MI AMIGA EL ESCORPIÓN

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MI AMIGA EL ESCORPIÓN Karla Aparicio

 

En la flor de la vida, en la adolescencia tener una “mejor amiga” es una necesidad casi vital. Así nos lo inculcaron. Todas, de adolescentes, debíamos tener a una ‘mejor amiga’ para sentirnos completas y acompañadas. Así que nos la buscamos. No estoy segura si así pasa con los chicos, más sí el caso de las chicas.

 

En aquella época de mi vida fue cuando conocí a BetyBlue. Entonces, yo comenzaba la preparatoria y ella terminaba la secundaria. Éramos agua y aceite. Tan diferentes, que creo que ‘eso’ era lo que más nos unía a ambas.

 

Con BetyBlue todo era un vaivén, incluso sus rizos despeinados reafirmaban su ondeado caminar en total libertad. Era aventurera. Se atrevía a hacer cosas que yo nunca hubiera hecho. Era valiente y hasta despiadada, y ¡vaya que sí!

 

No era la más bonita, más se movía como si lo fuera y echaba mano de sus encantos femeninos para sacar provecho de ellos. Tenía novios, amigos y amantes a la vez. Hacía grandes negocios, a veces no todos muy éticos. Fumaba mucho y no solo tabaco. En su casa le daban todo tipo de libertades, podía hacer lo que quisiera. En cambio, a mí me tenían bien checadita. Aunque las dos éramos muy echadas para adelante, creo que en esa época me hubiera gustado tener algo de ella, y seguro que a ella algo de mí. BetyBlue veía en mí a alguien estable (lo estable que se puede ser a esa edad), creativa, entregada y fiel a sí misma. Vivir tan cerca las historias de cada una, e incluso apoyarlas, era un goce total. Nos acompañamos, nos ayudamos y nos complementamos. Construimos una fuerte amistad.

 

Como diría el admirado Galeano: “El valor de una amistad no está en el tiempo que dura, sino en la intensidad con la que sucede”. Y ambas éramos muy intensas.

 

Pero… aquí vienen los “peros”. A mis amigas y hermanas no les agradaba. Menos aún a mis padres. BetyBlue era el tipo de amistad que cuando una madre la ve, ¡tiembla! No le gusta. No le late. No la quiere cerca y menos de su hija. Enciende su escáner –que nunca falla–, y con un par de miradas, sabe el desenlace.

 

A esa edad no entiendes que cuando juegas con fuego, te quemas. No escuchas consejos. Te enojas si escuchas la palabra “prohibido”, y más cuando se trata de una amistad tan cercana, porque eso hace que te aferres más a esa hermandad. Crees que tus padres cargan un tipo de ‘amargura’ porque no tienen un “mejor amigo”. Hasta los compadeces porque desearías que fueran tan felices como tú. Y como lo prohibido es lo deseado, afianzamos más nuestra unión.

 

Los años pasaron. Cada una vivía su propia historia. El aprecio no solo continuaba, sino que se fortalecía. A principios de la universidad su servidora se casó, y a mediados nació el primer bebé.

Para entonces, BetyBlue había conseguido uno de los trabajos que tanto le gustaban, esos que, como les conté antes, no eran los más éticos, pero que sí le generaba mucho, muchísimo dinero para la edad que teníamos. Estaba tan o más feliz que yo por el nacimiento de mi hijo. Organizó mis baby showers, me traía regalos de sus viajes, me ayudaba en todo. Amaba a mi bebé. Repito: éramos muy diferentes… Yo veía su vida a través de mi trinchera y sabía que mi mejor amiga a veces no tenía límites ni escrúpulos y no jugaba derecho. “No era lo mejor de cada casa”, como diría Alberto Cortez. Pero yo estaba segura de que ella no haría nada para perjudicar la relación.

 

Mi tercer hijo llegó con la torta bajo el brazo, porque el negocio que emprendí subió como la espuma, en tanto mi mejor amiga perdió su empleo. La despidieron sin piedad. Y yo no podía verla sin trabajo. Se me prendió la lamparita y le propuse dejarle la distribución de mis productos en la Ciudad de México. La marca se vendía sola, así que le sería fácil. Ella tenía un novio allá (y uno acá, en Guadalajara). Iba y venía con mucha frecuencia. Aceptó con mucho entusiasmo. Comenzamos a trabajar juntas. Todo iba bien. Todos contentos.

 

MI AMIGA EL ESCORPIÓN Karla Aparicio

 

Pasó el tiempo

Yo estaba enfocada en lo mío, el trabajo era una locura. Un día recibí una llamada del novio de la Ciudad de México, con el que acababa de pelear a muerte. Y me dijo: “Pero qué ciega has estado. ¿Qué no te das cuenta? BetyBlue ya no te pide nada, más que muestras de los productos nuevos… ¿Por qué crees? Por favor, ve a su casa y abre los ojos”.

 

¡Claro que no pensé nada malo! Mi mejor amiga no podía hacer nada que me perjudicara. Yo no solo era su mejor amiga, también era la única que tenía. Pero confieso que me dejó muy clavada una espinita, así que decidí ir en ese instante a su casa. En el trayecto, ¿qué creen?, ¡Coincidencia fatal! Me crucé de carro a carro con ella. Pero no estaba sola, a un lado mi esposo… Juro que me sorprendí. No podía ser lo que parecía ser, la cara que pusieron al verme confirmó todo: su engaño. Se asustó tanto que aceleró y la perdí de vista en ese segundo.

 

¡Mi mente se quedó en blanco! No podía con tanto. Yo también aceleré, pero para dirigirme a su casa. Las piernas me temblaban. Toqué a la puerta, abrió la madre y salió a la calle, cosa rara porque por lo general me invitaba a pasar. Puso resistencia y así dudé aún más de todo. El mundo se me cayó cuando empujé la puerta… ¡Sorpresa! Su casa ya no era casa. En lugar de muebles había un taller en donde se producía la copia de mis productos.  Mi “amiga” puso un taller con su madre para fabricar lo que yo producía y vender a mis clientes. Ya no le fue suficiente la comisión por venta, quería más.

 

Aún tenía que masticar la escena anterior, digerir el hecho de que estaba con mi marido. No sé cuál de las dos escenas fue peor, pero me dieron el tiro de gracia. No solo quería el negocio, sino también al esposo de su “amiga”, al marido de la dueña del negocio. ¡Quería todo! ¡Todo lo que yo amaba!

 

Hoy día ya puedo contarlo, pero el proceso de duelo y sanación fue largo. No exagero cuando digo que ese día fue uno de los más duros de mi vida. Fueron dos eventos al mismo tiempo, muy graves y duros de superar. Estamos hablando de una doble traición de mi mejor amiga y la infidelidad de quien era mi esposo.

 

Descubrir la infidelidad y la traición juntas fue algo impactante. Sucesos de esta naturaleza nunca se olvidan. Sin embargo, esto no quiere decir que se tenga que vivir con el resentimiento y el dolor eternamente. Superarlas no implica olvidarlas, implica resignificarlas. ¿Cómo saber si lo he logrado? Cuando recuerdo lo que ocurrió, lo veo como un evento doloroso que sirvió para entender algo y crecer. Después de un tiempo me convertí en un ser más fuerte y empático.

 

Hay que hacer el esfuerzo de no borrar lo que pasó, que sería lo más fácil, sino buscar exhaustivamente en nuestro interior y descubrir los factores que favorecieron a que esto sucediera, y hacernos responsable de nuestra parte. Hasta podemos convertirlas en valiosas experiencias y aprendizajes de incalculable valor por y para la vida.

 

Por un lado, la infidelidad fue uno de los tantos motivos por la que el matrimonio no siguió. Nos divorciamos. Por cierto, él siempre lo negó.

 

La amistad con BetyBlue se terminó de tajo. En el fondo sabía que era riesgosa, sin embargo, me expuse. De eso yo me hago responsable.

 

Hoy en día confirmo que cuando alguien no es derecho ni ético en la vida, cuando obra mal, no solo se le pudre el tamal, tarde o temprano también salpica y daña.

No esperes a que eso pase, no te arriesgues. Aléjate antes de que te pique con su veneno.

Su naturaleza es más fuerte que cualquier otro valor.

 

Justo sucede como en la fábula del escorpión y la rana. Un detalle es que el signo zodiacal de BetyBlue es escorpio, así que mejor no pudo encajar:

 

“El escorpión le pide a la rana que lo lleve sobre su espalda para cruzar el río. La rana primero duda, porque está segura que sacará su aguijón, la picará y la matará. El escorpión la convence y la rana accede a ayudarlo. A la mitad del trayecto, el escorpión con su aguijón picó de muerte a la rana y mientras se ahogaban los dos, la ranita dijo:

—No entiendo nada. ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir.

Y entonces, el escorpión respondió:

—Lo siento, ranita. No he podido evitarlo. No puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza.

Poco después murieron los dos.”

 

MI AMIGA EL ESCORPIÓN Karla Aparicio

 

BetyBlue:

  • Te honro, porque después de la dura vivencia de hace algunos años, decidí ser valiente y darme la oportunidad de reinventarme.
  • Te perdono, porque he trabajado en mí, para crear esta libertad que otorga el perdón. Libre es aquel que logra transformarse. No te guardo resentimiento,
  • Me despido de ti. Adiós.

MISCELÁNEO

Núm. 277 – Diciembre 2022

Enrique Wong Pujada

¿Por qué la Alianza del Pacífico vela por la unidad y el progreso social?