado que navegaron por años como barcos sin ruta ni timonel: siempre considerado un remedo de las potencias con las que quiso asociarse y compararse. Metidos en la ambivalencia del capitalismo-socialismo sin determinarse por uno u otro.
Inmersa en ese esquema la burocracia gobernante ha dado muestras fehacientes de esa indefinición. En el discurso los gobiernos manifiestan su oposición y desacuerdo con las políticas impuestas por el capital, léase Estados Unidos, pero en la práctica las adoptan con ciertos ajustes que pretenden encubrirlas. Ejemplo de ello es el libre mercado y el neoliberalismo, que pese a ser criticados con severidad en el decir gubernamental, rigen la economía y la vida de México.

Y en ese intento de ocultar lo evidente, las estructuras del poder materializadas en los tres niveles de gobiernos y los poderes judicial y legislativo incurren en la falsedad y políticas de comunicación que van de la verdad fantasiosa al cinismo ramplón. Crean símbolos y figuras absurdas en torno a los mandatarios con el objetivo de capturar y retener la atención de los medios y la opinión pública en esos artificios, para entretenerlos alejados de la realidad, de las acciones del poder que van en detrimento de la sociedad y del país.
Y en esto encaja hablar de que los títeres no son torpes, tampoco lúcidos: falso que sean buenos o malos, perversos o insanos, imposible pudieran dar muestra alguna por sí mismos de inteligencia, bondad o mezquindad de poder. Son cosas, vacías, que ni sueñan, ni piensan, ni sienten; sólo articulan en sus gesticulaciones la voz del dueño de los hilos, cables o alambres que les dan esporádica ¿Vida? frente al espectador. Mueven sus manos de trapo o de cartón en ritmos determinados, pueden bailar sones dictados y alegorizar, instruidos por los hilos, lo que no tienen: racionalidad y sentimientos.
Su caricaturizada forma humana llega a ser tan ridícula y torpe, como el histriónico diálogo que sostienen con el mimo y lo mismo hablan de trivialidades que los populares albures entre la cosa y el ventrílocuo, dirigidos con cierta sutileza al auditorio. Pero el terreno preferido para vociferar es la política y la contradictoria realidad que vive la sociedad por malos gobiernos, de la que hacen mojiganga y agrias parodias que por grotescas suenan divertidas para el pópulo. Es la voz unilateral con intensión y la cosa simuladora del habla en el escenario. Nada más. Un espectáculo somero, eventual.
En ese retablo ¿Dónde encajaría la figura y perfil de un gobernante o persona de sangre y carne que se caracterice por sumiso, abyecto, pueril, cretino, incapaz, insulso, de obediencia ciega a su mentor, pero que al final de cuentas tiene la facultad de pensar y sentir? Especular que un palurdo y un títere son un símil por las características expuestas y equipararlos llevaría a nutrir el juego de los tontos y el idiota, cuyo objetivo es desviar la atención de lo que realmente trasciende en el acontecer de la realidad y que afecta directamente el presente y quiebra el futuro del país y de quienes lo habitan.

Decir con toda certeza que un gobernante es títere, tal como se ha descrito, de alguien más; es caer en el reduccionismo que, para quienes lo utilizan, les ahorra pensar, analizar e investigar las situaciones, acciones y aconteceres de fondo que atañen a la sociedad en su conjunto y que fueron estructuradas y puestas en práctica por quienes detentan el poder de toma de decisiones en acuerdo con quienes las ejecutan.
Hablar de gobiernos o gobernantes títeres es entrar a esa mascarada estructurada y bien diseñada por el poder para distraer, mediatizar y manipular a la masa. Es el absurdo de la torpeza del pensamiento ligero; incorporarse como rebaño al escenario de la paradoja, quizás con la intención de ridiculizar o evidenciar el desastre por sí mismo del poder que se dice está tras el trono. Y ahí, precisamente en ese sitio, es donde el poder quiere a sus críticos, en ese coloquio de ciegos y torpes que abdican la realidad en busca de aceptación múltiple en la opinión pública por la agresividad de sus epítetos y sorna para referirse al dueño del poder.
Mientras tanto el lobo devora el rebaño a su antojo y libre albedrío. La masa apática, dócil, simple espectadora ríe, refunfuña, ironiza con ese calificativo del gobernante títere, y ahí se queda como el sueño profundo de los justos. No son títeres, son entes perversos para los que la vida humana carece de valor como tal, la reducen a números, estadísticas de poder y dominio, pretenden la supremacía y olvidan que el Ser en sí mismo durante el transcurso de la historia no ha podido asomarse, al menos, a ese incógnito paraíso.


